Reseñas

Nadie pagará por la sangre derramada

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Dice Simon Sebag Montefiore en Stalin: La corte del zar rojo, que cuando Bulgakov fue atacado en mitad del Gran Terror por escribir dramas antisoviéticos y “derechistas” Stalin puso las cosas claras al GPU (la Checa, luego llamada NKVD y finalmente KGB) con una carta al director del Teatro del Arte de Moscú asegurando que “no conviene aplicar a la literatura los calificativos derechista e izquierdista. Son términos propios del Partido. En literatura háblese de clase, de antisoviético, revolucionario o antirrevolucionario, pero no de derechas e izquierdas. Resulta fácil criticar Los días de los Turbín, resulta fácil rechazarla, pero es muy difícil escribir buenas obras de teatro. La impresión final que produce la obra es buena para el bolchevismo”.

Era fácil, en efecto, en mitad del paroxismo sanguinario del terror estalinista, tachar de antisoviética Los días de los Turbín, versión dramática de La guardia blanca: al fin y al cabo la novela era inevitablemente biográfica y en ella Bulgakov hace una remembranza nostálgica de un pasado familiar que a cualquiera le hubiera costado la cabeza en aquel momento. Pero Stalin tenía cierta vanidad literaria y se preciaba de saber, de ser un gourmand; sobre todo, leyendo monografías sobre su personalidad, tenía un poco de esa aleatoriedad olímpica de los tiranos orientales. Igual que trituró sin pestañear a genios como Babel perdonó con gracia omnipotente a Pasternak o a Bulgakov, sencillamente porque le hacían gracia. Sin embargo una cosa era no señalar con su dedo dador de vida y muerte y otra, redimir. Solo, apestado y muerto de hambre, Bulgakov no tardaría en morir a pesar de que, como el mismo Montefiore señala, Stalin le prometiera que haría algo por él cuando el escritor, desesperado, acudió a su suprema instancia por centésima vez en busca del auxilio que la hormiga le pide al elefante.

Pero sólo la posteridad salvó a la hormiga.

La Guardia Blanca tiene uno de esos comienzos inolvidables, de los que se quedan grapados a la memoria como “En un lugar de La Mancha…” del Quijote o “Nació con el don de la risa…” de Scaramouche. Principia así: “El año 1918 del nacimiento de Cristo y segundo del comienzo de la revolución fue grande y terrible”. Los Turbín son tres hermanos que sobreviven, sencillamente. Junto a varios amigos de la infancia y a la fámula, recientemente huérfanos, habitan un apartamento de Kiev que en la narración parece un refugio, como el Varíkino de Zhivago. Y no deja de sorprender ese aroma a Pasternak todo el tiempo, en una novela escrita casi veinte años antes. También hay nieve por todas partes, nieve, nieve, todo es blanco y purpúreo, todo el libro suena como si estuviera siempre amaneciendo o anocheciendo.

Kiev es la ciudad de Bulgakov y también la protagonista de la novela, una trama coral cuya forma determina también el fondo. En ese sentido es una novela absolutamente contemporánea, modernísima, con cambios bruscos de narrador, con un juego magistral entre las voces y los escenarios. Bulgakov exhibe un dominio abrumador de la técnica literaria yendo hacia adelante y hacia atrás en la línea temporal de la narración y contando la misma secuencia de acontecimientos desde varios puntos de vista; proliferan las analepsis y los racconto, las elipsis abren y cierran paréntesis que desplazan al lector como mecido en una hoja que lleva el viento de una parte a otra del relato y a veces Bulgakov se entretiene con una descripción en paralelo de los hechos que parece algo cinematográfico. Todo eso convierte su lectura en un goce delicioso, sin el peso estructural del sarcasmo y la doblez satírica de El maestro y Margarita, lo que al tiempo le da un tono incluso periodístico que evoca en el que está leyendo las sensaciones reales de peligro, aislamiento, inseguridad y miedo.

Porque La guardia blanca es la crónica de unos pocos meses, entre diciembre del 18 y febrero del 19, en los que Kiev, es decir, Ucrania, cambió de manos más veces de las que sus moradores lograron recordar. Bulgakov estaba allí. Había nacido en 1891 y en febrero de 1917 tenía 26 años y era médico. Sus primeras experiencias como doctor están narradas en su escalofriante Diario de un joven médico, que estremece no sólo por lo que cuenta sino por la naturalidad con que le fluye el talento a un hombre tan bisoño. Quizá influyese su extracción privilegiada y su educación culta, cosmopolita. El joven Bulgakov es un niño que crece yendo a la ópera, leyendo a los clásicos, viendo a su madre organizar soirées con la crema de la dulce Kiev.

Pero esa Kiev se desmorona ante él igual que el mundo para el que había sido criado, en el que había nacido.

“Así, pues, el invierno de 1918 la Ciudad vivió una vida peregrina y artificiosa, que muy posiblemente no vuelve ya a repetirse en todo el siglo XX. Tras los muros de piedra todas las viviendas estaban abarrotadas. Los habitantes de siempre se comprimían y seguían comprimiéndose, dejando de buen grado o a la fuerza sitio a quienes no cesaban de afluir a la Ciudad y que llegaban precisamente por el puente en forma de flecha, de entre aquellas neblinas enigmáticas y azulencas. Llegaban en la huida banqueros con sus esposas; llegaban avispados hombres de negocios que habían dejado en Moscú agentes con la orden de no romper lazos con el nuevo mundo que nacía en el viejo reino; propietarios de casas confiadas a administradores secretos de su plena confianza, industriales, mercaderes, abogados y políticos. Llegaban periodistas de Moscú y Petersburgo, gente venal, ávida y cobarde. Cocotas. Honorables damas de aristocrático apellido. Sus tiernas y pálidas hijas, corrompidas por el ambiente petersburgués, con los labios pintados. Llegaban los secretarios de directores de departamento y jóvenes pederastas pasivos. Llegaban príncipes y gentes del tres al cuarto, poetas y prestamistas, gendarmes y actrices de los teatros imperiales. Todos ellos, deslizándose por el menor resquicio, tomaban rumbo a la Ciudad”.

Ucrania había sido cedida a Alemania en virtud del tratado que los bolcheviques había cerrado con el káiser unos meses antes, Brest-Litovsk, que tiene una fonética fuerte, sonora, como todos los tratados firmados por los bolcheviques, Molotov-Ribbentrop, y a Kiev afluían todos los desheredados y fugitivos de la nueva Rusia leninista. Es una Babilonia voluptuosa y criminal donde la ley es solamente un vago recuerdo de un tiempo pretérito cuya huella parece remota: una Troya a punto de que entren los aqueos en la que suena esa música apocalíptica de cabaret, lujuria, desenfreno y desesperanza. El poder real estaba colgando de un alambre y Bulgakov construye su canto de amor y de pena en ese margen que la realidad deja abierto como una herida monstruosa sobre la piel cuando las vigas de una casa tiemblan y caen de un día para otro. Es decir, cuando hay una revolución.

Los restos del ejército imperial que no aceptaron el nuevo orden que luchaba agónicamente por establecerse en Petersburgo y Moscú concurrían en torno al Dniéper al abrigo de los alemanes, los enemigos con los que se llevaban matando los últimos cuatro años. El káiser, que también estaba a punto de caer aunque eso nadie lo sabía todavía y menos Bulgakov, ha establecido en Kiev al hetman, que rige la ciudad sentado sobre las bayonetas prusianas, conservando su identidad bajo un halo de ocultismo que propicia la germinación del mito por mor de su título, recuperado de la Edad Media. La situación era irreal y los cosacos nacionalistas de Petliura esperaban una oportunidad para quedarse con el botín ucraniano.

Si se puede resumir de algún modo la novela, habría que decir que es la historia de la destrucción de las certezas. Los Turbín, reunidos como por milagro en la casa paterna, trazan un precario plan de seguridad para sobrevivir a la incertidumbre. Nadie sabe a ciencia cierta quién es el hetman y si su gobierno sobrevivirá a la huida de los alemanes. Y en efecto, los alemanes huyen. Los dos varones Turbín, Alexéi, que es un trasunto del propio Bulgakov, y Nikolai, alistados como voluntarios en un regimiento de infantería que pretende defender la ciudad frente a los cosacos de Petliura, se ven entonces atrapados por las fauces de la Historia.

Los hermanos se alistan porque es lo único que pueden hacer para creer que sobre los sucesos que están determinando sus destinos tienen alguna suerte de poder; se alistan suspendiendo su propia incredulidad, embriagados por el olor del pueblo en armas apoyado por oficiales veteranos de la gran guerra europea que han regresado del frente para defender el lar, se alistan embobados ante la posibilidad de que incluso algún Romanov sea el misterioso personaje que se esconde tras el hetman, a quien nadie en la Ciudad ha visto. Los hermanos se alistan en un esfuerzo finisecular por aprehender algo del mundo que se está muriendo.

Los generales huyen. Se los ha comido la Historia, el momentum. Dejan abandonados de cualquier manera a la carne de cañón. Pero Kiev no es una ciudad abierta y la comunicación entre los que mandan y los que son mandados no existe. Algunos oficiales, al tanto de la fuga in extremis, evitan que sus nobles muchachos, apenas instruidos, se lancen a la boca de la muerte inocentes, creyendo que detrás de ellos está, incluso, el zar.

Nadie sabe, tampoco Bulgakov, que el zar lleva seis meses muerto. Los hermanos Turbín, separados por el azar de los turnos y de los acontecimientos, tienen que regresar al refugio familiar cada uno por su lado, desconociendo qué ha sido de los demás, dándolos por muertos.

La ciudad vuelve a sumergirse en un caos, esta vez todavía más cruel y despiadado. El libro está lleno de imágenes pavorosas. El judío al que el azar lleva a tener que buscar un médico para su mujer parturienta justo cuando los cosacos de Petliura empiezan a desfilar por Kiev y le rompen la cabeza de un sablazo, por gusto, dejándolo allí tirado en medio de la calle. El oficial al mando de un retén de artillería en las afueras, engañado, solo, al que llega la muerte y lo aniquila sin honor en mitad de la terrible ventisca. La caballería cosaca desparramándose por la ciudad, de esquina en esquina, mientras la precaria infantería paupérrimamente instruida tira las armas y se quita las insignias y corre, corre, corre, buscando un zaguán abierto en el que esconderse. Registros, detenciones, arbitrariedad, anarquía. Los Turbín borrando las huellas de su propia vida, mimetizándose con la nieve que no deja de caer.

Corremos con Nikolai, trepamos, luchamos a navajazos con una tensión dramática desbocada contra el conserje chivato del edificio que tenemos que atravesar para que no nos atrapen los cosacos a caballo; vamos con Alexéi, pegados a las paredes, haciendo crujir la nieve bajo las botas sin darnos cuenta de que llevamos la escarapela del hetman en la visera de la gorra de oficial, y de que nada nos puede identificar como médicos si nos atrapan los hombres de Petliura. La huida, el caos. La angustia extrema. La mujer salvadora que saca a Alexéi de la calle cuando, herido, se tambalea y no tiene más que una bala con la que matarse, llegado el momento.

La guardia blanca es la novela de una derrota. Es el relato de unos individuos dejados de la mano de Dios sobre un tablero que tiembla, azotado por la tormenta, cubierto de nieve y de sangre, que no entienden qué está pasando ni saben qué va a pasar.

La llegada de los bolcheviques a Kiev, retemblando la primavera del año 19, aún más grande y terrible que el 18, está contada al final del libro como unos apuntes tomados en estado de semiletargo y es probable que así fuese. Bulgakov, herido en la refriega cuando los blancos perdieron la ciudad ante la caballería cosaca de Petliura, deambula por el filo que separa la vida de la muerte mientras fuera de su refugio se sucede la Historia. Ucrania, convertida durante la Guerra Civil rusa en una Sodoma helada, en un trozo de infierno nevado donde los grandes ríos de Europa oriental iban cargados de mal y de sangre, contempla cómo el poder se trasvasa definitivamente a la pila roja del bolchevismo “como si todo lo anterior nunca hubiera existido”. Lo único que queda de verdad, como termina relatando Bulgakov al final de La guardia blanca, es “el cadáver del judío, que se iba enfriando en la entrada del puente, el heno desparramado por innumerables pies, el estiércol de los caballos”.

“¿Por qué hubo todo eso? Nadie podría decirlo. ¿Pagaría alguien la sangre vertida? No. Nadie. Sencillamente, se derretirá la nieve, se alegrará la tierra….brotarán los trigales…temblará la calígine sobre los campos y de la sangre no quedará ni rastro. La sangre vertida en los campos cuesta poco y no la pagará nadie. Nadie.”

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