Notas

Violencia

Cuando se habla de violencia en el caso de Cataluña, de coup d´Etat violento, se habla del siglo XXI. Yo sé que es algo difícil de entender, como todo lo que sucede mientras conversamos, nos peleamos, discutimos banalidades, frivolizamos, bebemos cerveza o sencillamente, vivimos. Pero el siglo XXI produce constantemente fenómenos, situaciones y patrones de conducta diferentes, acordes a los nuevos tiempos y a las nuevas herramientas. Un golpe de Estado en el primer mundo, en 2017, no se va a dar con bandas de tíos portando metralletas y que desde dos cervecerías copan las infraestructuras clave de una ciudad. Eso está pasado de moda y la Historia ha probado ya su ineficacia.

Lo que la Historia está por probar todavía es la eficacia de los golpes de Estado pasivo-agresivos. Postmodernos, por usar la jerga contemporánea. Pocos intentos de subvertir una legalidad constitucional ampliamente aceptada internacionalmente, homologada con la de las grandes naciones de la civilización, van a producirse con intervención protagonista de cuerpos armados, militares o paramilitares. El caso catalán es único y probablemente sea paradigmático, cuando el fenómeno pueda ser aislado y estudiado en el laboratorio de las universidades, andando el tiempo, por muchas razones. Entre ellas la de que la milicia, en este caso los Mossos, fueron utilizados desde el directorio golpista como soporte logístico y apoyo complementario de las acciones principales encaminadas a subvertir el orden constitucional español, y no como elementos sustanciales del putsch.

Toda la puesta en escena del golpe es propia del tiempo, de la era que nos ha tocado vivir. Desde el principio lo mollar del plan consistía en forzar la violencia del Estado, la violencia de los antidisturbios de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, con el objeto de mostrarla al mundo, de exhibirla hasta la náusea, como la única violencia, como la violencia evidente en todo el asunto. Eso no les iba a otorgar ninguna ventaja de tipo jurídico o legal dado que en las sociedades civilizadas el monopolio de la violencia le corresponde siempre al Estado. No obstante, el objetivo era obtener ventaja política mediante el hecho consumado y confiar en la propaganda para paralizar cualquier respuesta efectiva del Estado. Se había preparado el terreno para eso, naturalmente: mucho dinero invertido en lobbying tanto en Bruselas como en otros centros de poder, entre otros, distintas corresponsalías de relumbrón internacional, anglosajonas principalmente; diputados nacionales volcándose en el medio tuitero esparciendo basura manipulada, creadores de opinión con notable audiencia interna difundiendo el mensaje adecuado, etcétera.

El golpe catalanista ha sido un golpe dual porque se desarrollaba paralelamente en la calle, organizando a multitudes perfectamente coordinadas y captadas tiempo ha, absolutamente fidelizadas a través de un trabajo laborioso, generacional y efectivísimo de manipulación y propaganda goebbeliana, y en Internet. Facebook, Twitter y todo eso. Es una diferencia sustancial con respecto al golpe de Estado clásico: Napoleón en brumario y Lenin en noviembre de 1917. El golpe catalanista tiene más que ver con la guerra híbrida que se inventaron los rusos en Estonia, hace 11 años, y con las nuevas formas de ataque cibernético y envolventes propagandísticas que se llevan a cabo en los conflictos de Oriente Medio. También con Goebbels. Es por ahí por donde hay que empezar a buscar para entenderlo.

La retroalimentación entre la calle y las redes paralizó por completo a un Estado que, al menos en su rama ejecutiva, afrontó el putsch de manera extremadamente conservadora, con estructuras mentales y comunicativas del siglo XX, hasta el punto de que en las primeras horas del 1 de octubre y hasta la comparecencia del Rey, el poder, en su manifestación física, estaba, al menos en apariencia, botando sobre el alero. Que se produjera esa situación ya era motivo más que suficiente para exigir responsabilidades al Gobierno de la nación.

Otra de las cosas que hacen particulares el putsch catalán es la situación política nacional en España. 81 de los diputados que conforman el parlamento nacional están comprometidos en proyectos políticos que tienen como fin destruir al Estado tal y como está concebido en el presente. Concretamente los 67 de Unidos Podemos, los 9 de Esquerra Republicana de Catalunya y los 5 de EAJ-PNV. Sin contar los que haya en el grupo mixto y entre las filas del grupo parlamentario socialista, naturalmente. La sinergia con los golpistas catalanes salía sola en aquellos días de septiembre y octubre. Sigue saliendo. Dice Yuval Noah Harari en Homo Deus: “La gente únicamente se siempre comprometida por las elecciones democráticas cuando comparte un vínculo básico con la mayoría de los demás votantes. Si la experiencia de otros votantes me es ajena, y creo que no entienden mis sentimientos y no les importan mis intereses vitales, no tendré en absoluto ninguna razón para aceptar el veredicto si pierdo la votación, aunque sea por cien votos a uno. Por lo general, las elecciones democráticas sólo funcionan en el seno de poblaciones que ya comparten algún vínculo, como creencias religiosas y mitos nacionales comunes. Son un método para zanjar desacuerdos entre personas que ya están de acuerdo sobre cosas básicas”.

Resulta evidente que en España se está diluyendo ese acuerdo básico en la nación y en la democracia liberal. La situación catalana no es más que el absceso más visible y doloroso. También empieza a resultar claro que el pacto básico que sustenta el ideal europeo, la construcción de Europa, tiene unas grietas como las del Titanic. No hay más que escuchar a la ministra de Justicia de la República Federal alemana. En estos términos, y con la resolución sobre la extradición del capataz del golpe catalanista contra la nación española en la mano sólo cabe presuponer que dentro de un tiempo alguien volverá a intentarlo. Quizá incluso sean los mismos. Mejor preparados, por supuesto. Con la experiencia adquirida y con un mapa detallado de las grietas del sistema nacional e internacional.

El trabajo de campo, el sucio, lo tienen hecho ya: lo llevan haciendo desde hace 40 años. Por cierto de forma absolutamente legal, amparada por la Constitución que pretenden destruir. Con cargo, huelga decirlo, a los presupuestos generales del Estado. Controlan lo que los niños aprenden, controlan a quienes enseñan a los niños, controlan un aparato de radiotelevisión público poderoso, bien regado con dinero público y bien equipado. Controlan un cuerpo policial moderno, largamente provisto de efectivos y cuya lealtad  (a los golpistas) ha quedado más o menos probada. Sobre todo, cuentan con la herramienta más eficaz de todas: la parálisis del enemigo, una nación que no cree en sí misma, gobernada por ávidos mercachifles y que en lugar de pensar en cómo solucionar la herrumbre que se apodera del edificio, discute sobre cómo amueblar el salón.

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