Notas

Todo pasa

Como madridista, le vendí mi alma a Mourinho. El día de su fichaje estaba tan nervioso como la tarde antes de una final de la Copa de Europa. Ahora es un Prometeo encadenado en la roca de su propia decadencia, pero entonces era un semidiós: la prueba viviente de que otro Madrid era posible, el hombre que caminaba ondeando al viento su capa de superhéroe de la modernidad. Había ganado el triplete con el Inter y más que por eliminar al Barcelona, yo deseaba su venida porque era sencillamente el mejor. Y lo fue durante tres años terribles, excitantes, irrepetibles y agotadores en los que se fundió, como Napoleón, en un combate asimétrico contra todo un país. Yo era de los que creía que después de Mourinho se acababa el Madrid y resultó que a su marcha el Madrid comenzó su Edad de Plata. Y él, el hombre que abonó el campo, el que lo fertilizó con su propio talento, se dejó en España la carne de su genio para pasear durante cinco años en Inglaterra tan sólo la osamenta.

Su último año en el Madrid fueron los Cien Días de Bonaparte regresando de Elba y cayendo en Waterloo una y otra vez, hasta Dortmund, que fue Waterloo de verdad. Después de eso ya no hubo nada más. Lleva menguando desde que dejó Madrid, exiliado en otra dimensión, con el buitre de su propia leyenda devorándole el hígado todos los días y convirtiéndose en la caricatura que sus enemigos dibujaban de él. Adusto, el cerebro seco y el gesto torcido. Y es normal: retó él sólo a España, escupió directamente en la cara del país de la mediocridad satisfecha de sí misma, sacudió las alfombras de la nación apolillada. Levantó moralmente al elefante madridista cuando estaba muerto y a punto de ser enterrado por Messi y Guardiola, cuando de rodillas iba a pedir el armisticio, el primero en más de cien años de existencia orgullosa.

Mourinho plantó cara. Entró por el Bernabéu a caballo y se sirvió el mejor champán, el que guardaban los mastodontes del club en las catacumbas de Chamartín esperando la resurrección del don Santiago que ellos se habían forjado en su apulgarada imaginación de dinosaurios. Abrió las botellas a sablazos. No respetó ningún ídolo, se saltó todos los semáforos en rojo. Mourinho agarró del pecho al viejo rey y le recordó que la sangre que corría por sus venas seguía siendo la mejor, la más noble, la más brillante. Que dentro de su cuerpo esclerótico todavía latía un imperio. Gastó las toneladas de su talento como héroe y estratega arañando, mordiendo y combatiendo la tiranía ideológica del barcelonismo, en el momento peor, durante el éxtasis de agitación y propaganda que siguió al Mundial de la Selección.

Se sacrificó él mismo por el camino aunque su luz se proyecta sobre los triunfos que el Madrid ha conseguido tras él. No hubiera sido posible la Décima sin él, y sin la Décima, nada de lo demás.

Es posible que se haya acabado para siempre Mourinho. Los entrenadores tienen ciclos de vida útil, como los smartphones. Como éstos, el ciclo es cada vez más corto. Sólo sobreviven los que afrontan el gran circo del fútbol con cinismo, sardónicamente. Los que tienen piel de lagarto. Los que no quieren cambiar el mundo. Mourinho es de otro linaje. Él es una potencia transformadora y su carrera no podía durar más de dos décadas. Decía Napoleón que para la guerra hay un tiempo finito. De Marengo a Waterloo, de Oporto a Manchester, siempre hay 20 años. Ni uno más. Le queda su mente de esgrimista dialéctico, de pistolero, capaz de tumbar a un tío con una frase. No es verdad que por donde pasó no creció más la hierba: hizo mejores a todos los clubes en los que trabajó. Pero nadie puede estar en guerra permanente con el mundo. Intenta repetir en Manchester lo que nunca le salió, como Napoleón en Santa Elena recreando Waterloo una y otra vez, moviendo las piezas en su cabeza que no supo jugar aquella tarde belga que jamás volvió. El destino es una hidra de cabezas infinitas que pueden tragarse a los mejores. España se ríe ahora de él porque demacrado, hirsuto, malencarado y sin ideas, deambula por los antiguos salones del palacio que una vez fue suyo y lo encuentra todo cambiado. Nada responde ya por su nombre y los lacayos lo miran extrañados, preguntándose quién es el anciano de capote gris que camina cabizbajo por los fastuosos pasillos del fútbol mundial, gruñendo por lo bajo. Una de las peores cosas que tiene hacerse viejo es comprobar que todo sucumbe al paso del tiempo. Hasta los genios.

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3 comentarios en “Todo pasa

  1. desqueran dijo:

    Ramón Besa comparó una vez a Mourinho con Lope de Aguirre, y, aun viniendo de un enemigo, hay que reconocer que la comparación es genial: un líder carismático, capaz de llevar a sus seguidores, que tenían fe absoluta en él, a los mayores peligros. Y al desastre. Porque no era un visionario, sino un demente. Al final, sus propios hombres se rebelaron contra él y lo mataron.

    El que fuera Yorkie en Fans también acuñó un término brillante, “sebastianismo”, para referirse a quienes esperaban la “segunda venida” de Mou que rescatara al Madrid de su previsible ruina.

    A mí, me gusta imaginar a Mou como alguien que guió al pueblo madridista en su travesía del desierto. “Pero no ganó la Copa de Europa”, se suele decir. Bueno: también Moisés murió a la vista de la tierra prometida. El parecido es escalofriante. Mou sería un Moisés (¡Mousés!) que no recibió las tablas de la ley, sino que, al revés, las rompió, devolviendo al madridismo a su libertad original.

    O también lo imagino como un Jenofonte que comandara a las perdidas tropas blancas en su anábasis, y que hubiera muerto antes de ver el mar (“¡El mar! ¡El mar!”).

    Pero lo cierto es que Mou no murió. Se convirtió en un anacoreta del desierto, o se hizo contratar como comandante de otro ejército. Y el Madrid continúa su camino, agradecido para siempre, pero sin olvidar que “mourinhismo” significa apoyar al entrenador que está (no al que ha estado o estará) y no poner a nada ni a nadie por encima del club.

    Habría sido perfecto que hubiéramos ganado la Décima con Mou. Pero no sucedió así, y a mí me parece incluso más bonito de este modo. Hay algo de amor al destino, de “amor fati”, en la historia reciente del Madrid.

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