Notas

En la muerte de un niño

La mente humana necesita ordenar la información y hacerse una composición de lugar coherente. Así funciona también la vista. Se reúnen fragmentos y se ligan siguiendo un patrón: la memoria de lo conocido y el prejuicio, que no es sino un conocimiento somero de algo puesto que sin una categoría establecida en la que amontonar los hechos, nuestra percepción del mundo naufraga. Pero es un intento vano a pesar de todo. La realidad es fragmentaria, huidiza y contradictoria. Por eso una muerte en apariencia sin sentido nos aterra y desarma. Estructural, orgánicamente, no estamos preparados para lo aleatorio ni para lo inexplicable. Continuamos funcionando al nivel lógico del cazador menudo y vulnerable que se mueve a tientas por el territorio hostil que desconoce y que tras de cada esquina le reserva una sorpresa desagradable. Colapsan nuestras defensas y entramos en un pánico muy parecido al miedo cerval: exigimos algo, a menudo acciones contundentes. Pero la muerte de un niño…nos lleva directamente a un estado prerracional porque cuando muere un niño de 8 años lo que se aniquila, además de la vida propia y suya del pequeño, del potencial que ésta alberga, es un pedazo del futuro de la comunidad. También ocurre que nuestras sociedades contemporáneas llevan tiempo acostumbrándose a convencerse a sí mismas de la inexistencia del mal. Es decir, de que el mal es coyuntural, mal fruto de unas determinadas condiciones materiales y por tanto, erradicable, perfectible, en suma. Se actúa y se vive como si el mal no fuera posible, como si su naturaleza polimorfa y camaleónica nunca le fuera a tocar a uno y yo lo entiendo: sería complicado vivir de otro modo. Pero tengo la sensación de que se ha olvidado de verdad que nadie transita por el mundo libre de poder rozarse con la oscuridad. Cuando se da de boca con la fosa insondable del mal lo que ve al asomarse es el horror, o sea, el exterminio de la bondad, de la pureza y de la inocencia, que es todo lo que era la sonrisa del niño Gabriel. Pero como decía el estupendo personaje de Fargo 1, Lorne Malvo, el mal existe y es congénito del alma humana, como la bondad y la empatía, o la falta de ella.

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