Notas

El tiempo en el móvil

Miro el tiempo en la aplicación del teléfono y me asaltan las memorias con la guardia baja. Están ahí guardadas todas las localizaciones que he ido buscando desde que lo tengo, como souvenirs turísticos de todos esos viajes y salidas. Son fragmentos de la vida que le asaltan a uno de repente y se lo llevan a cualquier otra parte, siempre más interesante que la situación presente. Mi móvil es como un mapamundi.

Lo voy guardando todo, por ese defecto mío de hacer acopio, quizá vestigio o reminiscencia genética de cuando algún tatarabuelo mío era pobre. Voy dando con el dedo y sale Chipiona, naturalmente; Sevilla; Oviedo, Madrid, y ya se va haciendo más exótico: Waterloo, Milán, Mérida, luego Viena, Muros de Nalón, Bucarest, Brasov, Sinaia, Las Negras y termina en Toledo, como podía haber terminado en cualquier otra parte.

Antes se traía uno camisetas y chapas de los sitios, y ahora los sitios siguen con uno aunque uno haga tiempo ya que se fue de ellos. Es el rastro de la memoria. Aquel arroz marinero junto al mar en Las Negras, en el chiringuito sobre la playa, casi a las cinco de la tarde, cuando nos hicimos aquellas fotos que el móvil dejaba retocarlas para juguetear con ellas; aquella cerveza fría con los pies llenos de arena parda del Mediterráneo, frente al mar de Aguamarga, y aquellos mejillones gordos llenos de jugo como piezas de un coral extraído del fondo de la vida.

A veces basta con sólo mirar un momento el teléfono para recordarlo y es como si se regresara a aquel sitio, con aquella persona, que hoy puede que esté sentada a tu lado o sin embargo, esté muy lejos, como en Marte.

Hacía un día tan severamente azul aquella mañana en la playa de San Juan de la Arena que no me importó llenarme de arena negra -del carbón que arrastra consigo el Nalón- los bolsillos del bañador. Se estaba bien en aquel chiringuito, mesas rojas de plástico, sillas rojas de plástico y sombrillas rojas de tela descolorida junto a la caseta de madera de la que salían nécoras y bígaros como bombones salados.

Eso me dice el teléfono cuando estoy nostálgico y miro el tiempo. Me habla del sol de Milán, sol rampante de mayo que había salido a pesar de que daban lluvia, lluvia bíblica sobre San Siro aquella noche y yo iba demasiado abrigado y comí tan poco aquel día, que el sol me derritió las meninges pero no las ganas de ver al Madrid ganar.

El sol de Milán y la cerveza junto al Duomo, cara y tibia, pero rica, efervescente, como sabe todo cuando uno está excitado y se desparrama entre la multitud. Por la galería Vittorio Emanuele entraba el sol a cañonazos y un grupo de atléticos hacía retumbar la bóveda de cristal con sus cantos. Yo miraba los expositores de las heladerías colmados de bolas rosas, blancas, oscuras, agalletadas, verdes, y me daba igual.

El Cantábrico sigue tronando como el campanario desbocado de una iglesia cada vez que miro eso del móvil y sigue haciendo el frío de Sinaia, con su estación de juguete y su cuesta congelada hacia el convento y el palacio. En aquella tarde tórrida de agosto Toledo sigue ardiendo aunque su cielo se azulea a medida que llega la noche y su luz finisecular gotea sobre los tejados del Alcázar.

Era bonita la estación de tren de Waterloo, todo madera pintada de blanco y cristales de granja antigua con tejado a dos aguas. Parecía una vaquería. Nada que ver con la espaciosa bóveda de cemento y hormigón de Bruselas, fea y abierta por los cuatro costados como una ballena muerta que se han dejado despanzurrada en medio de la ciudad.

Y es curioso: no guardé el tiempo cuando fui a Brujas. Hay otras ciudades cuyo rastro no está en mi teléfono. El logaritmo es acertado y exacto pero parece que también caprichoso.

La gris, sucia y divertida Bucarest, con su sol azabache y su manta de agua y plomo emerge de la sima que es la pantalla como un animal abisal que saliera de la entraña del mundo. Y ahí está otra vez el distrito del centro y sus calles empedradas llenas de guiris con ganas de emborracharse. Llueve afuera cuando escribo esto y ya no hace el frío que hacía en Viena aquella mañana en la que fuimos al Belvedere y corría un viento soviético. El parque alrededor del palacio había perdido su belleza encarnada pero ya iremos otra vez en primavera.

Aquel día terminamos junto a la pista de hielo donde patinaba la gente a borbotones, en el ayuntamiento, y a mí se me congelaban los dedos de la mano. Qué mal sabía el vino caliente, qué costumbres tiene la gente por ahí lejos. Sin embargo, qué calor hacía en Mérida cuando fuimos a ver la Ilíada en su teatro. Sólo a mí se me ocurre conocer la ciudad el fin de semana más demoledor del verano. De eso también me avisa el teléfono, me lo recuerda como un memento gracioso e impertinente: ¿volverás a estos sitios? Quién puede saberlo. Ni siquiera Siri.

 

 

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