Notas

Gatos

Lo que más me atrae y fascina de los gatos es esa mirada nueva con la que descubren el mundo todos los días. Es uno de los misterios de la vida, como el nacimiento, la muerte o el amor. Me parece la cosa más natural que los faraones quisieran llevárselos con ellos en el último viaje. Es como llevarse al otro lado un pedazo de eternidad, de esa cosa inmortal que brilla en sus ojos; de lo que que chilla en el aullido inefable del recién nacido, lo que susurra al expirar el moribundo y lo que palpita en el pecho de los que se duelen del amor.

Los gatos viven en territorios que son suyos por derecho de conquista. Sus reinos suelen ser pequeñas Baratarias y se las conocen de memoria. Pasean por ellas todos los días, haciendo la guardia a la misma hora, patrullando como el centinela por su lienzo de muralla y olisqueando lo mismo una y otra vez. Regresan a esos sitios porque les pertenecen y podrían andar por ellos dormidos y sonámbulos, pero vuelven como el que visita una ciudad por primera vez: los ojos muy abiertos, las aletas de la nariz anchas como Castilla, el oído muy atento. Los sentidos excitados, efervescentes.

No se fían del hombre y hacen bien. Sus abuelos se acercaron a los nuestros al husmo de las ratas, que habría que verlas lo gordas y lozanas que estarían en aquella época. Los gatos aprendieron pronto la experiencia de la maldad humana y establecieron con el hombre una relación casi contractual: yo te tengo limpia la granja de roedores y tú me dejas en paz, más o menos. A partir de eso desarrollaron un sentido muy suyo de independencia que podría decirse dependencia autónoma, algo único en la naturaleza y muy distinto de la servidumbre mansa y esclava del perro.

Les gusta cultivar ese espacio montaraz, esa distancia con el amo que no es sino una hermosa ficción preñada de verdad aparente, como el docudrama. Mantener su condición de cimarrón deslizándose por delante del hombre como un fotograma y afectando el gesto, orgulloso. Son espías, si te fijas bien, tienen la cadencia al andar de una Mata-Hari. Sigilosos y pulcros como ladrones de museos. Pero es mentira que los gatos no amen ni que no sean ni leales. Aman y quieren como aman y quieren los seres libres. Con ferocidad, caprichosamente. Completamente entregados, también, cuando gustan. Porque tienen que querer ellos, son ellos los que eligen igual que decidían los dioses de la Ilíada si ayudaban a los aqueos o aniquilaban a los troyanos.

No es verdad que rehúyan el contacto físico. Los gatos son muy de esa fisicidad abrumadora porque su universo está compuesto de seres y objetos tangibles, que pueden olerse, lamerse, morder y pegar. Necesitan el contacto como si se ofreciesen una y otra vez a cambio de su propio calor. No hay animal más democrático: toda su relación con el hombre se basa en la voluntariedad.

Pero quieren amasando, tocando; quieren poseyendo, como los déspotas y los reyes, los conquistadores y los hombres del mundo antiguo y previo al imperio de la ley.

Caminan cachazudos y vistos de lejos parecen leones dirigiéndose morosos hacia la llanura y el horizonte, con los omóplatos entrando y saliendo de la piel del lomo y brillando al sol el pelaje lustral. Para Poe representaban la verdad, la prueba del crimen: su efigie es una confesión peluda y caliente, sigilosa pero alerta siempre, sin posibilidad de ser esquivada. El grito mudo de la muerte y de la verdad.

En los ojos de los gatos cabe el Universo y sin embargo sólo confían en lo que huelen, conscientes de que nada miente como la mirada. Dicen que tienen siete vidas pero no es verdad. Ellos saben lo que vale la existencia, conocen al dedillo lo frágil que es ese hilo que une al ser con la realidad. No están dispuestos a arriesgarlo por nada. De ahí la prudencia con la que se acercan a las cosas: no en vano Bulgakov puso un gato negro de lacayo del demonio. Nadie como ellos conoce las trapacerías del ogro, lo poco que tarda en atrapar a alguien y arrastrarlo desde la luz hacia la oscuridad.

Sus ojos son esferas de cristal donde la luz del mundo se refracta, como en la canción aquella de Loquillo en la que observaba cómo entraba el sol en los lugares que habitan los hombres. Como si se quedara filmado en la película de esas bolitas transparentes el polvo de la verdad de esas cosas que los hombres usan todos los días hasta que las desgastan y las desechan por inútiles.

Les atrae y asusta el movimiento. Quizá saben mejor que el hombre qué secreto se esconde detrás de la huida hacia adelante de las cosas, el misterio de la quietud y el caos anárquico del polvo en suspensión. Los gatos admiran las volutas microscópicas del polvo con ojillos de veneración, curiosidad extática y desconfianza. Es como si midieran científicamente el paso del tiempo. Como si lo cuantificaran. Millones de años de evolución y combate contra el entorno les permiten distinguir los filamentos de la vida, que no son otra cosa sino las fibras del mundo envejeciendo y yendo a morir al mar, que es el olvido. Y así se quedan mirando el rectángulo de luz oblicua que el sol proyecta sobre el suelo a través de la ventana, examinando el trasluz como el sabio en su laboratorio asomado a su microscopio: la ola que surge del último suspiro de un segundo que transporta la vida mecida hasta el siguiente, como cantaba Extremoduro.

La efigie de Gizah es un gato que nos está mirando desde su rincón en el desierto, desde hace cuatro mil años, con la certeza de que nos iremos nosotros y él seguirá en el mismo sitio, cuidando de su territorio. De las arenas donde yacen sus amos. Es un animal antiguo que sabe qué precio tiene la vida en este mundo caduco y que, sin embargo, ellos se admiran cada mañana al comprobarlo, se renueva todos los días en una incomprensible sucesión de acontecimientos terribles e inanes a la vez.

 

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