Reseñas

Velocidad, neuróticos y hombres fragmentados

9788433977328

Escribió Henri Bergson: Si sigo con los ojos, en la esfera de un reloj, el movimiento de la aguja que corresponde a las oscilaciones del péndulo, no estoy midiendo, como podría pensarse, una duración. Lo único que hago es contar momentos simultáneos, que es algo muy distinto. Fuera de mí, en el espacio, nunca hay sino una posición única de la aguja y del péndulo, pues de sus posiciones anteriores no queda nada. Dentro de mí se realiza un proceso continuo de organización y de penetración mutua de los hechos de conciencia, y eso es lo que constituye la verdadera duración”. Tras someter a mediciones en el espacio la experiencia de la duración vivida, la cultura occidental había convertido la experiencia en esclava de la áspera cultura espacial de los hechos y las cifras, de los centímetros y las toneladas. Lo que Bergson dio a entender era que, por el bien del éxito en el comercio y en la ciencia, la civilización se privaba de su libertad más fundamental. Para él, la conciencia tenía que depender de la memoria para crear un cuadro coherente del mundo, y, al hacerlo, la mente, por asombroso que parezca, funcionaba como una cámara de cine, proyectaba imágenes estáticas para dar la ilusión de movimiento continuo, de identidad”. 

En Años de vértigo: cultura y cambio en Occidente (1900-1914) el historiador francés Philipp Blom desarrolla un minucioso estudio de la evolución sociocultural, psicológica, filosófica y política de Occidente en esa franja temporal tan breve como decisiva de la Historia del mundo. Su método es ir rastreando año a año, señalando el camino mediante la combinación de hitos históricos que a menudo le sirven de balizas simbólicas con fotografías de la vida cotidiana que reflejan modificaciones apenas perceptibles de las relaciones humanas. Sin embargo, todo el libro se mueve a través de este gradiente, produciendo en el espectador el efecto de un gran mosaico romano. La hipótesis de este fenomenal libro de Historia, heterodoxo y de escritura ligera, es que todos los cambios tecnológicos y culturales que sacudieron el mundo desde 1945 se habían producido ya en ese primer arco temporal del siglo XX.

Fue un tiempo en que, como se ve en el extracto de Bergson que Blom destaca, cambió hasta la percepción del espacio-tiempo. Al ser humano le dieron la vuelta del revés y lo sacudieron como a un pelele encima de un mundo que ya estaba patas arriba. Esa es la sensación de desconcierto y aceleración que Blom transmite estupendamente. Es fácil compadecer al individuo del momento, deconstruido y sobrepasado por acontecimientos que no llegaba a entender ni a ver en su composición general.

Blom ubica al lector con una imagen de fuerza ciclópea: la abuela de un hombre maduro cualquiera de los que vivía en la primera década del siglo XX asombrándose de los nuevos inventos, de la fotografía, del cinematógrafo, del automóvil, del submarino, había conocido la Revolución Francesa y la era pre-industrial.

“Hacia 1900, Oriente se proyectaba como todo lo que Occidente no era. Los hombres codiciaban la supuesta libertad sexual simbolizada por las fotografías etnográficas de muchachas africanas desnudas (y de vez en cuando, también de algún muchachito) y sus descripciones literarias: sensuales e ingenuas, pero vibrantes de energía y con unos labios como frutas maduras, promesas de placeres que el matrimonio burgués rara vez ofrecía. De hecho el repertorio popular de imágenes del negro fuerte, pero salvaje, del asiático resistente en la cama y del árabe célebre por su potencia sexual, con sus harenes e infinitas mujeres a su disposición, simbolizaba la propia fuerza vital que, en opinión de muchos, estaba desapareciendo en Occidente. La fascinación por Oriente también era fascinación por un mundo sensual de emociones fuertes y naturales, un paraíso erótico aún no tocado por la mano fulminante de la Iglesia ni por la perversión de la gran urbe”.

El cambio en que Blom más incide es la emancipación de la mujer y su lucha progresiva por incorporarse al mundo de los hombres en pie de igualdad. Es uno de los vectores que recorren el ensayo, ligado íntimamente con dos fenómenos medulares en el imaginario de la época: el desarraigo y la noción colectiva, que atacó al hombre del común europeo como una nueva peste bubónica de demoledoras consecuencias, de que la fuerza viril del mundo civilizado estaba en caída libre. Es decir, un decadentismo vital que impregnaba todas las manifestaciones de la vida social y privada.

Luego está la ambiciosa búsqueda del reflejo que los monstruosos cambios en el trabajo, la producción, la organización de las poblaciones humanas, los ejércitos, los transportes y los medios de comunicación, a los que había empujado el incomparable progreso europeo de la segunda mitad del siglo XIX, había dejado en el alma de los individuos. Lo hace Blom fijándose en la literatura, en la pintura y en la escultura, y centrando su atención en las naciones punteras de aquella vorágine histórica: Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, el imperio austro-húngaro y Rusia, por los que va pasando de capítulo en capítulo con el movimiento y la distancia del satélite espacial que gira alrededor de la Tierra retratándola a su paso.

“Un hombre de un pueblo de la Provenza que se consideraba protestante, viticultor como su padre, podía no ver futuro alguno en la vida rural y, en consecuencia, decidir hacer las maletas y emplearse como obrero en una fábrica de París. En esa nueva vida podía llegar a ser un fiel lector de Le Matin al que le gustaban en particular la sección de deportes y las novelas por entregas, un aficionado a las películas de Fantomas, socialista, miembro de una asociación de horticultura e hincha del Paris Football Club; en una palabra, podía construirse una identidad a partir de una serie de elecciones. También podía casarse con una mujer de Bretaña, muy probablemente católica, y proclamar las ambiciones sociales de la familia bautizando a los hijos con nombres tradicionales franceses o bien inspirándose en la Revolución Francesa, la mitología griega, los ídolos del deporte o las estrellas populares”.

La Europa que fue desde la muerte de la reina Victoria hasta aquella tarde en Sarajevo en la que Gavrilo Princip le pegó cuatro tiros al heredero de la Monarquía Dual fue un continente descosido, en continuo vaivén, rotas las antiguas vasijas en su seno y en cuya fachada aún resistían, con una fuerza aparentemente revivificada por los cambios, las viejas estructuras.

Pero todo era un flan, o mejor, un volcán entrando en erupción. Durante los cien años anteriores se habían demolido resortes seculares del poder y de la vinculación del hombre con la tierra: ya nada era lo mismo, ni podía serlo. Por eso parecía que todo estaba llegando al final y que lo que comenzaba, lo que nacía entre terribles y asombrosos dolores de parto, era un nuevo principio diabólico que venía arrollando con la fuerza y el ruido de una locomotora.

Era imposible adaptarse del todo y surgieron como setas nuevas, desconocidas enfermedades del sistema nervioso: fue la era de la neurastenia y del psicoanálisis. De la eugenesia y del horror al vacío que abonaban ya la psique colectiva para los totalitarismos que surgirían de la misma entraña de la tierra. “El espectro de la decadencia, de la debilidad y de la falta de virilidad rondaba por todas partes, y detrás de él amenazaba una distopía mecanizada en la que el entretenimiento de las masas y una amplia nivelación industral de todas las clases sociales, de todos los méritos y de todos los valores, inducía en los débiles un sueño artificial.”

Blom escribe ágil y tiene un puntito cínico que ameniza muy bien la profusión de datos, hechos, situaciones e imágenes con las que hace fluir el relato, por otra parte vivísimo. Tiene como querencia redundar en ciertas ideas pivotales, aunque no empaña en abosluto la claridad de exposición ni enfanga el tono, muy alejado del clásico y apelmazado engolamiento del ensayista. Bien al contrario, Blom se suma al modo de contar de los ensayistas anglosajones, pretendiendo siempre entablar con el lector un diálogo florido plagado de metáforas e ilustrado convenientemente con multitud de detalles sacados del considerable caudal de fuentes que maneja.

Recurre constantemente a los pintores, músicos y escritores del tiempo que estudia: Klimt y Picasso, Robert Musil, Rudyard Kipling, Stravinski, Freud. Bosqueja a vuelo de pájaron el panorama vital de las capitales europeas del momento: París, Viena y San Petersburgo, rebuscando las claves finiseculares de la era en acontecimientos culturales de potencia icónica sin parangón como el estreno de La consagración de la primavera en el Teatro de los Campos Elíseos, las obras de Klimt para la Universidad de Viena o el desarrollo de la fotografía y el cinematógrafo.

Dedica uno de los mejores capítulos del libro a Leopoldo de Bélgica y el genocidio del Congo, ilustrando así el auge del colonialismo y husmeando en la lucha de las grandes potencias europeas por su consolidación en África y Asia los síntomas de su posterior caída. Auscultando la vida de los genios que trazaron el espíritu de la época llega a deducciones sorprendentes, como que la educación talmúdica y raigambre judía de Freud influyeron muy notablemente en la perspicacia de su método psicoanalítico.

Desde el terrorismo anarcoide ruso hasta el nihilismo, la búsqueda esotérica de sensaciones trascendentes que arrasó la Europa burguesa y urbanita, la obsesiva pulsión animal que subyacía bajo el militarismo prusiano de la nueva Alemania o el hipócrita desdoblamiento de la realidad social en la capital de los Habsburgo, el ensayo de Philipp Blom aturde y sorprende. La Gran Guerra es una luz en mitad de la bruma que guía al lector jugando un poco con el conocimiento previo que de su importancia todos tenemos. No obstante, la premisa del autor es que olvidemos 1914 y nos sumerjamos en un mundo tan caótico y vertiginoso como una de las primeras fotografías.

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