Cuaderno de viaje

Rumanía

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Conocer un país en cuatro días y cinco noches es imposible. Lo es incluso viviendo toda la vida en uno, cuánto más cuando se aterriza en una nación extraña, en un sentido amplio de la palabra. Sólo es posible formarse nociones muy básicas, intuitivas en extremo, tan fugaces como la estancia misma. La imagen de Rumanía que tiene un español del común es la de un lugar hostil lleno de bribones, gitanas con faldas que se arrastran por el suelo, zapatos negros sucios y viejos, pañolones en torno a la cabeza y el cuello, dientes de oro y afición por pedir; pobreza, despojos del comunismo y los futboleros con memoria, Hagi, Popescu y La Cobra Illie. Es la imagen que también tenía yo. Antes de subir al avión en Málaga uno de los trabajadores del aeropuerto, de estos encargados de desatornillar del avión la plataforma tubular por la que atraviesan los pasajeros, una vez han entrado, le dijo al compañero en voz alta y socarrona que él a Rumanía no iba ni a cobrar una herencia. Lo primero que me dijeron los míos en España al plantearles el viaje era que tuviese cuidado y que volviese vivo, como si me fuera a Kabul de corresponsal.

Rumanía despeja pronto todas esas preconcepciones enturbiadas por el prejuicio y el cliché del rumano que desvalija de cobre las vías del AVE. No se necesita más que poner el pie en su razonablemente moderno aeropuerto internacional de Bucarest-Otopeni y bajar al vestíbulo, donde el turista puede conocer y elegir la tarifa que van a cobrarle los taxis y sacar el ticket para esperar luego en ordenada cola lo cual aligera bastante la pesadez del trámite y alivia algo la expectativa del sablazo. Todavía recuerdo los 60 euros que me cobró un holandés con mostacho pakistaní que se parecía a Borat por llevarme de Schipol a Amsterdam, hace unos buenos años. El primer taxista con el que topamos hablaba español mejor que Joan Tardà y nos explicó que el sueldo en su gremio es en esencia la propina que el viajero gusta dejarle dado que a diferencia del sistema de licencias administrativas español allí ellos son simples curritos que no poseen ni el taxi que conducen. Echó denuestos de las máquinas donde el turista ve la tarifa que le van a cobrar llamándolas mierda en un sonoro y nítido castellano y también se quejó zalameramente de que los españoles no son generosos al pagar.

Bucarest es una ciudad fea y pesada aunque exhibe una cierta belleza herida, suburbana, que muta en decadente kitsch no exento de poesía una vez se avanza hacia el casco histórico y el surrealista distrito administrativo. Del centro sólo queda en pie, más o menos, un cuartel cruzado por tres calles cuyas perpendiculares están llenas de bares, clubs y pubs irlandeses hechos a propósito para atraer a erasmus y turistas europeos y americanos, con un kebab cada cuatro pasos y dos oscuros antros de “massage & jacuzzi” por cada casa de cambio. A pesar de todo, como digo, Bucarest guarda algo agradable incluso en sus imponentes avenidas trazadas con escuadra y cartabón y sacudidas por espasmos de horror arquitectónico por todas partes: de pronto, entre mazacotes de hormigón gris y bloques de pisos que son rostros demacrados cuyo acné se manifiesta en persianas rotas y aparatos de aire acondicionado en todas las ventanas de todos los pisos, aparece una iglesia.

El distrito administrativo no es más que un bonito y formal eufemismo porque consiste en un único edificio: la Casa del Pueblo, como la bautizó su promotor, el tirano comunista que la disfrutó tanto como el epónimo. Fue un gracioso giro de los acontecimientos reafirmado por el olvido rencoroso de su memoria al que los rumanos llevan tres décadas sometiendo. El edificio del parlamento de Rumanía es un castillo disparatado sólo superado en tamaño y perímetro por el Pentágono y para el que se idearon máquinas únicas en el mundo con las que construir alfombras de dimensiones inauditas. Ceaucescu terminó de matar de hambre a su nación para que no le faltara de nada a su acrópolis y tampoco dudó en limpiar el faubourg que los siglos habían visto poblar la colina sobre la que se levanta, con generaciones de campesinos desarraigados que llegaban a la ciudad desde el campo y que rezaban en iglesias antiquísimas que también fueron demolidas o cogidas en peso por infernales máquinas que las depositaban lejos de la vista del dictador. Sólo un sátrapa que ha perdido el contacto con la realidad puede determinarse a levantar algo así. Está sobre una colina en donde desemboca una ancha avenida que quiso competir con los Campos Elíseos pero que se parece a éstos como Bucarest a París y que con el frío de invierno asemeja una estepa de asfalto en la que los árboles pelados se yerguen sobre sus alamedas y parterres sin vida igual que pivotes dentados de una alambrada y que recuerdan a aquellos seres llenos de púas que nacían de la tierra en el mito griego.

La estación de tren principal, la Gara de Nord, es tan triste por fuera como un viernes sin aperitivo o un sábado trabajando pero por dentro da la impresión de hallarse uno en una plaza de abastos de las que se construyeron en los 70 y en los 80 en España. Todo está lleno de kioscos y de puestos de comida, y por supuesto, McDonalds. El suelo blanco y el techo industrial a dos aguas con la esfera negra del reloj en medio dividendo el gran pasillo central sugieren amplitud y frío, como si el aire entrase y se escapase por todas partes sin encontrar ningún refugio, como tampoco lo tiene el viajero. Hay una tienda de souvenirs religiosos en mitad del vestíbulo, una tienda muy vistosa en cuya pared lucía una gran mampara con incensarios dorados muy llamativos dentro, lo que interpreté sin duda como otro extravagante contraste con la moderna cotidianidad occidental.

Rumanía me dio la impresión, no sólo en Bucarest sino todo el tiempo y desde luego en Transilvania, de conservar una pureza original mezcla del proceso histórico que por decantación ha dado en generar a sus ciudadanos de hoy; una pureza que antaño existía también en España y que está cargada de un exotismo magnético, ciertamente fascinante aunque como el garum difícilmente apto para los estómagos educados en la corrección política extrema y el wistful thinking de nuestro mundo. Es una idea por desarrollar que sólo me veo capaz de esbozar pero Rumanía conserva algo que destruye la idea que de Europa tienen los altrighters trumpianos de América y también la que tienen los catalanes indepes gafapastas que no comen carne de ser que haya respirado y están muy comprometidos con cualquier causa ridícula.

Es decir, siguen siendo ellos mismos al menos en un porcentaje tan grande como para ser observada esa originalidad todavía por un fulano que viene de España a pasar cuatro días comiendo y bebiendo. Esa idea europeísta uniforme avanza no obstante impasible e imparable al mismo ritmo que se asfaltan más y mejores carreteras en el país y acuden más fondos extranjeros. No es perverso, al contrario. No se viviría tan bien en España si no fuese por lo que esa uniformidad trajo consigo en su momento como no se vivirá bien en Rumanía ni alcanzarán esa misma prosperidad sin ella, pero todo en el mundo tiene sus claroscuros y la verdad es que allí cada vez se puede fumar en menos sitios. Sin embargo, sigue habiendo trenes de primera y segunda clase, el concepto “barrera arquitectónica” parece cosa de Marte (hay que salvar de un decidido salto el hueco entre el andén y la escalerilla de los trenes, un metro prodigioso que me confirma en la teoría de que allí los ancianos que pueden valerse de sí mismos están más ágiles de lo que yo le veo a mi abuela) y los destinos están pintados a rotulador en un folio pegado en las ventanillas de los vagones.

Cartelones azules enormes indican las Casas de biletes donde hay que comprar los pasajes que no se pueden pagar con tarjeta: casi nunca funcionan en Rumanía, especialmente para los extranjeros. No hay nada xenófobo en esto, sino una cuestión práctica. Salen perdiendo con el cambio y la comisión. El euro está a cuatro leis y medio.

Como no hay bolardos ni parece existir rastro de la obsesión antiyihadista que asuela Europa occidental, los camiones de reparto desbrozan la multitud lentamente, zambulléndose en ella con la única guía de un perezoso policía que va indicándole dónde puede girar entre tanta gente yendo de un lado para otro. En eso reconoce uno lo oriental, en el trasiego. Y en la naturalidad con la que se desprecia toda formalidad o apego al reglamento, por supuesto. Se puede fumar pero sólo en los andenes, que están descubiertos y dispuestos en la misma planta del vestíbulo, a pocos pasos de los kioscos de prensa y bocadillos. No hay nada digital en toda la estación. Se anuncian los trenes, sus vías y sus horarios en esas viejas cajas blancas colgantes que había antes en las oficinas de Correos, analógicas, para dar las horas y el calendario.

Rumanía sugiere la impresión de ser un pueblo que se ha hecho a sí mismo entre tres poderosas esferas de influencia: lo germánico por el norte, lo eslavo al este y al oeste, y lo turco por el sur. Puede que venga de ahí ese carácter desprendido del miedo de muchos de sus habitantes. En Bucarest vi cruzar a un tipo una avenida equivalente a la calle Alcalá de Madrid a pasito corto y como ensimismado en su mundo interior mientras a un palmo de su cuerpo pasaban zumbando coches en tres carriles distintos. Son gente dura o lo parecen. El licor nacional, su especie de anís o coñac, es el palinca, un brebaje infecto que da miedo hasta olerlo.

La transición paisajística es llamativa. Del cinturón periférico cenagoso y plúmbeo que rodea la capital se pasa a una inmensa llanura parda salpicada de naves industriales y campos petrolíferos que ceden luego a valles cada vez más blancos, cada vez con más abetos largos comp pináculos góticos que van encajando la vía del tren en paredes verticales cuajadas de casitas de madera y andenes de cemento. En el tren desde Bucarest a Brasov, es decir, de Valaquia a Transilvania, pude ver en muchos edificios y paredes grafiteado el lema Besarabia es rumana. A simple vista Rumanía es un país muy nacionalista, con un epitelio patriótico bien visible. Es natural dado el carácter profundamente nacionalista tanto de la fundación del Estado rumano como de los avatares de su siglo XX. La mitad de la Besarabia, más o menos, es la actual Moldavia, donde también se habla rumano y es independiente por una de esas cosas tan del siglo XX europeo; una parte de esa región es filorrusa, merced a una de las guerras libradas entre los zares y los sultanes después de Napoleón. Entre la presión austrohúngara y alemana y la rusa y búlgara se ha movido siempre esta gente que tiene un país que no sabe vender en el exterior.

En el tren vi por primera vez un grupo de policías paseando y pidiendo la documentación a los extranjeros. Tampoco es prevención xenófoba sino, me explicaron luego, todo lo contrario: conocedores de la fama que tienen sus compatriotas en la Europa occidental, las autoridades se esfuerzan por que el turista sienta la protección y el cuidado de la policía en un país donde el turismo, sobre todo en el norte, es una industria notabilísima. Dio la casualidad de que el policía que miró mi DNI había estado en Jerez de vacaciones y le hizo mucha  gracia que yo fuera de allí. Lo cierto es que en el mundo pasan cosas que uno no se sabe muy bien cómo explicar.

Hay una manifiesta voluntad de diferenciarse de lo eslavo tanto como de lo germánico, una pretensión de apertura hacia el oeste, hacia lo cosmopolita y europeo, una corriente en pugna con el tradicionalismo. Hace cien años cambiaron su alfabeto y lo hicieron latino, como la lengua nacional, hermana romance del español y del francés. Trajano y lo romano es admirado como padre de la patria aunque los líderes dacios forman también parte del imaginario nacional a la altura de lo que pasaba en Francia en el siglo XIX con Vercingetórix. Se escucha mucho reguetón y pachangueo en los taxis, en los autobuses y en los bares. Que Rumanía es un producto de la segunda ola del nacionalismo decimonónico resulta tan evidente que no puede intentar desentrañarse nada de lo que hay o es en este país sin recurrir a este conocimiento.

Transilvania es pura Sajonia. Es la zona de influencia de lo protestante en Rumanía, donde se ve la herencia católica arrasada por la Reforma. El símbolo de esto es la iglesia Negra de Brasov, desacralizada y convertida hoy en museo. Es el gran espacio diáfano, luminoso y ornamentado donde puede el español reconocer al Dios que ha visto toda su vida en las iglesias de aquí. Todo es alemán, desde la estructura urbana hasta la arquitectura civil, aunque lo rumano, es decir, lo prosoviético, acapara ya la periferia suburbial y las estaciones de tren y autobús como las de Brasov. La ciudad es bellísima y conserva el perímetro amurallado original con sus torres de vigilancia orientadas hacia el cercano paso de Bran, donde está el castillo que inspiró a Stoker para ubicar allí a su Drácula. Drácula y lo vampírico están muy explotados y entran dentro del elemento kitsch al que los rumanos son fieles devotos pero tengo la impresión de que si estuviera en España o en Italia la cosa resultaría aún peor.

Para ir a Bran desde Brasov hay que coger un autobús de línea que pronto descubrí reciclado del servicio de transporte urbano de alguna ciudad europea y eso me sirvió para advertir que una cosa es la ciudad y su área metropolitana en Rumanía y otra la conexión interurbana: qué carreteras. No obstante, también de baches había paisajes de una hermosura incomparable, doctorzhivaguiana, con enormes llanuras totalmente blancas que terminaban abruptamente en las elevaciones de los Cárpatos, oscuras y llenas de árboles que ocultaban una nieve sólo manifiesta en sus espectaculares cumbres recortadas sobre un cielo azul de óleo.

El rumano medio es amable y cálidamente hospitalario. Esto es fácil de comprobar. Sólo tiene que sentarse uno en un sitio a comer. Las rumanas son también por lo general de una belleza turgente y abrumadora. Puedo contar con los dedos de una mano las rumanas feas que he visto en tres días, de norte a sur del país. La cerveza del país contradice su clima áspero y sus condiciones atmosféricas frigoríficas: es liviana y poco espumosa, y más parece la cerveza de un país meridional que la de la nación de los Cárpatos. Su comida es muy balcánica y puede que me haya venido de allí con tres o cuatro kilos de más. Son abundantes y generosos como toda gastronomía cuya base es la alimentación de los campesinos: el sarmale, con su carne de cerdo y de vaca picada y envuelta en hojas de repollo, su bacon, su arroz y su puré de maíz, y el guiso de judías blancas con carne y cebolla empotrado en un bollo de pan puesto en la candela, son sus especialidades nacionales.

Además de Brasov y Bran, mi tour transilvano me llevó a Sinaia, una especie de Aranjuez de la familia real rumana con la estación de tren más bonita de todas las que he visto en mi viaje por el país. Allí, flotando encima del pueblo, está la residencia de verano favorita de los Hohenzollern rumanos, el castillo de Pele, una exhibición, por supuesto también kitsch, del neoclasicismo tardío de la nobleza centroeuropea. Da la sensación de que los rumanos estiman notablemente la memoria de sus reyes. Puede que sea consecuencia del régimen comunista que los tiranizó desde el final de la Segunda Guerra Mundial y de la idealización de los tiempos fundacionales. Como fuere, sorprende en un país tan autoafirmado, tan nacionalista: sus reyes no dejaron de ser monarcas alemanes.  Quizá la remembranza monárquica siga ligada a la religiosidad, una fuerza observable y potente que continúa vertebrando Rumanía: sus iglesias, ortodoxas, son pequeñas, sencillas por fuera, austeras, pero añejas como una antigua bodega por dentro, llenas de madera, cirios, los imprescindibles iconos y los diminutos exvotos de la fe popular: pan, flores, velitas enjutas, fotografías viejas de los reyes y de los príncipes, desgastados relieves de los santos principales y una ambrosía de olores cargados como la Historia de esta parte del mundo. La diferencia con lo católico es evidente: apenas hay orden y sí mucha oscuridad, las mujeres se encargan de guardar los umbrales de lo sagrado y el mundo de los muertos se mezcla con la llama del de los vivos formando una alianza indisoluble que termina por agotar los demasiado educados en el escepticismo espíritus occidentales. Hay una veneración por el recuerdo de sus caídos en combate: Rumanía participó en las dos guerras mundiales, una en cada bando, pero siempre con la misma trágica suerte. Territorio colchón entre tres mundos voraces y crueles, su destino siempre ha sido el del pueblo vencido e invadido. Las cicatrices pueden verse en los muchos cementerios urbanos que salpican las ciudades transilvanas. En Brasov hay también uno, hecho parque, donde yacen los caídos durante la revuelta contra Ceaucescu. En pocos lugares de Europa tanto como en Rumanía la carne de cañón lo ha sido tanto de sus élites, desde que los Caballeros Teutónicos construyeron su red de fortificaciones en torno a Kronstadt, hoy Brasov.

En Transilvania puede ver por primera vez en mi vida mucha nieve junta, tanta que me deleitaba en pisarla y aprender que crujía como el pan recién horneado al cortarlo con un cuchillo de sierra. Sus trenes son viejos y están tan sucios como sus autobuses pero todavía es posible viajar oyendo el repiqueteo de la máquina sobre las traviesas de madera, un sonido de otro mundo perdido que pronto desaparecerá por fin del todo.

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