Relatos

Desde Atenas, con amor

8 de abril de 1688:

Mi muy querida, bella y añorada Rufina,

Abandonamos Atenas hoy mismo. Te escribo estas líneas apoyado en un tonel junto a la mesana de nuestra querida, briosa y fiable Fulgurante, mientras la brisa me abanica el rostro. Abandonamos Atenas, te digo, y dividimos nuestra armada: lo mollar se lo lleva Morosini al sur con la intención de bordear Salamina y atacar la puñetera isla de Egina, y seguir saqueando. Este tu amado arcabucero de nuestro ilustrísimo señor dogo de la Serenísima República se viene para casa, acompañando el botín ateniense. Por fortuna no hemos perdido, en todo este tiempo, ninguna galera. Desde que bombardeamos Malvasía en la primavera pasada la flota no ha hecho más que pasearse para espantar a los turcos, así que estamos intactos y un poquito oxidados, para qué te voy a mentir. Hace un día magnífico, una mañana clara y fresca de primavera, con el cielo tan azul que parece que se va a romper y la tierra bañada con unos colores vivísimos, como son todos en esta parte del mundo. Pero una terrible pena aflige mi espíritu, Rufina de mi alma. Una pena inconsolable, atroz, de naturaleza eminentemente estética.

Figúrate lo que es dejar totalmente arrasada y vacía esta ciudad tan bonita y que tan bien nos ha acogido todo el tiempo que hemos estado aquí. Tengo delante de mí la formidable vista de la ensenada del Pireo, con el gran monte de la ciudadela coronando el caserío blanco y la línea parda del horizonte moteada por el verde mate de los olivares. Pero lo que ven mis ojos haría estremecerse hasta al caballero con el corazón de la piedra más dura: cientos de velas blancas de falúas y almadías que afluyen hacia nuestros navíos colmadas de atenienses llorosos, cautivos de la angustia. Huyen de la tierra donde nacieron y están enterrados sus padres, sin saber lo que será de ellos. Miro a popa de nuestro barco, que avanza ya arrastrándose algo morosamente por el golfo ático como una hoja seca de otoño caída en una laguna y empujada por este vientecillo tímido, y los veo formar una manta de puntitos blancos y ocres semejante a una larga mortaja que se desliza sobre la superficie añil del mar. Vendrán los atenienses con nosotros contritos y desolados, aunque no es difícil adivinar en el fondo de sus miradas el rencor.  Como para que no nos lo tuvieran. Lo peor que les ha pasado en sus vidas es que apareciésemos nosotros en ella. Soy un hombre duro y he visto cosas espantosas en todas mis campañas, Rufina mía. Tú lo sabes bien. Pero esto, esta clase de sufrimiento, ay, agarrota mis sentidos.

Hemos dejado Atenas en un estado tan lamentable, querida, que bien nos hubiera valido no venir nunca. Al fin y al cabo, la ganancia ha sido ridícula, tan escasa que no he podido llevarte ni un par de zarcillos griegos, que aquí combinan los tonos de azul y el blanco y que tienen el tamaño de aceitunas gordas que no caben ni en la mano. Aunque te traigo otra cosa. Todavía no sé qué voy a hacer con ella, pero ya te contaré: es un trozo de mármol maravillosamente tallado, un souvenir que pude sacar de la Acrópolis antes de marcharnos. Lo he embarcado de estrangis, te lo puedes figurar, de noche y pagándole un puñado de ducados a un arriero griego borrachín para que me lo trajera en su carro hasta el muelle. ¡Cómo pesaba la cosa! Mide casi tanto como yo de largo, y tiene dentro lo que parecen dos jinetes sosteniendo algún tipo de palma o algo parecido. Hubieron de ayudarnos los hijos del carretero, un par de buenos mozos, poco habladores pero buenos bebedores, gente de fiar a la que no parecía importarle que nos estuviéramos llevando aquellas cosas que llevaban desde que el mundo es mundo colgando sobre sus cabezas, en su misma ciudad. Los maestros antiguos, ya sabes, lo ingeniosos que eran y el talento que tenían. Seguro que te gustará, aunque siempre puedo sacarle unos buenos dineros por él a algún marchante que se bandee con estas cosas . No puedes hacerte una idea de lo que era la ciudadela, que llaman acrópolis. De su estado, semejante al aspecto que presenta uno de esos quesos gruyère que tanto les gustan a los franceses: qué espanto, Rufina. Qué tragedia. Unos templos bellísimos, quintaesencia de lo hermoso y de lo bien hecho, convertidos en una montaña infame de cascotes, astillas y polvo. Con trescientos pobres turcos debajo, hechos puré. Qué imágenes traigo conmigo, en mis retinas, amor mío. Voy a necesitar mucho chianti y mucho de tu generosa turgencia para olvidarlas, Rufina.

Va a hacer para cuatro años ya, en junio, que salimos de Venecia. ¡No puedes hacerte una idea de cómo bebo los vientos por ti! En ninguna de las fortalezas y puertos por los que hemos pasado como Atila, pegando cebollazos desde la barbacana de madera de nuestros buques y arramblando con todo, he topado con ninguna cara tersa y de nácar como la tuya; con ningunos ojos tan azules como los tuyos, que hasta al mismo Egeo le da vergüenza compararse; con ninguna, bueno, en fin, ya me entiendes, no hace falta que me explaye más en el particular, que se te acerque ni a la puntita de los talones. Ya te he contado en otras cartas cómo rendimos Pilos, Navarino, Methoni, Koroni, Patrás, Nafplio y hasta la misma Corinto sin bajarnos casi del barco. Éramos un relámpago. Pam, pam, pam, y los castillos turcos salían volando hechos papilla por nuestra formidable artillería, pasmo de la Cristiandad toda. Hasta que llegamos a Atenas. Eso fue en septiembre del año pasado. Desde entonces apenas he tenido tiempo ni para rascarme el culo, hazte cargo. Cuánto menos para escribirte, mi querida, mi cielo, mi adorada Rufina.

Al llegar a Corinto nuestro gran capitán, el viejo Morosini, me eligió junto a otros hombres, de entre sus oficiales más bravos y capaces, para hacer de guardia personal de la señora condesa de Königsmark. Antes de que te enceles y agarres el papel de esta carta con la furia de hembra herida que yo tan bien conozco déjame que te diga, Rufina mía, que esta condesa es la mujer del señor conde de Königsmark, el lugarteniente de nuestro capitán general desde el principio de esta campaña y el jefe de todas las fuerzas mercenarias que nos acompañan. Que tienen plan, los forasteros. Ya te contaré más adelante. El conde es un alemán estirado y repelente, por lo demás muy pagado de sí mismo y frío y cortante como la puttanesca nieve que cubre en invierno los campos de su malhadado país: después de tratar a su mujer, debo confesar que ese petimetre está muy por debajo de semejante animal femenino que es la señora condesa. Dicho esto con todo el respeto que me deben tus carnes morenas, Rufina, que yo tanto extraño. Se nos encargó estar a disposición de la condesa y de sus damas de honor, que también con ellas se vino a Grecia la buena señora: querían ver Atenas y conocer el ambiente. Ya conoces a esta gente, mi Rufina, las grandes señoras y sus ocurrencias. Como no sabíamos muy bien qué tipo de recibimiento nos iban a dar en Atenas, y se rumoreaba en el ejército que se negociaba el pago de un rescate en la misma Venecia, Morosini, que es perro viejo y sabe latín, no quiso que las damas corrieran ningún riesgo. Y allí que bajamos nosotros, diez italianos duros como la piedra pómez, y doce señoras y señoritas de postín acompañadas del cónsul británico en la ciudad.

En el séquito de la condesa, que como digo es una alemana que, perdóname que te escriba esto y concédeme una nada pecaminosa licencia, a pesar de su edad madura, está muy bien plantada y tiene todas las generosidades pectorales propias de las hembras de su rubicunda nación, había un par de damiselas a las que el sabor oliváceo de nuestra piel parecía hacerles demasiada gracia. Y digo demasiada porque tostados como estábamos tras más de tres años bregando por la costa de Grecia, de arriba abajo, persiguiendo y ametrallando a turcos por todas partes, más asemejábamos negros de la Libia que robustos hijos de San Marcos.  Todas blancas y porcinas, aunque alguna todavía joven, nos miraban y se reían con esa coquetería que promete fuego de arcabucería a la menor oportunidad. Puedes creerme cuando te digo que a pesar de los tres años muy largos que llevo enrolado en esta campaña interminable, que son los años que hace que no te veo, ninguna de esas alemanitas, con sus pinturas y mejunjes y sus medias sonrisas burlonas bajo la seda de sus pañuelos, puede siquiera rozar la coraza de mi castidad, que toda a ti se debe. Y mira que son duras las primaveras y los veranos en estas latitudes tan cálidas, donde las uvas son gordas y jugosas como granadas de mortero y las mujeres tienen el pelo largo y azabache caído sobre los hombros, que parecen yeguas poderosas trotando por las praderas quemadas por este sol griego bendito.

Tengo que decirte, querida, que nuestra visita duró poco. Nada más desembarcar en el Pireo se nos acercaron unos griegos a caballo con peor facha que una galera berberisca con todas las velas desplegadas, y el cónsul inglés, que agárrate, resultó ser francés, un tal Giraud, nos aconsejó que admirásemos mejor el puerto y sus construcciones, por seguridad. Pudimos ver de cerca el magnífico león de mármol que da nombre al muelle. No obstante, como podrás comprobar cuando la armada regrese a Venecia, los atenienses que vuelvan a su ciudad tendrán que cambiarle el nombre al Pireo, porque difícilmente podrá seguir siendo Porto Leone teniendo en cuenta que Morosini, al no poder arrancar el gran friso oeste del templo que llaman el Partenón, dijo que menos da una piedra y decidió llevarse todos los leones que vio por la ciudad, incluido éste. Que es un magnífico ejemplar, dicen que de más de mil años, que llevaba protegiendo la entrada al Pireo desde, qué sé yo, cuando vivía aquí el mismo Alejandro, Aristóteles y todos esos. O por ahí. Pero eso ocurrió un poco más tarde, después de nuestro primer paseo. El caso es que tras dar una vuelta en torno al bicho el cónsul parlamentó con nosotros, que nos encargábamos de que no les pasara nada a la condesa y sus mujeres, y al ver que los griegos seguían amontonándose a media legua de donde nos encontrábamos, decidimos curar en salud y volver a los barcos, rumbo a Corinto. Estaban ocurriendo allí cosas importantes, de las que te seguiré dando cuenta, Rufina, en la siguiente carga, a poco que tenga un ratito para volver a escribirte. También he de terminar de contarte, o por mejor decir, empezar, la terrible suerte que corrió esta bella Atenas en nuestras ingratas y bárbaras manos.

No pongas en duda mi amor inquebrantable hacia esas jambas tuyas torneadas en mármol del Pentélico que tan loco me ponen, cara amica. Ya queda menos para que veas de nuevo cómo tu arcabucero favorito no ha perdido el mejor ojo de halcón de toda la Serenísima República. Ni un gramo de su puntería. Aun me parece verte, aquella mañana de hace demasiados junios, cuando por última vez pude apretujarte contra mi cota de malla nueva y lustrosa, mientras toda Venecia despedía al ejército en la explanada de San Marcos y el mismo dogo, a quien Dios guarde muchos años, le decía adiós con la manita a nuestro comandante Morosini. Y cómo me mirabas, Rufina mía. Y cómo te miraba yo.

Siempre tuyo,

Delfino.

 

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