Reseñas

Lecturas rusas (I)

Con motivo del centenario de la revolución de febrero y del golpe bolchevique de octubre, reseño brevemente algunas de las obras (ensayo, reportajes y ficción) que me han servido para ilustrarme acerca de estos acontecimientos y con las que he podido hacerme una composición de lugar, por si a alguien le resulta de interés. Hago constar que esta selección sólo sigue mi propio, subjetivo y aleatorio criterio. 

  • Los Romanov. Simon Sebag Montefiore. Crítica. Leí este exhaustivo y muy bien escrito ensayo del historiador británico Montefiore con ánimo de entender la naturaleza de la autocracia rusa que gobernó el país durante tres siglos, dotando su alma de un carácter notablemente expansionista y conquistador. Quedé satisfecho. Montefiore traza una cronología desde Miguel I, el primer Romanov que se hizo cargo de la jefatura del Estado tras la etapa turbulenta que siguió al reinado de Iván el Terrible, hasta Miguel II, el último y accidental zar, hermano de Nicolás II. La transformación del principado moscovita en el zarato todopoderoso extendido desde el Cáucaso hasta el océano Ártico, desde Alaska hasta Varsovia, está muy bien descrita en una narración que separa los capítulos en unidades temporales cuyos epígrafes son los relatos biográficos, minuciosos y plagados de anécdotas reveladoras y pertinentes, de cada uno de los monarcas y regentes hasta 1917. En Montefiore nunca sobra la anécdota, siempre al servicio del objetivodel ensayo, que no es otro que descubrir al lector occidental la pulsión autocrática, feudal y absolutista que sostiene el poder en Rusia, cuyo origen está indisolublemente ligado a la propia configuración histórica del país y de su tejido social.

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  • El Maestro Juan Martínez que estaba allí. Manuel Chaves Nogales. Asteroide. Probablemente el mejor libro del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales. La historia podría firmarla el mismo Emmanuel Carrère. ¿Es este libro un reportaje periodístico, o un relato de ficción? Chaves Nogales lo presenta de manera ambigua, por lo que puede tomarse como una ficcionalización de unos hechos ciertos, novelados posteriormente por la pluma sabia del escritor, o como un reportaje comme il faut. Sea como sea, el libro es un monumento de la literatura española del siglo XX, principalmente por su mejor cualidad: la verosimilitud. Juan Martínez es un flamenco que logra cierta fama en París junto a su mujer, otra flamenca con la que forma un tándem de folclórico éxito en Montmartre. Les sale una contrata en Rusia, y allá que marchan. No pueden llegar en peor momento. Es 1917, y todo está a punto de saltar por los aires. Lo que relata Juan Martínez es de una pureza desgarradora, la enumeración de los horrores cataclísmicos de uno de los períodos fundamentales de la Historia del mundo. Describe con un portentoso colorido el ambiente en los principales cafés y cabarets de Moscú y San Petersburgo en las semanas previas al estallido de febrero: disipación surrealista, frenesí lujurioso, derroche apocalíptico y una sensación angustiosa de fin de mundo. Luego pasa a relatar las peripecias de la pareja entre las dos capitales de Rusia entre febrero y octubre, las jornadas terribles del golpe bolchevique, desde el punto de vista de unos españoles que no entendían absolutamente nada y que vagaban escondiéndose por las calles, conociendo a personajes únicos, típicos de situaciones finiseculares, caracteres de hecatombe. Terminan viviendo la guerra civil en Ucrania, sufriendo en Kiev el terror blanco y el rojo, a cual más escalofriante. Cuenta Juan Martínez cómo es la checa, cómo avanza a machetazos y convulsiones el nuevo mundo socialista, cómo tremola el viejo, pasan ante los ojos del lector tipos humanos increíbles. La huida, en un mercante internacional, desde Odesa a Estambul, es, quizá, de entre todo lo formidable y brutal que se cuenta en este libro, lo más emocionante, sin duda.

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  • Lo que ha quedado del imperio de los zares. Manuel Chaves Nogales. Renacimiento. Conjunto de reportajes y de piezas periodísticas escritas por Chaves Nogales en París y que tienen por objeto de interés y atención los restos de la aristocracia rusa emigrada después de la revolución. Es un libro de penosa lectura, no por el estilo o lo que cuenta, que como siempre es impecable, nutritivo y apasionante, sino por la tragedia que se deshilacha ante nuestros ojos. Los tipos humanos que habitan en París y que Chaves Nogales va a buscar con un encomiable afán periodístico y hasta antropológico son caracteres deshechos por un cataclismo que ninguno previó, para el que no estaban preparados y del que nunca se recuperaron. Es interesante la lectura, sobre todo, para hacerse una composición de lugar sobre el ethos de la élite dominante en Rusia antes de la revolución; de su ceguera, de la naturaleza disparatada de unas prebendas medievales estiradas a través de los siglos mediante un sistema de castas anacrónico y una burocracia mastodóntica, a través de la penalización sistemática del mérito, de la sacralización de la diferencia de clase y de la denigración permanente del individuo. Todo este magma histórico explica también en gran medida que el individuo continuase siendo el sujeto de todo tipo de despotismo político y social en la Rusia soviética, y que la libertad civil y política fuese poco menos que una ambición ridícula de un puñado de intelectuales minoritarios que perdieron la hegemonía de la oposición al poco de establecerse el Gobierno Provisional.

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  • La vuelta a Europa en avión. Manuel Chaves Nogales. Asteroide. Una de las compilaciones periodísticas más excitantes de la tradición española, como casi todo lo que hizo Chaves Nogales. Comenzada la década de los 20, el periodista se aprovecha del nuevo invento, la aviación, y se embarca en un tour fascinante por la Europa central y oriental que le lleva hasta los pozos petrolíferos de Bakú y las anfractuosidades del Cáucaso, allá por donde la nueva Rusia soviética aún combate por imponer su nueva cosmovisión sobre las ancestrales estructuras sociopolíticas y culturales de las incontenibles tribus, clanes y pueblos multiétnicos de una zona ingobernable, terrible, grotesca y feroz. Una de las cosas más interesantes del libro es la pieza en la que Chaves describe su llegada a Moscú, ya muerto Lenin y en plena guerra sucesoria entre Stalin y Trostki, y consigue entrevistarse con Ramón Casanellas, uno de los asesinos de Eduardo Dato.

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  • La Revolución Rusa. Richard Pipes. Debate. Richard Pipes, historiador de origen polaco que asesoró a Reagan en temas soviéticos, expone en esta monumental historia de la revolución una documentadísima, aunque en algunos puntos sesgada o insuficiente, su punto de vista implacablemente anticomunista, muy bien sustentado no obstante especialmente cuando retrata a Lenin con una ácida pluma iconoclasta y desmitificadora, y el Terror Rojo leninista que siguió al golpe de octubre. Lo más interesante y formativo de este, por lo demás, muy recomendable ensayo, es cómo hunde Pipes las raíces de la organización burocrática y estructural del terror estalinista en Lenin y sus inmediatas disposiciones una vez alcanzado el poder absoluto en la Rusia moscovita: nada de lo que hizo luego Stalin estaba fuera de lo que el propio Lenin había pensado y desarrollado a lo largo de toda su vida de diletante y teólogo de la nueva fe bolchevique.

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  • Diez días que estremecieron al mundo. John Reed. Akal. Crónica periodística, eminentemente admirada, rendida y favorable a la causa bolchevique, del golpe de Estado de octubre, noviembre para los occidentales, que llevó a Lenin y su minoritaria élite político-paramilitar al poder absoluto primero en Petrogrado, y después en toda la Rusia urbana. El interés del texto de Reed radica en su prosa, vibrante, caótica, menuda y eléctrica, y en lo que cuenta. Caminamos a su lado por las calles de Petrogrado, recorremos de arriba a abajo el Instituto Smolny, centro operativo desde donde Lenin, Trostki, Kamenev y Zinoviev llevaron a cabo el pustch, y asaltamos el Palacio de Invierno: la crónica de este hecho en particular deja bastante en ridículo la versión propagandística que ha quedado ya irremediablemente fijada en el imaginario popular de la toma del simbólico centro del poder zarista. No obstante, la tensión que atraviesa el libro se transmite al lector, dándole la sensación de caos, descontrol y peligro inminente que debieron sentir no sólo los artífices del golpe sino cualquier ciudadano medio de Petrogrado que viviera las luchas por el poder entre las dos cabezas salidas de la revolución, la Duma, es decir, la posibilidad de una Rusia socialdemócrata, socioliberal, europea y parlamentaria, y el Soviet, es decir, la Rusia oriental, despótica, totalitaria, bolchevique, nacionalizadora, vengativa y antiliberal. Vamos con Reed hasta las mismas murallas del Kremlin moscovita, en una de las escasas cróncias que nos quedan de los sucesos que decantaron Moscú tras la toma de Petrogrado por los bolcheviques. Una de las escenas más emoticas y sensacionales, también amarillistas, del libro, es la del entierro de los milicianos en la muralla del Kremlin, apoteosis de la literatura exaltada del comunismo contemporáneo.

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  • Lenin, una biografía. Robert Service. Siglo XXI. Biografía esencial de una figura difícil de diseccionar con objetividad, dado el celo que puso el mismo Lenin en esconder la verdad sobre su vida y la formidable propaganda con la que Stalin construyó, casi con el cadáver todavía caliente, el mito del padre de la revolución comunista universal. Service aprovechó la glasnot y la ventana de oportunidad que le concedió la perestroika, con la apertura de los archivos estatales, para aprovisionarse de una documentación única e inédita: toda la correspondencia tanto de Lenin como de su familia, en especial de sus hermanas, quienes lo siguieron a lo largo de toda una vida de rentista nómada, proscrito del zarismo, subversivo en esencia teórico, hombre de poca acción hasta 1917. Service le hace la autopsia a un Lenin bibliófilo, fanático, intolerante, burgués desde la cuna hasta la tumba en sus modales, en su forma de vivir, vengativo, rencoroso, rousseaniano total, creyente verdadero en la posibilidad de deconstruir al ser humano, de hacer tabla rasa y construir un hombre nuevo, adicto por ello a la sangre y a la aniquilación en masa, pero por delegación. Conocemos a Lenin íntimamente, sobre todo al Lenin niño, adolescente y joven, en donde ya está prefigurado el caudillo, el sátrapa, el genocida y el protagonista fundamental de la Historia del siglo XX.

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  • Stalin, la corte del zar rojo. Simon Sebag Montefiore. Crítica. Montefiore, con su estilo característico, entre novelista best-seller y cinematográfico, muy visual, con metáforas muy ágiles y de lectura adictiva, pero esencialmente, apoyado en una documentación nuclear y abrumadora, como buen historiador, hace una crónica de la Gran Purga, de la llegada al cénit de Stalin, de su conversión en zar ateo, rojo, bolchevique, escribiendo de paso la mitad de la biografía de un personaje jupiterino al que detalla con una minuciosidad escrupulosa, irreverente y abrasiva. Es la crónica también de la corte depravada, nauseabunda, de la corte del Pedro el Grande moderno y de la vida, también, de todos sus bufones manchados de crimen y de impudicia. Las páginas rezuman sangre.

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  • Imperio. Richard Kapuscinski. Anagrama. Colección de reportajes periodísticos y de reflexiones personales a partir de notas de viaje del mito del periodismo del siglo XX, el polaco Kapucinski, que partiendo de sus propios recuerdos de la infancia, en su aldea bielorrusa durante la guerra mundial, va componiendo su retrato de las consecuencias morales y humanas de la aplicación sangrienta de la nueva cosmovisión bolchevique a lo largo y ancho de la Unión Soviética. Muy coloridas e interesantes sus descripciones de las ciudades y de los territorios en los márgenes de la Gran Rusia: Siberia y el Cáucaso como ejemplos de inmensidades carcelarias habitadas por individuos desarraigados, el homo sovieticus, sin raíces, sin identidad, integrado en la fallida noción multinacional y multiétnica de la Rusia soviética, impregnados del centralismo moscovita no obstante, mutilados por la ausencia de libertad y tullidos espiritualmente de por vida, y quizá por generaciones, por culpa del miedo: seres cuyo único rasgo colectivo característico, cuya ligazón comunitaria, es el silencio pavoroso. Prosa, no obstante, a veces edulcorada y ñoña, como es habitual en Kapucinski.

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  • El doctor Zhivago. Boris Pasternak. Debolsillo. Pasternak escribe su propia Guerra y Paz y cuenta, en una novela coral a pesar de su nombre y de la preponderancia de Zhivago, el tránsito febril y dramático de Rusia desde los estertores del zarismo, la Primera Guerra Mundial, la revolución, el golpe bolchevique, la guerra civil, acabando emotivamente en la Segunda Guerra Mundial: toda una epopeya humana, en la línea de Tolstoi, con algo también de la obsesión dostoievskiana por las vísceras del alma, con algo de Balzac y también de Dumas, con la elipsis como herramienta narrativa sensacionalmente utilizada para agilizar una narración a la que no le sobra ninguna de sus profusas descripciones. Una Odisea moderna de un Odiseo que no engaña, pero que atraviesa de cabo a rabo el inmenso y trágico escenario de su país buscando, sencillamente, un hogar inefable, es decir, que ni él mismo puede expresar con palabras y que siempre termina escapándosele de las manos en el último momento. Magnífico para conocer la textura de la calle durante los sucesos de octubre, la textura de las relaciones entre los hombres y los terribles vuelcos que los acontecimientos les hicieron dar, con sacudidas terribles, con la novela uno recorre, en miniatura, su propio camino personal, la conversión ideológica: Zhivago cree en el bolchevismo y luego deja de creer, como uno cree y deja de creer a través del desarrollo personal, aunque nosotros lo hagamos sin experimentar las homéricas adversidades a las que ha de enfrentarse un hombre esencialmente bueno dejado al albur de un destino grecorromano.

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  • El maestro y Margarita. Mijaíl Bulgákov. Debolsillo. Pareciera, leyendo a los gigantes rusos del XIX, que era imposible igualar siquiera lo escrito por Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski y Chéjov, pero esa impresión se desvanece al conocer a Bulgákov, quien se pasó por el arco del triunfo la imposición tácita del realismo socialista como corriente filosófica que debía impulsar todas las obras de creación artística que hubieran de nacer en la Rusia de Stalin. Por ello vivió como un paria, en los márgenes de la vida y la muerte, como un ratón que correteó angustiado entre los dedos del gran tirano que, sorprendentemente, nunca lo mandó matar quizás acaso porque lo temía. El Diablo llega a Moscú, y empiezan a desaparecer personas normales, lo blanco se vuelve negro y para todo hay una explicación oficial que calma a las almas ciudadanas aunque la explicación sea más absurda que el propio y disparatado hecho. La conversión de Moscú en Jerusalén y de Bulgákov en protagonista de su propia novela son dos hechos indisociables de la genialidad de una novela que transmite con su lectura, casi como no puede hacerlo ningún ensayo historiográfico, la sensación de irrealidad y esquizofrenia con la que debieron vivir los rusos de a pie los años que cambiaron para siempre la vida de millones de sus compatriotas.

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