Historia

Bereziná

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Cuando el día 22 de noviembre de 1812, es decir, hace 205 años, Napoleón mandó quemar los estandartes más preciados de cada una de las unidades de su Grande Armée, todos supieron que la cosa estaba verdaderamente cruda. Las águilas imperiales eran los símbolos identificativos de esos soldados que llevaban casi veinte años paseándose orgullosos por Europa. Acababa de llegar la noticia al campamento imperial: Minsk había caído. Junto con las águilas y los vagones llenos del equipaje que había sobrevivido desde la retirada de Moscú también se quemaron los trenes de los pontoneros, no se sabe si por descuido, negligencia o con intención. Iban a lamentarlo unos días después.

La aventura rusa de Napoleón hacía tiempo ya que se tornó en catástrofe. Sin embargo, al llegar a la orilla del Bereziná, hoy en territorio de Bielorrusia, lo que corría peligro era la propia integridad del Emperador. Una cosa inaudita. A Napoleón lo habían intentado matar un par de veces pero jamás en una campaña, exceptuando alguna mirada aviesa de sus propios veteranos en el tormentoso cruce de la sierra del Guadarrama en 1808. Del medio millón de soldados con los que había cruzado el Niemen en junio sólo quedaba una hueste famélica, harapienta y destrozada de en torno a 70 mil desgraciados. Tenían un puñado de caballos y cañones, prácticamente ningún bagaje disponible. Pegados como costra inútil a ellos, a entre 30 y 40 mil rezagados y de eso que se llama “población no combatiente”: tenderos, mercaderes, prostitutas, esposas legítimas e hijos de soldados que acompañaron a la Grande Armée a Rusia para hacer fortuna y que volvían literalmente aniquilados.

Napoleón no había sido derrotado en el campo de batalla y su ejército conquistó y ocupó la capital del enemigo, Moscú, hazaña no lograda por nadie desde los mongoles. Todo inútil, puesto que el Zar Alejandro le había planteado un tipo de guerra nuevo que no esperaba y que terminó derrotándolo mediante la manipulación a su favor del clima, del tiempo y de los errores del adversario.

Cuenta Philippe-Paul de Ségur, el mítico edecán del Emperador que escribió una de las memorias de combatiente más espléndidas de la Historia, que cuando a Napoleón le contaron que Borisov también había caído “el Emperador, arrojando al suelo su bastón, tuvo un acceso de ira: ¿acaso está escrito en el cielo que cometamos error tras error?”. Fue entonces cuando mandó quemar todo lo prescindible para el cruce del Bereziná. Borisov era una ciudad de la que partía el único puente practicable a esas alturas sobre un río que parecía “un lago de hielos flotantes”. Sabe que se halla cercado por tres ejércitos rusos: uno que ocupa Borisov, otro que lo persigue desde Krasnoe por la carretera principal, al mando del comandante en jefe del Zar, Kutuzov, y otro que pretende interceptarlo al norte, río arriba. Entre los tres la tenaza parece inevitable, y más sabiendo que Ney se ha perdido.

Pero Ney no se había perdido. Apareció por Orsha el 22 y fue tanta la alegría que sintió Napoleón que allí mismo le otorgó el sobrenombre con el que el Príncipe del Moscova pasaría a la Historia: Valiente entre los valientes. Bonaparte, dice Ségur, aseguró entonces que habría preferido perder 300 millones de francos del tesoro imperial antes que a aquel hombre formidable. La alegría reconfortó a un ejército que había perdido ya las hechuras de tal: unidades desintegradas, completamente desarmadas, sin equipaje y apenas ropa de invierno, hambrientas y alarmantemente desnutridas, sin asomo alguno de disciplina y que venía sembrando de cadáveres el camino desde Esmolensco dejando imágenes pavorosas que forman parte ya de la Historia de todas las debacles universales.

A Napoleón se le ocurrió entonces un plan. Recuperó momentáneamente la lucidez. Los testimonios acerca de sus condiciones físicas y mentales desde que comenzó la campaña dan cuenta de un hombre carcomido, enfermo y paralizado por los dolores: especialmente durante la penosa estancia moscovita, Napoleón aparentaba estar desconectado de la realidad y ser presa de devaneos disparatados que mermaron drásticamente su proverbial inteligencia y talento para la organización y la planificación militar. Las noticias que llegaban de Francia eran inquietantes: le habían dado un golpe de Estado. Fue sofocado en poco tiempo y el conspirador principal resultó ser un viejo militar escapado de un manicomio, pero el hecho reveló una endeblez insólita en un sistema que él creía asegurado: su propia dinastía sólo dependía de una grandeza que tenía que alimentar a base de conquistas, y empezaban a circular rumores de que había muerto en Moscú. No obstante, ante la inminencia del peligro reorganizó la tropa que todavía le quedaba en disposición de combatir y constituyó con ella una especie de división sagrada encargada de recuperar Borisov del enemigo y cubrir el cruce del Bereziná mientras se distraía a los rusos con operaciones de diversión. Los refuerzos procedentes de las guarniciones dejadas atrás en el avance hacia Moscú resultaron fundamentales.

Preparó la acción “como si se tratase de su batalla postrera”, aunque Ségur también reconoce el pasmo de los soldados que llegaban de la retaguardia ante el espectáculo que ofrecía el cuerpo principal del ejército que seguía al propio Emperador.

“Esperaban hallar la gran columna que había conquistado Moscú y descubrían tras de Napoleón un reguero de fantasmas andrajosos, muchos envueltos en trozos de saco y con los pies liados en trapos nauseabundos; algunos ostentaban charreteras de coronel y aún de general, y marchaban entremezclados con los hombres de tropa. Los oficiales de Victor y de Oudinot no se atrevían a dar crédito a sus ojos; la piedad ponía un nudo a la garganta y lágrimas en sus ojos; retenían con ellos a los que reconocían, les entregaban víveres y prendas de abrigo. Pero luego se preguntaban: ¿Qué se había hecho de los cuerpos de ejército, de tantos y tantos millares de hombres que faltaban…”

Oudinot retomó con relativa facilidad Borisov merced al error de Chichakov, que en su afán de hostigar al que creía desintegrado ejército francés regaló de nuevo el precioso enclave, pero no su puente. Había sido destruido. Urgía encontrar una forma de cruzarlo y a Napoleón se le volvió a aparecer la virgen: un general de división, Corbineau, encontró un vado a dos horas al norte de Borisov, en una aldea llamada Studzianka: había visto cruzar de casualidad a un campesino con su rocín que le explicó que por allí el río era poco profundo y el lecho parecía seguro para aposentar sobre él una pasarela. De inmediato se encendió el genio aletargado del corso, que ideó la estratagema de parecer que recopilaba material para construir un puente junto a Borisov mientras que discretamente arrasaba los villorrios de los campesinos de la zona en busca de hasta la última viga de madera que sirviese para edificar un par de pontones.

Normalmente el Bereziná debía estar helado a esas alturas del año pero 1812 fue especial y un deshielo inesperado convirtió el río en un caudal desbordado con sus márgenes cubiertas de lodo. Rodeaban a la famélica legión francesa unos 140 mil rusos también ateridos y mal aprovisionados, divididos en tres cuerpos de ejército. Mientras se hacían fuegos de artificio con que distraer a los 30 mil hombres de Chichakov cerca de Borisov, Corbineau ocupaba la margen occidental del Bereziná con tropas suficientes como para mantener la preciosa cabeza de puente; Victor y Davout protegerían la retaguardia francesa de la probable irrupción del gran ejército de Kutuzov por el norte y el redivido Ney flanquearía la posición de Borisov.

La noche del 25 de noviembre los pontoneros del general Eblé se echaron a unas aguas que estaban a 30 grados bajo cero, cargados “con dos carros de carbón y seis cajones de herramientas y clavos, que habían traído desde Esmolensco”, relata Ségur. “Resultó que los caballetes construidos aprovechando las vigas de las cabañas polacas no resistían lo suficiente, y hubo que recomenzar todo de nuevo. Resultaba imposible terminar la construcción del puente antes del amanecer; habría que levantarlo al día siguiente, y bajo el fuego enemigo”.

Los rusos advirtieron la jugada. “Nuestros desgraciados pontoneros realizaban su heroica labor hundidos hasta el cuello en el agua helada. Algunos murieron de frío; otros fueron arrastrados por los témpanos de hielo que acarreaba la corriente”. Entre Chichakov y Kutuzov ayudaron a las maniobras de divertimento planeadas por Napoleón, ya que unos coraceros de Oudinot con un puñado de cañones armaron tal bulla que lograron convencerlos de que el pase del río se haría al sur de Borisov. Entre la patrulla de Corbineau, apenas 400 hombres, y 44 cañones, Napoleón aguantó la margen occidental del río para dar tiempo a sus zapadores a que conectasen con dos puentes los 90 metros que había entre las dos riberas del río.

Fue una proeza: 23 filas de caballetes colocadas durante más de siete horas seguidas zambullidos hasta el cuello en el Bereziná “aunque no había aguardiente para darles y sabían que, por la noche, dormirían en el campo nevado”, como dice Marbot en sus memorias. El bravo general también estaba allí, observando cómo Napoleón seguía atentamente el desarrollo de las obras seguido de un Murat “ajeno a lo que corría en el ejército” y sumido en un “torpor” inaudito tras el abandono de Moscú.

Cuenta el historiador David Chandler que a pesar de las 20 horas seguidas trabajando que se pegaron Eblé y sus pontoneros, el 27, cuando los puentes estuvieron listos, tampoco pudieron descansar. Las estructuras, levantadas como por milagro, eran endebles, y antes del amanecer del día 27 ya se habían roto tres veces. “No hay palabras para elogiar la labor que realizaron en esta ocasión los ingenieros franceses; su dedicación y heroísmo abnegados (sólo 40 de ellos salieron vivos de esta campaña, el propio general Eblé cayó a las pocas semanas) contribuyeron grandemente para salvar los restos de la Grande Armée”.

Los rusos seguían sin aparecer de verdad en Studzianka, lo que provocó una euforia momentánea entre los incrédulos franceses. Los 49 mil, según unos, y 69 mil, según otros, militares que le quedaban al gran ejército del Norte, como se llamó en verano al prepararse la invasión, cruzaron a lo largo del día 27. Bonaparte, “en un estado de ansiedad extrema” según Ségur, pasó la noche en vela. Había dado orden de utilizar los puentes día y noche, pero una vez salvado el ejército en la orilla occidental, “su destello de energía se había extinguido, y a partir del 27 apenas participó ni mostró interés por la marcha de la operación”, dice Chandler. Aquella noche nevó terriblemente.

Pocos de los casi 40 mil rezagados habían cruzado. Arremolinados desordenadamente en torno a la orilla oriental de Stduzianka, “dispersos en los bosques y pueblos del contorno”, habían querido cruzar todos a la vez cuando la comitiva imperial, última del ejército en cruzar, lo había hecho el 27. Hubo de ser repelida brutalmente tal y como narra Ségur: “los más cercanos a la entrada de los pasos, empujados por los que seguían, y rechazados por los guardias y los pontoneros, morían aplastados o caían arracimados en las heladas aguas del Bereziná. Cuando a las dos de la tarde se presentó el Emperador, hubo que recurrir a la fuerza bruta para conseguir abrirle paso. Era tan lastimoso el aspecto de aquella masa presa del terror, que un cuerpo de granaderos de la Guardia y los hombres de Latour-Maubourg renunciaron a pasar el río por no causar víctimas entre aquellos infelices”.

Marbot culpa a la desidia de los mandos del ejército de toda esta tragedia de los civiles. Observó un panorama desolador en su última inspección de la orilla oriental. Los 40 mil hombres, “sentados tranquilamente al ldo de enormes fuegos, asaban carne de caballo sin pensar que estaban al borde de un río cuyo cruce costaría la vida a muchos de ellos al día siguiente, cuando, en pocos minutos, podían atravesarlo y prepararse la comida en la otra orilla. No estaba allí ningún oficial de la casa imperial, ningún edecán del Estado Mayo del ejército, ningún emisario de mariscal para dar instrucciones a estos desventurados. Al pasar por el Estado Mayor General y por el del mariscal Oudinot señalé en vano que los puentes estaban vacíos y era fácil hacerlos cruzar por los soldados sin armas. Me hicieron respuestas evasivas, confiando cada cual en algún colega para la dirección de las operaciones de evacuación”.

Resulta evidente que a esas alturas la desintegración de la Grande Armée no era sólo física ni material, sino también moral. Cada cual luchaba por lo suyo, en un estado cercano a la animalidad primitiva provocado por las espantosas semanas sin comer y hostigados de continuo por los rusos. El abatimiento era absoluto. El día 28, Victor evacuó Borisov. Fue como darle un empellón a la masa informe de “enajenados” como los llamó Ségur que pacían sin aparente autonomía personal en la orilla peligrosa del Bereziná. Por fin, aparecieron como un relámpago los 34 mil rusos al mando del general Wittgenstein. “Por uno de esos cambios de humor tan frecuentes en las masas, que puso fin al desorden y lo convirtió en desorden de otro estilo, el tropel de rezagados abandonó los accesos de los puentes y se dirigió al pueblo de Studzianka, que arrasado por aquella nube, quedaba convertido en un calamitoso vivaque. El hambre y el frío tenían paralizado al miserable tropel, que ya resultó imposible poner en movimiento aquella noche.

Los rusos, “bien alimentados y armados hasta los dientes”, buscaban con ahínco apoderarse de los puentes, protegidos por un retén de cerca de 20 mil “desarrapados, medio desnudos, hambrientos, pésimamente armados, y a los que, además, cincuenta mil rezagados, enfermos o heridos, y un enorme hacinamiento de equipajes impedía la libertad de movimiento”. El peso de este combate agónico lo soportaron las últimas unidades de la Vieja y de la Joven Guardia, que perdieron casi la mitad de sus hombres respectivamente. Ney mantenía a raya a Chichakov, cuya ineptitud en las jornadas del Bereziná salvó a Napoleón.

Cerrada la noche en medio de la batalla, ocurrió la debacle definitiva. Las baterías rusas disparaban a bulto sobre los rezagados rusos, lo que provocó el pánico total. “Entonces”, cuenta Ségur en un pasaje inolvidable, “tal como suele ocurrir en las grandes catástrofes, cada uno mostró lo que llevaba dentro: hubo quien llevó su nerviosismo a la esfera de lo sublime y quien cometió las acciones más infames. Algunos se abrían paso sable en mano; otros, montados en un carro, aplastaban, sin piedad, a los que se les ponían por delante. Los menos decididos se limitaban a llorar, a suplicar, hasta que morían pisoteados o el terror acababa con sus fuerzas. Los enfermos y heridos se refugiaban en cualquier rincón, donde, con la mirada perdida en la inmensidad nevada, aguardaban resignados el inevitable final. Hubo quien, en la locura de la desesperación, después de haber sido rechazado a la entrada de los puentes, intentaba encaramarse por el maderamen lateral; la mayoría de tales dementes solían acabar en las aguas del río. Pudo verse cómo algunas mujeres, medio sumergidas entre los témpanos de hielo, sostenían a sus hijos en alto hasta que las aguas cubrían a la madre y al infante. En medio de aquel terrible desorden, ¡el puente de artillería se hundió! Las tropas que pasaban en aquel momento trataron de retroceder, pero los que venían detrás, ignorantes del suceso y sin hacer caso de los gritos de aviso, atropellaron a los que intentaban alejarse del peligro y unos y otros fueron a caer al abismo. Entonces la multitud se dirigió al otro puente. Los armones, los pesados carromatos, las piezas de artillería, resbalando por la rígida pendiente de la orilla, irrumpían por entre el amasijo humano, destrozaban a los que caían bajo sus ruedas. En medio del tumulto, madres y esposas llamaban con voz desgarrada a sus hijos y maridos que un segundo trágico había separado de ellas en un alejamiento sin retorno”.

Al amanecer del 29 Eblé prendió fuego al puente que quedaba, dejando a miles de hombres, mujeres y niños desamparados al otro lado, a merced de los rusos. Los andrajos que restaban del ejército de Victor, en retirada, hubieron de cruzar el Bereziná a través de pasarelas enormes tendidas sobre puro cieno. Habían muerto, según Marbot, entre 20 y 25 mil soldados, aunque como dice Ségur, “sin aquellos larguísimos puentes” de Eblé y sus pontoneros, tan frágiles “que una chispa brotada de la pipa de un cosaco hubiera podido destruir”, el mismo Napoleón se hubiera visto en el trance de rendirse ante una turba de cosacos.

Fue una victoria táctica de un Bonaparte notablemente disminuido en sus facultades físicas y psíquicas, exhausto y derrotado como nunca en su fulgurante carrera. Poco después de cruzar el Bereziná, el 5 de diciembre, dejó a su ejército y se marchó con una reducidísima escolta de vuelta a Francia, en una mísera troika. Había salvado su ejército pero, como dicen los ingleses, tan sólo para luchar otro día: se estaba levantado una coalición europea reforzada que por primera vez en 20 años atisbaba la posibilidad de destruir al ogro corso. “La partida del Emperador”, escribe Marbot, “causó enorme impresión a las tropas. Unos la censuraban, calificándola de abandono; otros la aprobaban como único medio de evitar en Francia la guerra civil y la invasión de nuestros supuestos aliados que, en su mayoría, sólo aguardaban una oportunidad favorable para declararse contra nosotros”.

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