Dietario

15-03-17

Brota la primavera, y eso hace el lento discurrir de los días menos sucio. He visto abejas, avispas, hormigas y cucarachas. He olido el verano, el cielo bruñido por la vida, también en el norte; gatos al sol y lagartijas, salamanquesas que trepan por las paredes. Ya hay caracoles escalando, pero son pequeños, diminutos tántalos: cuando coronen la cima de las paredes vendrá una mano humana que los despegará y los arrojará en la cazuela. 

Vuelve el frío a latigazos, cada vez más tenues. Ya se viene el día en que no use calcetines, a pesar de mi garganta.

Hoy son los idus de marzo. Pensé en ello al comentarlo con mis padres: ni siquiera los seísmos de la Historia, esas cosas que nos dejan embobados a los frikis de la Historia, a los bohemios, a los que hemos estudiado y nos gustan esas cosas inútiles para la vida contemporánea que son las Humanidades, dejan una fragancia permanente. Pasan por el mundo en cada generación cientos de millones de personas a los que César, Bruto y Pompeyo no les importa absolutamente nada.

El hombre se acostumbra a todo. Por eso colonizó el mundo. También se adapta a las despedidas, esa copa de heces que hay que apurar de un trago y sin abrir los ojos. Da igual que uno conozca el sabor y sepa en qué consiste: la punzada es irresistible, aunque  en domeñarla consista todo el misterio de la resiliencia.

Estoy viajando mucho en tren últimamente. Ayer me desperté en una punta de España y me acosté en otra. No abandoné la ciudad en ningún momento: siempre sobre el pavimento, deslizándome como un animal urbano, en un entorno hormigonado y reconocible, codificado, donde la naturaleza sólo es un accesorio o una imagen desfigurada por la velocidad de la máquina. Esa es la verdadera cohesión de un territorio: no una ciudad brillante en lo alto de una colina, sino una ciudad que no se termina nunca, y que horada la colina, acondicionando lo de dentro para que también nos sirva en nuestro indestructible propósito de seguir caminando.

Condenan a un cobarde, rastrero y sedicioso, pero por ninguna de las tres anteriores. Leo a Pierre Vilar en su sintética Historia de España:

“En 1898 se perdieron Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. Esta impotencia no dejó insensible a España. La derrota cristalizó la oposición al régimen, formulada por los intelectuales. Pero la derrota también tenía sus incidencias económicas, ya que privaba a la industria de sus últimos mercados exteriores, y por eso vino a reforzar el proteccionismo. Los catalanes acentuaron, a la par que su desprecio por Madrid y por el bajo nivel de vida de las regiones agrarias, sus pretensiones dirigentes; fue el tiempo en que Prat de la Riba exaltó el imperialismo de los productores en La nacionalitat catalana. Término inquietante: en 1900, como en 1640 y en 1700, las debilidades políticas del centro español conducen a una rebelión de las provincias más activas”.

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