Historia

La increíble vida de Manolis Glezos (II)

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Tras la hazaña de Glezos y Santas, proeza cuyo ejemplo correría como la pólvora por toda la Europa ocupada por los nazis iniciando el fenómeno partisano de la Resistencia, ambos fueron condenados a muerte in absentia. Sin embargo, Glezos no sería capturado por la Gestapo hasta el año siguiente, 1942. Por suerte para él, los alemanes nunca supieron que tenían en sus manos a uno de los dos griegos orgullosos que habían robado de la Acrópolis la bandera del Reich ascendiendo por la mítica cueva de Aglauro. La detención de los dos héroes inauguró la tormentosa relación de Glezos con los británicos. Por puro azar, el barco donde él y Santas se encontraban escondidos esperando zarpar rumbo a Palestina (donde iban a unirse al Ejército Griego Libre que se estaba juntando en Haifa) fue gravemente dañado en un bombardeo de la Royal Navy al puerto de El Pireo. Uno de los estibadores del puerto los denunció a las autoridades: Santas y Glezos llevaban tres días ocultos en el Randmaso, de bandera sueca, sin agua ni alimento. Pronto cayeron en manos de la Gestapo, que los intentó relacionar sin éxito con el ultraje a la Reichsflagge. El único testigo que podía vincularlos, un policía griego que les dio el alto de amanecida cuando volvían de la Acrópolis, no reveló tal encuentro hasta la postguerra, lo que le otorgó algunos días de vino y rosas a Glezos y Santas. Los necesitaban.

Porque hasta el final de la II Guerra Mundial ambos iban a sufrir penalidades, sobre todo Glezos. Torturado y maltratado durante meses, lo dejaron suelto a finales de 1942. En la cárcel había contraído tuberculosis, lo que le impidió marchar a la llanura tesalia y a las montañas del norte con Santas, quien acabó la guerra sirviendo en el Frente de Liberación Nacional y su sección armada, el Ejército Popular de Liberación Nacional, controlado por el Partido Comunista griego. Sin embargo, las penalidades de Glezos no fueron sólo físicas: su hermano Nikos fue asesinado en una de las ejecuciones masivas organizadas tête-à-tête entre la Gestapo y muchos de los griegos colaboracionistas filonazis, en uno de los suburbios de Atenas. Glezos todavía conserva el forro del sombrero que su hermano hizo llegar a su madre antes de morir. En él había escrito su despedida: “Hoy voy a ser ejecutado. Caigo por el pueblo griego”. Manolis fue detenido otra vez en abril de 1943, esta vez por los italianos. Pasó tres meses bajo arresto. En 1944, en febrero, los colaboracionistas pusieron las manos sobre él. Fue preso hasta septiembre. Antes de que los alemanes abandonasen la ciudad, en mayo, fue condenado, esta vez en persona, otra vez a muerte. Atenas fue liberada por los británicos en octubre. En diciembre, Glezos tuvo la vida de Churchill en sus manos, sin él saberlo.

Apenas hubo transición entre la II Guerra Mundial y la Guerra Civil griega. Seis semanas después de la liberación de Atenas, sucedió la Dekemvriana, epítome del conflicto posterior: las tropas británicas que habían desalojado a la Werhmacht de Grecia se vieron involucradas en la muerte de 28 civiles, al producirse un tiroteo en el corazón de la ciudad justo cuando se desarrollaba una de tantas manifestaciones populares que salpicaron aquellos turbios días. El período que precedió a la derrota nazi fue uno de los momentos críticos de la Historia de Occidente. Al igual que ocurriera en París unos meses antes, a semejanza de lo que pasó también en Italia después de que los Aliados la liberaran, se reprodujeron miniaturas de la misma lucha ideológica por el poder que galvanizó la Guerra Civil de España apenas tres años antes: el miedo a una insurrección comunista tras la victoria sobre los alemanes. El papel que con audacia y rotundidad ejerció De Gaulle en Francia a medida que la fuerza aliada desplazaba a los alemanes más allá del Rin, capitalizando el triunfo y la emulsión nacionalista en pos de una reconstrucción en clave democrática, fue el que impulsó a Churchill a meterse a fondo en el asunto griego. Grecia, Estado virtualmente a la deriva tras el final de la contienda mundial y cuya ubicación  lo convertía en cabeza de puente con respecto al área de influencia soviética en Europa y el equilibrio geoestratégico que empezaba a configurarse, iba a ser el escenario de otra guerra delegada, esta vez entre las democracias liberales y el comunismo.

El Hotel Grande Bretagne, en frente del Parlamento y al otro lado de la Plaza Sintagma, era el Cuartel General del cuerpo expedicionario británico. En diciembre de 1944 Atenas estaba repleta de soldados ingleses, guerilleros comunistas, refugiados del Ática y el Peloponeso que apenas tenían qué comer. La autoridad era difusa: el cuerpo de operaciones especiales inglés estaba al mando del teniente general Robert Scobie, quien había restaurado un gobierno provisional presidido por Georgios Papandreu. Atenas era el centro de una maraña de movimientos y previsiones geopolíticas de magnitudes colosales: Churchill deseaba sobre todas las cosas mantener un pasillo de seguridad entre el Mediterráneo oriental y la joya del imperio colonial británico, la India. El control del Canal de Suez y por extensión, de Egipto, así como de Palestina y naturalmente, la península balcánica, resultaban indispensables para bloquear la hipotética expansión de la influencia de Stalin en el patio trasero de Turquía y Mesopotamia. Para eso se precisaba un Estado griego afecto. Se preparaba el regreso del rey Jorge II, refugiado en Londres. Jorge II, como Alfonso XIII en España con Primo de Rivera, había dejado hacer sin mucho miramiento a Metaxas, antes de la guerra. La consigna en Westminster, más o menos, era salvaguardar Grecia del comunismo.

En Grecia, los comunistas se habían mostrado especialmente eficaces, diligentes y brillantes en la organización de una resistencia antinazi aguerrida, tenaz y muy útil, que acompañó las acciones aliadas clave durante la campaña de recuperación de los territorios griegos de manos italianas y alemanas. Aspiraban al poder, es decir, al establecimiento de un régimen socialista. El ELAS había combatido junto al ejército británico, liberando decenas de ciudades, granjeándose el afecto de multitudes; multitudes que habían sufrido una ocupación devastadora. El Eje acabó con el 7% de la población griega, bien por la persecución y el aniquilamiento, bien por la escasez y la hambruna. Medio millón de griegos murieron entre 1941 y 1944. Salónica sufrió uno de los mayores pogromos de la Historia: casi no quedó ningún judío. El gobierno provisional, del que formaba parte el Frente de Liberación Nacional (controlado por el Partido Comunista), decretó la desmovilización de los guerrilleros. O sea, del ELAS. Los comunistas se levantaron de la mesa, y comenzaron las manifestaciones populares. Había casi 50 mil guerrilleros del ELAS en Atenas en aquel momento. Los suburbios de la capital, así como el puerto, eran feudos socialistas. La exigencia de la desmovilización fue interpretada por los adictos al Frente de Liberación Nacional como el paso previo al establecimiento de un régimen soterradamente anticomunista, por extensión monárquico; una derrota postergada de quienes lo habían dado todo por desasir Grecia de la garra del nazismo. “Queríamos lo que habíamos conquistado durante la guerra: un Estado del pueblo para el pueblo”. En uno de los cables del Gabinete de Guerra que Churchill escribió a Roosevelt, expresaba el quid de la cuestión: “El gabinete de guerra y el Secretario de Exteriores están muy preocupados sobre lo que ocurrirá en Atenas durante el paréntesis entre la retirada de los alemanes y se establezca un gobierno organizado. Parece probable que los comunistas radicales y el ELA intentarán hacerse con la ciudad”.

“No había ningún plan para tomar Atenas”, dice Glezos, toda una vida después. Él estaba allí. El 3 de diciembre de 1944, en Atenas, había otra manifestación más. Nada inusual para una ciudad que bullía, según Glezos y otros testigos que aún recuerdan los sucesos y que hablaron hace poco para The Guardian. El Frente de Liberación Nacional sacó a su gente a la calle. El movimiento partisano griego había nacido en las ciudades, alentado por acciones como la de Glezos y Santas en la Acrópolis. Sin embargo, fermentó en el campo. Había banderas de la URSS, de Gran Bretaña, de Estados Unidos. Se gritaban vivas a Stalin, a Roosevelt, al propio Churchill. Los británicos, dice Glezos, eran tratados como amigos. Parece que éstos, en cambio, seguían viendo Atenas como una ciudad en guerra. Durante el mes de noviembre, según algunos historiadores griegos que tratan de esclarecer un suceso olvidado por la vorágine de la Historia, el cuerpo expedicionario británico mantuvo contactos con los grupos paramilitares colaboracionistas que habían ayudado, cuando no llevado la iniciativa, a masacrar a cientos de compatriotas. La idea, grosso modo, era encontrar un punto de apoyo fiable en el que apoyarse para arrinconar la notable fuerza que el Partido Comunista tenía desplegada sobre el terreno. Sostiene André Gerolymatos en su libro The Internacional Civil War que los británicos, siguiendo un plan premeditado, liberaron discretamente a casi 12 mil oficiales y cuadros de mando colaboracionistas, presos desde la reconquista de la ciudad, que fueron integrando las fuerzas de seguridad del gobierno provisional griego. Fuerzas cuyo restablecimiento estaba a cargo de oficiales británicos con experiencia en la administración colonial del gigantesco imperio: hombres ásperos con una ética personal adscrita a la supervivencia del imperio al que servían.  Incluso asegura Gerolymatos que según fuentes presenciales reconocidos miembros de los “batallones de seguridad” (nombre técnico de los grupos paramilitares colaboracionistas) fueron vistos paseando amigablemente por Atenas, “una ciudad pequeña en 1944” con oficiales del cuerpo expedicionario británico. “La cochambre de Atenas”, según identifica Gerolymatos a los filonazis, eran individuos fácilmente identificables en aquellos días por quienes los habían sufrido durante casi 4 años.

“Si hubiésemos querido tomar Atenas y hacer la revolución, no hubiésemos esperado a que llegasen los británicos”, dice Glezos. El caso es que el fantasma revolucionario condicionó todas las decisiones de Churchill en el panorama griego. El 3 de noviembre, una multitud liderada por antimonárquicos, socialistas y comunistas llegó hasta la plaza Sintagma. Allí fue baleada por miembros de las fuerzas de seguridad del gobierno provisional. Empezó la “batalla de Atenas”: por la noche había, según Glezos, 60 mil personas en Sintagma. Paracaidistas británicos aterrizaron sobre la plaza, los tanques salieron a la calle, e incluso el cuerpo expedicionario estableció nidos de ametralladoras en la Acrópolis, “algo que ni siquiera hicieron los alemanes”, dice Glezos. Enfermo de tuberculosis, vagó por Atenas advirtiendo señales inequívocas de un grave despliegue militar por la ciudad, y participando en las algaradas. Asesores políticos británicos como Harold McMillan recomendaron tratar a la población civil como rebelde, y evacuar ciertas áreas de la ciudad, sobre todo los barrios obreros más acendrados. Entonces llegó la noche de Navidad. Y Churchill, el gran hombre, apareció de repente en Atenas como una sombra. Era la última Navidad del mundo en guerra, y la cuestión griega palpitaba en aquel dramático rush final contra el Eje.

Hacía más de veinte días que los británicos trataban Atenas manu militari. El Frente de Liberación Nacional decidió golpear: 12 mil “izquierdistas” griegos estaban siendo desterrados a campos de concentración en Asia Menor. Planearon volar el Hotel Grande Bretagne, el Cuartel General británico. “Había alrededor de 30 de los nuestros involucrados. Yo mismo llevé del detonador enrollado en torno a mi cuerpo”, confiesa Glezos por primera vez en siete décadas en el artículo del Guardian. Atravesó las cloacas de Atenas encabezando un comando; reptaron por la mugre y la indescriptible mierda del sistema de alcantarillado de la ciudad hasta colocar una tonelada de dinamita debajo del hotel, emulando a Jean Valjean al final de Los miserables: “estábamos cubiertos de suciedad, de excrementos”. Entonces se quedaron esperando la señal para accionar la detonación. Nunca llegó. El Frente de Liberación Nacional había descubierto, in extremis, que Churchill estaba allí. El premier había decidido conocer la situación en el Ática en persona y coordinar el esfuerzo de sus tropas desplegadas así como terminar de asegurar el desarrollo de un proceso electoral abierto sorteando la amenaza comunista, que se creía inevitable y segura tal y como podía verse en el estado de excepción en que vivía Atenas desde hacía un mes. Pero los comunistas griegos decidieron que matar a “uno del Big Three” (en referencia a los tres grandes jefes políticos de la coalición que derrotó al Eje, Churchill, Roosevelt y Stalin) no era un buen asunto. Y Glezos se quedó esperando la orden.

La Dekemvriana terminó en torno a febrero de 1945. Hubo muchos muertos, y sobre todo, muchos desplazados: el comunismo no alcanzó el poder. Casi 20 mil comunistas griegos fueron deportados a campos en la propia Grecia, donde serían condenados a diversos trabajos forzados, según modernas estimaciones. Casi 40 mil fueron enviados a Asia Menor. Incluso la RAF bombardeó posiciones en el Ática. Empezó la guerra, una guerra crudelísima, entre griegos monárquicos y adictos al viejo orden disfuncional, aunque nominalmente democrático, y afectos al comunismo, aunque dentro de éste epíteto se aglutinasen fuerzas diversas, en una amalgama. La guerra griega, como la española, no sólo la jugaron los griegos. La vida de Manolis Glezos, en cambio, tendría todavía muchos capítulos asombrosos por escribir.

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