Dietario

23-08-16

Días de Levante y furia, que con razón son sinónimos. Está siendo terco este viento, que arrastra la hez caliente acumulada en la piel de la tierra y la esparce por todas partes, ahilando los cuerpos y desgastando las mientes. He terminado una gran tarea, en cuanto a escritura; ha sido, después de tanto tiempo, como sacarme las tripas hinchadas del vientre. Ahora no tengo fuerzas para metérmelas otra vez dentro, y como Catón, a veces siento la necesidad de aliviarme la carga y cortármelas sañudamente. De todas formas, tengo que recuperar el hábito, he de forzarme a hacerlo. De a poco, pero siguen amontonándose las ideas, esa parte de mí nunca deja de estar funcionando, como si fuese un rotor alimentado por un generador inagotable, alcalino: las garabateo todas en los papeles que me voy encontrando, ora las ordeno compulsivamente como si ese afán físico de organizarlas y distribuirlas en cuadernos y carpetas fuera una somatización de la culpa que siento por no parar de idear y no hacer, idear y no trasladar (he aprendido muy tarde y a costa de muchos esfuerzos, que el proceso que va del alumbramiento original, pleno y rotundo, a la realización completa del proyecto, es peor que el parto que trajo a Atenea al mundo), ora vuelvo a anotar disparates…

No deja de sorprenderme lo cíclico que es el circuito narrativo en que se mueve el mundo. Como la historia aquella del chiste judío que le leía Carrère, que conté aquí, me topé el otro día en las Veladas de Dikanka de Gogol con otra feliz coincidencia. De siempre, mi padre contaba como cosa cierta, como hecho acaecido en el tiempo de su padre o del padre de su padre, del que se tuvo noticia indudable en el momento del suceso por boca de tal o cual vecino que lo oyó contar en la tasca, que un hombre de campo tenía un hijo que se fue a la mili muy lejos. De resultas, se volvió muy fino. Al regresar, lo hablaba todo con la ese y se hacía el entendido, como el que sabe mucho del mundo, como el que ha visto cosas que los aldeanos, circunscritos al microscopio del terruño, siquiera imaginan. El chico fue al campo con el padre y vio un rastrillo en el suelo, cuenta siempre mi padre. Le preguntó: “¿qué es esto, papá?” Sin más avanzó pisando los dientes del rastrillo, de modo que el cabo largo y duro del mismo se levantó del suelo como un resorte y le dio en toda la frente. Mi padre siempre se ríe recordando que el muchacho exclamó con cólera “¡me cago en los muertos del rastrillo!”, recordando inmediatamente qué era el dicho artefacto.

Leo a Gogol: “A este propósito Fomá Grigórievich le contó un cuento precioso. Le contó cómo un mozo que estudiaba letras con un diácono, llegó a casa de sus padres tan latinista que hasta había olvidado nuestra lengua ortodoxa. Todas las palabras las terminaba en “us”. La pala era para él palus, baba era babus. Pues bien, en cierta ocasión salieron su padre y él al campo. El latinista vio un rastrillo y preguntó: ¿cómo llamáis a esto, padre? Y sin darse cuenta, en un descuido, pisó los dientes del rastrillo. Antes de que el padre tuviese tiempo de contestar, se levantó el mango y ¡zas!, le dio en la frente. ¡Maldito rastrillo!, gritó el escolar, al tiempo que se llevaba la mano a la frente y daba un salto de una vara hacia atrás: ¡Así lo tire mi padre por el puente, cómo pega! ¡Ni más ni menos! Recordó cómo se llamaba el rastrillo.”

Gogol escuchó, con toda probabilidad, este cuento muchas veces en su infancia, pues era hijo de una familia de terratenientes rurales ucranianos. Quizá, como luego escribió en su Veladas, lo escuchó por boca de alguno de los campesinos de sus propiedades. Cuando conté en casa este hallazgo, apenas produjo comentarios, pareciéndoles incluso normal este tipo de coincidencias diacrónicas. A mí me dejan asombrado, como cosa de sortilegio. A veces pienso que Marx tenía razón cuando dijo que los pobres, en este caso los campesinos, no tienen patria, sino que forman en sí mismo, como la raza hebraica durante los siglos de diáspora, su propia patria espiritual. Un inmenso acerbo fragmentado y disperso, sin conciencia de sí mismo.

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