Relatos

Hora prima

Empezaba a oírse el trinar de los pájaros. Era tan bonito. Probablemente fueran gorriones y jilgueros. Cantaban tan bien, era tan agradable escucharlos. Contempló la claridad que iba penetrando, tan tímida como una muchacha, por debajo de la puerta. Se hacía de día. Apuró la última tinta que goteaba de la punta del cálamo, y garabateó el papiro. Lo miró un momento, sopló distraídamente, y como si hubiese recordado algo, remató la última línea con un nombre: Tito Lucrecio. Luego se levantó del triclinio donde había pasado la noche.

Caminó por la estancia. Encima de una mesa rectangular, alta, de madera pobre, oscura y vieja, había una jarra de vino. La levantó y se la llevó a la nariz. El océano tiñoso se derramó por su sentido, y naufragó, como una de aquellas naves de Odiseo que jamás llegaron a Ítaca. La dejó sin beber, junto a una hogaza de pan que fue tierno el día anterior: ahora su tacto era duro, como un recuerdo.

Abrió la puerta y salió fuera. Una gran higuera, su higuera, la que plantó su abuelo veinte años antes de que él naciera, lucía verde y robusta. Sus hojas rugosas cubrían todas las ramas, llenas de nudos y de caracoles que trepaban por la superficie áspera de esos nudos. Era una vista magnífica, que siempre le había consolado cada vez que, con el alma afligida, se dejó caer bajo su sombra. En verano y en invierno, cuando por el ramaje pelado se colaban los rayos de sol, y él se dejaba mecer por el viento cerrando los ojos. Y pensando en ella.

Ya no pensaba en ella. Era imposible, aquella mañana. Ante sus ojos se desplegaba la magnificencia del mundo despertándose, arrullándose: el desperezo de las cosas, moroso y cálido como le correspondía a la primavera. La negrura del cielo, opaca, impenetrable, ya se desvelaba. Por el oeste aún conservaba trazos oscuros, perlados de estrellas. Pero por oriente todo nacía, sin nubes, aún sin sol, que se anunciaba poderoso echando por delante sus caballos imperiales.

Tan asombrado se hallaba ante el espectáculo del alba, que de pronto miró su mano y se sintió extraño. Había en ella una cuerda. Una cuerda fibrosa, marinera, fuerte. Por la manera en que entornó los ojos, podía pensarse que se preguntaba: ¿qué hace esto aquí? Pero con naturalidad la desenrolló en toda su largura, y puso un pie en el tronco, tan ancho y macizco como las columnas de los templos. Era un hombre ágil, apenas habría pasado la treintena. Sus piernas torneadas parecían resortes de una balista; su piel estaba bronceada, como la de los hombres del mar. Era de cartón, y la barba, cerrada y canosa, contrastaba con el tono tostado. Lo hacía atractivo, pues era alto: bien podría ser tomado por un legionario, aunque la túnica nívea ceñida por un sencillo cordel de esparto desmentía el aire marcial que aparentaba. En dos saltos estuvo encima de la higuera. Alargó la mano hacia una de las ramas más altas. Tanteó su firmeza, y pareció convencido. Entonces se entretuvo en atar uno de los cabos de la cuerda, que quedó colgando, perpendicular al suelo. De otro brinco ferino, estuvo en el suelo.

Junto a la higuera, había una parra, bien crecida. Hermoseaba festoneando un techo de cañas entrelazadas, sujetas al suelo por varias vigas de madera. Miró todo aquello con la satisfacción del que levanta un imperio: allí estaba su puerto, la cala tranquila donde se engolfó el mar de su vida durante mucho tiempo. Él sembró la parra. Él la podó. Él esquejó la higuera, e hizo brotar de la tierra otras, simiente de su simiente, carne de su carne. Todo aquello le sobreviviría, comido por lo salvaje que es el tiempo. Quizá la uva, gorda, tan voluptuosa, la haría estallar el calor de lujuria. Otros ramos, sin embargo, henchidos de zumo, se los comerían los pájaros, las avispas, quienes a su vez morirían hinchadas de púrpura, y caerían al suelo donde las hormigas, antes del invierno, tendrían con ellas su despensa.

Agarró uno de los tocones de madera que tenía hacinados a un lado de la parra. Se subió sobre él, juntando los pies descalzos, manteniendo el equilibrio. Tomó el cabo que colgaba de la higuera y lo ató alrededor de su cuello. Los pájaros volvían a trinar, aunque a lo mejor no habían dejado de hacerlo nunca, y era él quien no los había oído. Miró al frente. El sol se iba haciendo fuego, lentamente, como uno de esos tocones como el que lo sustentaba cuando él, en invierno, los echaba en una candela para hacer lumbre. Recordó el olor embriagador de la leña ardiendo; la fragancia pegajosa, que se adhería a la piel y ni toda la sal del mar vinoso servía para quitarla. Paseó la vista por el valle que lo acogía. Si aguzaba el oído, podía escuchar muy al fondo, como un eco remoto, casi atómico, el trueno del mar. Las olas batían la costa. Era extraño, en aquel tiempo. No pensó más en ello. Era un amanecer extraordinario. Cerró los ojos. Los pájaros cantaban como cantaban aquella mañana, en torno a su ventana, en la que se despertó con sus grandes ojos verdes fijos en su cara. Muy seria, muy blanca, con algunas pecas por su cara que parecían migas de pan desperdigadas encima de una mesa de mármol. Él le dijo que la amaba. Ella siguió mirándolo sin decir nada.

Empujó el tocón con su pie derecho. Precisó de un esfuerzo. Ya no había ni una línea de oscuridad en el cielo, de un azul rampante al que sólo le faltaba rugir. El leño rodó hacia un lado. El hombre sintió el tirón. Sonrió un instante, imaginando su cuerpo deshaciéndose en miles de átomos, que irían a colisionar en cualquier parte. Los pájaros seguían trinando sobre la higuera.

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