Notas

La luz yerta

Hotel_Lobby_by_Edward_Hopper

Me ha pasado muchas veces. Por eso entiendo a Hopper en este cuadro. Él pintó la sensación. El vacío. Hay hoteles y hay hoteles. Para mí ha sido más normal, conocer los cuartos de vida condensada. El enlentecimiento del latido. La espera. El mundo hecho zumbido de bombilla, luz cárdena, recepcionistas sin rostro que musitan códigos sin sangre palpitando. Cuánta gente habrá dormido aquí. Qué habrán soñado. ¿Esperaban algo? Hopper querría también saber lo que temían. La ciudad sólo es un océano de luces espirituosas cuando uno la lee. Vivida, es el vestíbulo del frío. Ofrece al que llega un abrazo sin calor, un abrazo yerto. Estaciones de tren, hombres que piden, mujeres que arrastran bolsas a cuadros pletas de ropa vieja, tickets de metro, el taxímetro negro, rectangular, de cuya noche surgen números rojos. Más luces blancas, pasamanos, escaleras, gente que pasa, que viene, que marcha. Trenes dentro de hornacinas de latón. Huele a plástico la ciudad. Te escupe en el lobby de un hotel, desterrado del hormiguero. Movimiento y noche. Cláxones, voces, tumulto desparramándose por avenidas crepusculares donde hay mendigos durmiendo en el suelo, y gente que se compra pantalones. Hopper leyó a Virgilio, supo lo que sintió Eneas. Los sofás de skay, el sudor que pega la carne, las maletas sin abrir. Toda la humanidad dentro, todo lo que no sangra, fuera. No hay hijos, ni esposa, ni lar, ni se ve la tierra donde reposan los muertos desde el lobby del hotel. La ciudad engulle y si no es una, será la otra, o la siguiente. Esos vestíbulos son márgenes atemporales: la ropa arrugada, un cepillo de dientes que ya no volverá, botellas de agua vacías, el cerrojo de espinas que no deja al corazón desasirse y arrellanarse en la butaca. Como única familia, revistas caducadas y guías de turismo. La acechanza del hogar: viajo hacia Canaán atravesando estepas de hormigón, cristal y neones, con la esperanza de que ése sea el último lobby, del último hotel. Sin chimenea ni árbol de Navidad, nada que pueda llamar de propio, mío, sino sólo lo que está por venir. A cada paso, la losa fría. El suelo sin alfombrar de esos lobbys. Aunque tengan moqueta, siempre envuelven mis pies de la bruma del Lacio que a Eneas confirmó en su desgracia: la calidez del tálamo, que es el útero al que siempre estamos volviendo, sin poder, es una ilusión a la que como mucho, siempre llega otro.

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