Crónica

Hastío

Real Madrid 0 – Málaga 0

Dicen que lo que vemos brillando en el cielo por las noches, lo que llamamos estrellas, no son sino los haces luminosos de cuerpos que dejaron de existir hace miles de años luz. Nos hacemos ilusiones, gustamos de darles nombre a cada una de ellas, nos deleitamos con su contemplación y los más románticos hasta les piden deseos. Pero están muertas. Algo parecido ocurre con Cristiano Ronaldo. Es probable que lleve casi un año apagado, pero seguimos viendo su estela. La inercia y las leyes de la física le impulsan a meter goles cada cierto tiempo, pero ha dejado de hacer girar en torno a él los planetas del Bernabéu. Ayer su equipo necesitó que alguno de sus once tiros a puerta fueran dentro, pero no sucedió. Otras veces mete cinco de golpe y su hueste lo reivindica como cuando a Casillas le daban un chutazo en el lomo y el AS decían que había resucitado. Son las cosas del querer y no poder. El Madrid fue ayer tarde el fado triste de Cristiano y el Málaga devolvió al Real a la estela del Barcelona, que no termina de apagarse nunca y va camino de ser la Odisea de una generación de madridistas que no tienen ningún Homero que lo embellezca.

El Madrid rota y tiene frío. Gana con el trapío del campeón en la plaza más dura del norte, y se deja mecer en una sinfonía dulce con el Málaga en Chamartín. Cuando despertó de la siesta era el minuto 75. Chutó como todos los días, como lleva chutando el Madrid siete años; la metáfora de todo este tiempo de hartazgo y derrota fue el cero del marcador cuando el referí dijo hasta aquí hemos llegado. Dicen que Benítez sale algunos días a las tres de la mañana de Valdevebas, buscando la fórmula de su Bosón de Higgs, pero sin Bale este Madrid parece un caballero que lucha con espada de madera. Quién lo iba a decir. El contraste con San Mames fue total. Allí tampoco estaba Bale pero las piezas se cohesionaron en armonía. Ayer chirrió la estructura y ni siquiera fue suficiente con que Modric diera dos pasos adelante.

En torno a Kroos se abrió un cerco que nadie llenó. El Málaga no ha marcado todavía en esta Liga, y entre eso, y que no tiene futbolistas capaces de transformar los huecos entre las junturas del Madrid en pequeños Vietnams, sólo Amrabat indispuso la espalda del alemán. Entre el dorsal 8 y los centrales correteó este marroquí calvo que parece un sucedáneo de Benzema: casi la misma clase, parecida efectividad. En la segunda parte, sentó a Marcelo con un escorzo pélvico extraordinario. Pero definió un palmo más allá del poste izquierdo de Keylor, confirmando que los delanteros bereberes son orfebres del vacío.

Si Varane y Pepe son como el agua y el aceite, cuando por Pepe entra Nacho el Madrid se vuelve cangrejo. Incapaz de ocupar la banda ancha del centro del campo, el adversario encuentra una pradera a disposición de su caballería. Suelen lanzarse en contragolpe por detrás de Marcelo, que es como un agujero de gusano: los contrario lo utilizan para quemar etapas en su ataque contra Navas a una velocidad cósmica, es un trampolín. El pase siempre es diagonal y siempre hay alguien en ese balcón que se cobra la pieza, y hace circular la pelota hasta el punto de penalty madridista. Normalmente viene resolviendo bien estas cuestiones el Real porque la cabeza de sus centrales es un sillar de piedra donde rebota todo, pero la insistencia desnuda la presunta virtud defensiva del Madrid, quien no ha recibido más goles todavía por Keylor y porque ningún Luis Suárez ha sabido coger el botín de esa segunda jugada sucia que viene siempre tras el despeje o el rebote en la frontal.

Atacaba el Madrid. Incidía solamente Jesé. Isco siseaba por la izquierda pero chocaba con el rompeolas de Ronaldo. Únicamente cuando el portugués se desplazaba hacia la posición de ariete, lograba el Madrid escribir un pentagrama que sonase a gol: Jesé desbordando en alguno de los dos picos del área y la jugada precipitándose sobre Kameni como un vaso de leche colmado hasta el tope.

Sin embargo, la diagonal en largo de Ronaldo ya no devasta poblaciones. Le falta el medio metro explosivo, la dinamita: la arrancada furibunda hacia el espacio y su definición con la zurda, que solía ser atómica. Ya no. El portero se limita a esperar el chut cruzado y la respuesta de los centrales consiste en irlo aislando hacia afuera, restándole ángulo de tiro. No hay velocidad y sin velocidad es imposible la ruptura. En la segunda parte se rozó el gol por la percusión del Madrid: tres jugadores fusionados con la línea malaguista, Isco, Ronaldo y Benzema, sin poder quebrarla. El Málaga fue un junco. Se juntó con dos líneas y media invadiendo el valle entre Kameni y Amrabat, y el Madrid alcanzó la orilla del río por pura inoperancia de su juego interior. Con Benzema, con Isco, con Ronaldo, con Modric, con Kroos y luego con Kovacic, todos expertos en la ilación del pase, en lo rasco, en descubrir el metro cuadrado donde no hay piernas. Ninguno pudo, o supo, y el Madrid batió la muralla de Kameni con ganas pero sin inteligencia, a marocha.

El Málaga de Juankar y de Juanpi, un Málaga cacofónico y al que le han amputado el gol, anestesió a un Madrid que sólo ha sido líder por tres días. El Bernabéu ni siquiera silbó, dando por hecho que estas cosas son así. Los ciclos vitales de las supernovas también terminan agotando a quienes ya no necesitan el telescopio para advertir su futilidad.

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