Crónica

Margen protector

Real Madrid 4 – Shaktar Donetsk 0

Ha conseguido frabricar Benítez toda una fortaleza. Es el Madrid parecido a un platillo volante que sobrevuela el terreno de juego al raso. Impone el modo en que los jugadores parecen concienciados de su misión defensiva. No es, en cambio, ésta una obsesión, digamos, que vuelque al equipo hacia Keylor, sino al contrario: desde el portero, el Real se concentra en torno al centro del campo, el cual irradia su fuerza hacia los costados. Se produce así la ocupación inteligente de los espacios, gracias a la movilidad de todos los jugadores del Madrid, de Modric en adelante. Benítez adivinó a la primera el carácter poliédrico del juguete que tenía entre manos. También reconoció por dónde murió el Madrid de Ancelotti: por la vacuidad de Bale, por el ronaldocentrismo, y por el desprecio del repliegue.

Salió el Madrid al estadio con el frac de la Copa de Europa. El Bernabéu lucía bonito por la tele, brillante como suele cuando se trata de la competición de la que están hechos los sueños del madridista. Fue interesante comprobar cómo respondía el Madrid ante un equipo verdaderamente punzante. El Shaktar lleva jugando a lo mismo, más o menos con los mismos jugadores, desde hace un lustro. Su entrenador parece un prestamista de Promesas del Este y se paseón meditabundo por el área técnica, toda la noche, arropado con una gabardina y torciendo el gesto: este Madrid no ofrecía resquicios, esos por donde el de Ancelotti se desangraba y en donde antes era fácil acuchillar. El Madrid estaba muy junto, con Isco alargando la serpiente del mediocampo cuya cola es Modric.

Como pasa con los grandes saurios, es la cola quien da impulso al ataque del bicho.

Pero el Shaktar también se mostraba compacto y resbaladizo. Entre Taison y Fred disputaban vivamente la propiedad del balón, que es por donde el Madrid comienza a contarse a sí mismo. Merodeó un par de veces el equipo desahuciado por la guerra de Ucrania, siempre auscultando a Carvajal por la espalda: es demasiado fácil ganársela, porque el lateral madridista lo fía todo a su corpachón de personaje de la Ilíada, bajito y rápido, de aladas piernas. Pero tácticamente deriva en desastre cuando olvida la lección número uno de los laterales modernos, que es calcular el timing.

No obstante, en cuanto Kroos se desacoplaba de Modric el Real perdía horizontalidad y se activaba Bale, erguido en el pasillo central de los tres cuartos de cancha a la manera de una veleta. Él marca el viento. Ronaldo y Benzema entran y salen de la línea de orsay, y sólo los defensas con más temple pueden soportar este aguijoneo constante, este derecha-izquierda con que desarbolan la línea y generan una cantidad obscena de espacios entre los centrales y los laterales. Falló un gol clamoroso Benzema, tras arquear el cuerpo para deshacerse de Pyatov con mucha sensibilidad; luego se encontró con la portería vacía, y le entró el espasmo del pelotazo, que pasa a veces cuando uno se encuentra una forma esférica en su camino, quietecita, solitaria, y no puede resistir el impulso primitivo y salvaje de darle muy fuerte y muy duro en todo el medio.

Se rompió Bale y entró Kovacic. Fue una desgracia pues el galés parece imbuido definitivamente del destino manifiesto que lo ha nombrado, desde que llegó en 2013, sumo hacedor del Madrid del futuro.

Con Kovacic, el Madrid perdió originalidad en la franja decisiva del campo pero le ganó por completo al Shaktar el control del juego. Dejaron de fluir con libertinaje los jugadores naranjas sobre la posición de Marcelo y Carvajal, y el equipo se ubicó en forma de palmera: Modric en el tronco, Kroos, Isco y Kovacic dispuestos como un tridente, como hojas, sobre el 19. Este dibujo empotró a Benzema y Ronaldo contra la portería de Pyatov y el 1-0 nació precisamente de la autonomía de los tres interiores transformados en volantes. Isco le madrugó bien al lateral izquierdo ucraniano y centró con la zurda; en el cogollo del área, Pyatov se despistó con la estela de Benzema y la pelota pidió llorando a Karim que la estrujase contra la red.

En la segunda parte, Pepe y Nacho relevaron a Varane y Ramos, ambos desgraciados en sendos choques duros con la gente del Shaktar. El Madrid mecía el partido pues si algo parece querer Benítez es manejar en todo momento la probabilidad del daño: si tengo jugadores refinados en la entrega y a los que he dotado de un sentido estratégico del esfuerzo, puedo tener la pelota; ergo, si tengo la pelota todo lo que quiera y voy ganando, tendré el partido. En este silogismo está toda la esencia del Madrid presente.

Sucede que en las segundas partes, cuando el Real juega la Copa de Europa y está en Chamartín, Marcelo se va haciendo grande como una sombra chinesca proyectada sobre el muro. Ocurre con naturalidad. El oleaje del partido lleva el balón hacia su banda, y él, nunca rehuye la aventura, agarra la botella, desenrolla el papel y corre hacia adelante. Aumentó la producción el Madrid por la izquierda y el penalty que no fue, pero que dejó a Ronaldo meter el 2-0, vino como viene la vendimia cada vez que amanece septiembre.

El 3-0 también fue penalty, esta vez justo, y esta vez, procedente del lado diestro. Ronaldo volvió a marcar y luego marcó el 4-0 con un buen cabezazo. Keylor asistió al partido desde la piscina infinity de su terraza. Las piezas que la casualidad obligaron a cambiar, se integraron sutilmente en el mecano colectivo. Quizá todo vaya excepcionalmente bien, y probablemente, hay una tormenta aguardando el acorazado de Benítez al doblar el cabo de Buena Esperanza. Pero ahora mismo el Madrid es un blindado israelí cruzando la franja de Gaza: primero San Mamés y luego el Calderón, en semana y pico, en lo que será preciosa recreación moderna de la Guerra de los Seis Días.

No se acostumbra uno a esa sensación pétrea con la que termina los partidos este Madrid, semejante a una roca. Se atisba una idea: sólo un martillo hidráulico podrá perforarla, y sólo hay un martillo hidráulico al que todos ponen nombre en voz baja cuando antes de dormir, por las noches, miran por la ventana a ver si el alféizar está limpio de pulgas.

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