Crónica

Cemento

Español de Barcelona 0 – Real Madrid 6

Concurrió el Madrid sobre la pradera de Cornellá,  en el área metropolitana de la ciudad en armas, el día después de la Diada. El Español de Barcelona ocupa los márgenes de la narrativa oficial catalana aunque en los últimos años el marasmo catalanista le haya borrado la eñe del nombre; es un club adversativo cosido y remendado a la contra del aparato vertebral de una nación creada ex profeso. Cuando recibe al Madrid, única alta magistratura del Estado a la que aplaude la gente cuando visita Cataluña, el partido es visto por el establishment con recelo y suspicacia. Un Español-Madrid siempre es un reto a los próceres de la patria, un desafío en movimiento. En las gradas no hubo disidencia o al menos no se notó; el homenaje a Tamudo sofocó la política y sólo pudo advertirse un señor tocado con una montera ocupando su asiento a la manera de un escaño en el fondo tras la portería en la que el Español encajó los cuatro primeros goles.

Hacía sol y el Madrid jugaba de gris con una camiseta que se pega al torso de los jugadores como el velo rasgado de las esculturas antiguas. Kroos descansó y su lugar adelantado en el nuevo esqueleto del Madrid lo ocupó Casemiro, el mediocentro amazónico. También salió del once Varane, amén de Danilo y James, los caídos por las patrias. Pepe y Ramos se conjuntaron bien, aunque al sevillano le cuesta recuperar los antiguos reflejos de cuando formaba con Pepe el tándem de centrales más elástico del fútbol profesional. Nada más comenzar se descoyuntó el Madrid por la mediana que va desde Ramos a Casemiro. Marcelo subió mucho acompañando la transición; Casemiro es casi tan lento al girar como Kroos, pero mucho menos habilidoso, y de repente Caicedo trepó con la pelota robada en tres cuartos de campo propio hasta el mismo palo izquierdo de la portería de Keylor. La zancada del mandingo fue trepanadora, y Ramos sólo pudo arrojarle su propia sombra antes de que chutara cayéndose hacia el costado derecho. Navas despejó con la yema de los dedos: había dado los dos pasos que un portero necesita para comerle dos metros decisivos al delantero, y el balón fue a córner.

Ahí terminó el partido. El Madrid halló la serenidad y al minuto cinco ya ganaba 0-1.

Modric, desde la base, estuvo todo el tiempo metido entre los centrales. Pasa que los centrales del Madrid juegan arribísima, en la bombilla central del campo, y entonces los rivales sin empaque como este Español agresivo y voluntarioso, pero sin tanques, padecen lo que se conoce como aplastamiento en línea. Sus defensas, mediocampistas y delanteros se apelotonan ordenadamente en una franja muy pequeña del campo, y Modric teledirige el partido desde su habitación como si tuviera un joystick. Cuando se da la circunstancia de que el equipo contrario pretende triangular y rasear siempre la pelota, y adelantar la zaga buscando permanentemente el fuera de juego de Benzema y Ronaldo, entonces el fútbol se simplifica demasiado para un talento geoestratégico como el del diminuto genio croata.

A Stalin le dijeron que tuviera cuidado con la influencia del Vaticano en la política exterior de Europa, y él preguntó: ¿cuántas divisiones tiene el Papa? Lo mismo le pasó a Modric. Vio a Ronaldo encarando un túnel de aire sin nadie a su alrededor capaz de sujetarle y le mandó una parábola comparable a la del campesino vago y la del campesino hacendoso. Modric se la dio al hacendoso y Ronaldo hizo crecer los goles. Controló, dejó que botara lo justo, se perfiló canónicamente y golpeó sin tosquedad hacia el palo largo de Pau, el portero del Español.

El 0-2 vino de penalty. Casemiro entendió que con Modric por detrás él sólo tiene que correr como si el terreno de juego dispuesto para él fuese una cruz: en horizontal barriendo y de adelante hacia detrás, anticipándose y cortando. Al Español ya se le había cortado la digestión y Caicedo dejó de ser un incordio, por eso Marcelo pudo acampar donde le gusta y participar del tejido de la jugada: Benzema busca el balón de espaldas, la devuelve a Marcelo que al primer toque se entiende con Isco y éste se la regresa para que la bola termine encontrando el desmarque de ruptura de Bale por el centro de la defensa.

Un cuerpo blanquiazul se interpuso y el referí pitó castigo. Ronaldo marcó y luego marcó otra vez en una jugada parecida, aunque esta vez fue Bale el que cayó por el ala izquierda y puso la pelota justo para que el pie del portugués saltase con el resorte que mueve los pies de los delanteros centros de los que nos hablaban nuestros abuelos.

Parece tarea de nigromantes meterle un gol a este Madrid, sin duda afiliado a Securitas Direct desde que la institución se deshizo del apéndice disfuncional de Casillas. Esa sensación de invulnerabilidad es la que casi siempre termina precediendo a la consagración de los equipos campeones.

Bale, en la mediapunta, parece diseñado a medida para el ataque en velocidad. Entonces Benzema y Ronaldo encuentran su lugar de manera natural. No hay que forzar nada, como cuando el Madrid atacaba desde la quietud y a Bale se le trababan los balones entre las espuelas. El galés está hecho para rasgar el velo del templo siempre corriendo, siempre moviéndose y siempre en la inercia devastadora de la jugada. Cristiano aplicóse a pernoctar por el lugar que la Historia le tiene reservado en la punta de lanza y Benzema, con Isco, se dedicó a desentrañar los misterios del juego entre líneas. Todo había acabado con el 0-4, fluctuación bursátil iniciada en la frontal del área propia y conducida con el criterio adecuado por Bale. La segunda parte deparó dos goles más de Ronaldo, y una parada brillante de Navas, que es un hombre con una misión, uno de esos personajes de Heródoto que han tenido un sueño premonitorio y se saben herederos de un determinismo vital, único motor de sus arcos argumentales.

Salva Sevilla se encontró con el rebote milagroso que había expelido Keylor sobre la línea de gol, y aunque sólo tenía que empujarla con la espinilla, la mandó fuera. Me recordó al fallo de Shevchenko en la prórroga de la final de Estambul, y aquel día Dudek también parecía rociado en agua bendita, como Keylor. Los hados son propicios a la cementera de Benítez.

Keylor es el refugiado al que iban a desalojar del edén madridista y en el último momento se quedó colgado de la valla, con todos los padres de familia del madridismo aplaudiéndolo con condescendencia. A mi padre le encanta Keylor. Es probable que su epopeya culmine en San Siro y termine de viejo vendiéndole los derechos a la HBO.

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