Epistolario

Sobre la absolución de los pecados

Querida Flavia,

siempre me ha fascinado el carácter lavatorio del catolicismo. Pongamos, por ejemplo, el rito de la confesión. Un individuo, en este caso, el creyente, acude a otro, que es así llamado un ministro de Dios. El primero cumple los trámites litúrgicos de rigor, y expone contritamente sus faltas, llamadas aquí como pecados. El segundo, investido sacramentalmente con el privilegio -exclusivo- de interpretar la palabra divina y de administrar las prerrogativas de la fe, atiende, juzga y exculpa. Siempre se produce, por graves o veniales que sean los pecados del creyente, la absolución o exculpación. Esto es maravilloso: el sacerdote perdona, Dios mediante, y el creyente se marcha librado del pesado fardo psicológico que algunos, los no creyentes, convenimos en llamar “remordimientos”. El único mandato que se les impone a los que yerran es rezar tantos padrenuestros o avemarías al día, y la promesa, vaga y no vinculante, de enmendarse.

Visto desde este punto de vista, digamos mi pequeña Flavia, materialista, la confesión católica es un estupendo mecanismo de ablución espiritual. Entras, te lavas, sales muy aseado y oliendo a Nenuco, y todo lo que un periodista insistiría en llamar factual, o el poder de lo real, queda al margen de la naturaleza de las cosas. El creyente termina de este modo eximido de toda culpa, y el comportamiento o actitud negativa que motivó en un primer lugar la acción de confesarse, adquiere una relevancia menor. Puramente cosificada. La confesión es, de este modo, el horizonte onírico que se presenta ante el feligrés, una Arcadia de eterna redención: un artefacto moral que desbastará en todo momento sus malos actos, y en muchos casos, será el cedazo que le permitirá despojarse del grano malo como si nunca hubiese estado dentro de él, o no le hubiese pertenecido.

¿No es fascinante? Admitirás, Flavia, que la confesión es definitivamente una gran ventana abierta por la que entra libre y a raudales el viento purificador de la tranquilidad de la conciencia. ¡Qué suerte tienen los católicos!

El rito confesional no es más que la certeza de que ninguna maldad será, en efecto, castigada, puesto que el peaje punitivo impuesto por el ministro de Dios siempre serán unas inicuas oraciones. La responsabilidad individual quedará disuelta de forma perenne en ambigüedades inconcretas, en vaguedades como el amor de Dios, el amor al prójimo…el perdón de los pecados es la meta global del cristianismo, y actúa como un potente narcótico moral ya que nunca, nada, ni el peor de todos los actos (llámese asesinato, traición o robo) será merecedor de un castigo verdaderamente redentor.

La transacción misma de la confesión-pecado-absolución, querida Flavia, y espero que algún día tengas oportunidad de verlo por ti misma porque es en verdad un fenómeno interesante, tiene lugar en un sitio oscuro y apartado. En el confesionario casi nunca se ven las caras pecador y sacerdote. Todo es susurro y murmullo soterrado, no como en otras confesiones cristianas del campo del protestantismo, donde la culpa es públicamente confesada y el pecador se presenta ante sus semejantes arrostrando el escándalo y sus consecuencias: como una manera, también, de limpiarse ante los ojos de los hombres, sus semejantes. Y me dirás, Flavia, con razón pues es obligación que todos los niños seáis inquietos, ¿qué diferencia hay en confesarse ante los ojos de Dios, que hacerlo ante los ojos de los hombres? Pues toda, querida mía. Absolutamente toda. Pues esta última concepción del acto de confesarse liga la absolución de los pecados a la manera en que los demás perciban la sinceridad con que el pecador destripa y presenta sus demonios. Esto afecta directamente a la reputación, que no es más que un tour de force de nuestra vieja, castellana y católica idea de la honra.

Espero que algún día te empiece a sonar esto cuando leas a Reverte, pero ya te adelanto yo que la honra era la percepción social que de uno se tenía, y había de ser, naturalmente, intachable, puesto que se basaba en el idealizado abolengo familiar, en la pureza racial y en la virtud personal de su dueño, o en los clichés convenidos públicamente como válidos y tenidos por norma y regulación de las relaciones humanas. La reputación, en cambio, se construye sobre la noción algo más tangible del relato de los hechos de la vida de alguien; en lo que un cursi daría en llamar el currículum vital, del que sólo uno mismo es responsable y en el que nada tiene que decir el pasado de los abuelos o el estatus social heredado. En la construcción de esa reputación, te hablo, Flavia mía, de las sociedades no católicas, el control del relato es fundamental y en este particular, la asunción pública de la culpa a la manera en que se confiesan los líderes políticos o sindicales en los países anglosajones posibilita a la persona controlar el modo en que es percibido socialmente. ¿Ves lo que te decía? La confesión pública les confiere honestidad, y los inviste de autoridad moral pues les hace parecer mortales, sujetos a las varianzas emocionales de todo hijo de vecino; susceptibles de errar y equivocarse, pero también valientes por determinarse a contarlo en plaza pública y, esto no es baladí, humildes por afrontar esos deslices cotidianos, grandes o pequeños, a que nos lleva nuestra condición y naturaleza humana.

Es un inteligente modo de comunicarse políticamente, cara Flavia, porque el oyente, aunque esto ahora te suene a chino, es un elector en potencia. O un cliente. Puede verse y a menudo se ve identificado en esas grietas éticas que afean la techumbre social de sus líderes, al fin y al cabo, tan pecadores como él mismo. Al fin y al cabo, es un hermanamiento en el pecado, una democratización de la culpa y suele aumentar el crédito social de quien reconoce abiertamente sus debilidades: lo que a priori puede ser un arma cargada con mucha pólvora en contra del que se confiesa, en la mayoría de los casos se vuelve contra los adversarios que corrieron a cargar contra el pobre Barrabás.

En el catolicismo, no obstante, hay también maneras de declararse públicamente culpable de pecado. Sin embargo, ninguna implica una proclamación honesta e individual de la falta. Pongamos por caso las estaciones de penitencia, tan habituales en el lugar donde nací. Ocurren casi siempre en Semana Santa y son el modelo exculpatorio del catolicismo por antonomasia. El pecador sale a la calle envuelto en túnicas con capucha o capirote, y así resulta irreconocible. Se dice que la pena es íntima, pero contrariamente a otras formas del cristianismo, el pecador católico se confiesa a Dios por mediación de un sacerdote, en el caso de la confesión, o a través de rituales públicos establecidos por la tradición, cuyos resortes punitivos consisten en formalidades secularmente aceptadas como la flagelación pública, cargar pasos procesionales, cruces de madera, etc. Esto deriva en un espectáculo urbano que desvía el sentido primitivo del acto, en absoluto personal. El individuo no posee control alguno sobre el proceso de diálogo con la deidad. ¡Cómo quieren, así, que les tomemos en serio!

Debemos colegir de todo esto que en el catolicismo la pena o el pecado nunca es asumido como yerro personal; que en el fondo, no hay reflexión verdadera acerca del modo en que uno vive y se comporta con sus congéneres. En una estructura enmarañada, a la voluntad redentora del individuo se le superponen rituales, liturgias, rezos vacíos de contenido y la voluntad mediadora de instancias consideradas superiores al creyente. De esta manera, la fe hace de enorme puerta giratoria hacia la realidad quimérica y felicísima del más allá. No se le exige contricción profunda al individuo, quien, en el fondo, no es más que un pobre desdichado que no tiene culpa de nada puesto que es éste valle de lágrimas en el que le dicen que vive el que determina su comportamiento negativo para con los demás. ¡Pobrecito! Dios, como padre condescendiente y omnímodo, les perdona todo y además lo hace en vida, y a cada momento, por obra y gracia de sus ministros terrenales. Que, por supuesto, están generosamente repartidos por el mundo: pequeños diosecillos paternales y compasivos que administran a su devota grey una bula infinita, que es como el maná mosaico que no se acaba nunca. Repite estas oraciones, hijo, y ve, que estás limpio.

Al final, el pecado se transforma en travesura, y como todo el mundo sabe y tú pronto aprenderás, querida Flavia mía, travesuras se pueden cometer muchas. A nadie les parecen malas, en el fondo. Sólo hay que ir al confesionario y salir de allí como de un lavadero de coches los domingos por la mañana: reluciente, aclarado y abrillantado.

Perdón por la parrafada, espero que pueda cundirte. Disimula la vehemencia, es que me aburro mucho.

Con afecto.

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