Crónica

Marzo y los idus

Se pudo ver a Carlo Ancelotti y a Marcelino García Toral hablando muy amistosamente antes de empezar. Mientras en el césped los cíclopes del baloncesto, desnaturalizados cuando no están rodeados de parquet, ofrecían la Copa del Rey al Bernabéu, Ancelotti parecía dar la admonición a Marcelino como un obispo aleccionando al cura de pueblo. El entrenador del Villarreal lo parece, con ese rictus áspero que conserva siempre y ese perfil achaparrado, enjuto, en vivo contraste con la plenitud mediterránea del italiano. Todo el mundo puede ponerse un traje; pero hay quien lo lleva y quien es llevado por el traje. Ancelotti es de los primeros y Marcelino, de los segundos. Suele coincidir el segundo tipo de individuos con quienes eligen el negro como color predominante. El resultado es que al pequeño hombre del norte sólo le faltaba la pelliza. Como para seguir con el relato, su equipo llevó al Madrid al confesionario nada más comenzar, y de ahí apenas salió hasta el final. Zafándose del primero arrebato del Real en el Bernabéu, que es el episodio inicial con el que el Madrid riega de plomo el área contraria como por costumbre ancestral, el equipo amarillo asentó las estacas de su campamento muy firmes detrás de Kroos y Silva. El resultado fue que se llevó al Madrid del área de Asenjo y disipó su peligro por bandas. Isco y Bale, desvirtuados, hecho añicos su poder intimidatorio, su onda expansiva en el juego, apenas jugaron mejor que en ese primer impulso.

El Villarreal tiene muy buenos delanteros. Es un equipo muy avanzado en el empeño por llegar ya al fútbol que se viene. El que se avecina, y el que tu cuñado no imagina ni verá hasta que lo tenga delante. Gio Dos Santos y Gerard Moreno, junto con Vietto que entró después, son bajitos, culones y extraordinariamente técnicos; habilísimos en el regate individual, concienzudos batiendo la espalda de los mediocentros adversarios y muy listos cuando van al choque con defensas más corpulentos que ellos. Esta gente juega con un ojo en la nuca y otro en la sien: tienen un mapa del partido en la cabeza, y adivinan las incorporaciones de los carrileros con sólo intuir el crujir de la hierba, como los animales antiguos son capaces de predecir los terremotos. Pepe y Varane, sobre todo Varane, sufrieron indeciblemente: las piernas del francés, interminables, pierden su eficacia contra estos pequeños diablos cuyo centro de gravedad les permite rotar la cadera cuando van propulsados hacia delante, frenar, templar la jugada y volver a lanzarla. Así dominó el Villarreal durante diez minutos largos en los que el Madrid fue oliendo la chamusquina del partido, viéndole el cartón al asunto. Lo cierto es que el fútbol a las 9, tras el carrusel de la jornada, con la conciencia clara de lo que han hecho los demás, tiene el punto de epicidad justo para hacer de los 90 minutos algo especial: se juega como colgado del balcón de la Liga, tan pronto con la red de los puntos y la ventaja emocional, como sin ella. Especialmente difíciles son los encuentros en los que, como ayer, resulta complejo vivificar el espíritu del madridista: Villarreal en el Bernabéu suena a dormidera, a planta opiácea. Despertó el Real sobre el descanso, percutiendo con más insistencia por el pasillo central. Ronaldo y Benzema, congregados en la punta de la lanza de Ancelotti cuando el Madrid adopta la forma del 442, se alternaban en dar el paso atrás necesario para ir a buscar la jugada. Isco, en su versión más intrascedente, trataba en vano de forzar la conexión mágica en el lado izquierdo. Silva se solapaba con Benzema cuando el francés, huyendo de Bailly como de una phantoma en las trincheras del Marne, se esparcía por la derecha, y Bale lograba arrastrar a su marcador en ejercicios de irritante avance y repliegue sincronizados con Carvajal. La segunda parte comenzó alargando ese éxtasis en el que el Bernabéu entra al menos una o dos veces por partido: la grada empieza a bullir tras un córner sacado con cierto peligro o un chut lejano que el portero contrario despeja con aspavientos. Los resortes morales de esta tribuna son inexplicables.

En un buen centro diagonal desde la derecha, Bailly rodeó a Ronaldo dos veces, tumbándolo como regalo a los dioses ancestrales. Marcó el Madrid y se desató una tormenta de marzo sobre Asenjo. Ronaldo la tuvo de nuevo tras un resbalón del zaguero amarillo; luego le cedió un gol cantado a Bale y más tarde la pelota volvió a lamer las redes del Villarreal sin culminar. Entonces Marcelino, el cura de pueblo, quitó a Gio y metió a Vietto; también ingresó Trigueros. El Villarreal se transformó en un vendaval de marzo. En Portugal, marzo es el mes maldito. Es cuando vienen las grandes mareas, el oleaje tremebundo; cuando las gaviotas amanecen más en tierra, que adentro, y cuando mueren los marineros despeñados en sus barcos por las fauces incontrolables del océano. Tan pronto puede mayear marzo, con un sol de primavera, que anunciarse en un cielo negro como la muerte. Vietto dio reposo al caótico ataque del Villarreal reteniendo la bola un segundo más en el repliegue de Kroos, Silva e Isco. Así empató el equipo visitante: el menudo duque de la gambeta argentino caracoleó en la frontal; Kroos metió el pie pero nadie secundó el pressing, y la bola espantó muerta, de repente, frente a Casillas. Gerard golpeó muy fuerte y el chut fue un estacazo. Pudo ser peor: Ancelotti tomó una decisión errónea, dejando a Kroos sin su Sancho Panza brasileño, discreto ayer pero eficiente en la contención del contragolpe castellonés. Vietto campó entonces como un rey mientras Varane se comió dos despejes de Asenjo en largo que Pepe, por rectificarlos luego, casi deshace la línea de 4 en anticipaciones disparatadas. Así y todo, el Madrid tuvo el 2-1 muchas veces, apretando sin Isco ni Benzema: coronó Carletto su gestión dejando al equipo sin sus dos jugadores más desequilibrantes en el espacio corto, que era lo que ya ofrecía únicamente el Villarreal. Baldosa pequeña y navajeo. Jesé y Chicharito se estrellaron contra un muro, e Illarramendi evitó un estropicio. El Madrid terminó colgado del pescuezo de Asenjo, con un Marcelo histórico, aparando balón y luz, pura literatura; aunque el Bernabéu, el físico y el metafórico (ya saben, Twitter y todo eso) acabase jurando en arameo y pronosticando la venida del Apocalipsis. Otro marzo más en la vida de los santos madridistas.

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