Hemeroteca

5 de febrero de 1936

Hoy tengo que reseñar aquí un comentario editorial de ABC de Sevilla del día 5 de febrero de 1936. Está firmado por W. Fernández Flórez. Es un poco largo, me van a disculpar. Seguro que lo entienden. ¡Es tan, tan actual! Cuando se habla del deterioro de la condición política, del lamentable espectáculo que ofrecen candidatos y figuras públicas sin la más mínima talla moral e intelectual disputándose cargos tan graves como los de diputado en Cortes, senador, escaños parlamentarios regionales o carteras ministeriales, se dice: hoy no hay políticos como antes; hoy sólo hay trepas, lameculos, tragasables, abrazafarolas y chupatintas. Se alude a ese “antes” como a una suerte de Arcadia remota y feliz donde los gobernantes eran gente recia y bien constituida, digna de las prebendas públicas a las que aspiraban. Bueno, pues quiero que lean esto: 

¿Para qué tantos?

Se comenta frecuentemente el nombramiento de gobernadores, de alcaldes, de jueces municipales y de otros auxiliares de la administración pública, achacándole la intención de falsear el sufragio. Pero no se dice nada del otro mal mucho más grave para la esencia del Parlamento. Sólo la fuerza de un convencionalismo largamente practicado puede explicar que nadie proteste, ni aun parezca advertir la anomalía a que vamos a referirnos y que, prácticamente, invalida y destruye el carácter de la institución.

En teoría, el pueblo, en uso de su libérrima voluntad, después de examinar las condiciones que Fulano y Mengano reúnen para defender sus intereses, conocer sus necesidades y legislar en su remedio, las elige de entre el común como candidatos, lleva sus nombres a las urnas y les atribuye derecho para representarlo en las Cortes.

En realidad no es así. El pueblo no elige a nadie, el pueblo nunca sabe a quién va a elegir. Muchos periódicos se quejaban hace pocos días aún, de que no se conocían las candidaturas, y algunos citaban amargamente nombres de ciudadanos meritorios que no serán incluidos en ninguna combinación. Otro diario, La Nación, estudiando las listas de los candidatos, vaticinaba que el próximo sería “un Parlamento de imbéciles”. Entonces, ¿es que hay algún país en el mundo que no distinga la imbecilidad o que, distinguiéndola, seleccione a los que sufren esa desgracia para que formen la mayoría en un organismo que le ha de gobernar? No. Lo que ocurre es que los Parlamentos -según la forma al uso- no suelen representar al pueblo, sino a una oligarquía. Unos cuantos señores -a veces uno sólo- pactan, examinan nombres de amigos y los imponen. “Votad a éstos” -ordenan. Y no hay más solución que votarlos. Si los izquierdistas proponen a un idiota, la masa izquierdista depositará aquel nombre en las urnas, porque otra acción equivaldría a dar el triunfo a las derechas. Y si las derechas proclaman a un necio, los derechistas entregarán su papelito con los apellidos del necio al presidente de la Mesa, porque si se inhiben o si votan a otro que no sea aquél, se exponen a ayudar al éxito de los izquierdistas.

Pero los jefes casi nunca buscan talentos, sino amigos; buscan esos seres de escasa inteligencia, gran capacidad adulatoria y poco aptos para administrar por sí mismos las ideas, a los que se les llama “incondicionales”. De tal suerte, en las Cortes, cada partido viene a ser, con frecuencia, una unidad seguida de ceros, y la oligarquía subsiste. En rigor, un Parlamento son, nada más, diez o doce personas. Yo no comprendo para qué se vota a tantos sujetos. Bastaría llevar a las urnas en toda España esos diez o doce nombres y colocarles un exponente que significase el resultado obtenido y que les diese fuerza proporcionada en sus deliberaciones. La Patria ahorraría dinero, tabarras oratorias y azucarillos. Y el resultado sería igual.

Me parece que huelga cualquier tipo de comentario. Hace 79 años, el señor Fernández Flórez incidía en uno de los grandes agujeros de gusano de los sistemas democráticos modernos; atajo oscuro, callejón siniestro por el que se nos ha colado el fenómeno monstruoso del desgaste institucional y la desafección masiva de un ciudadano por lo común irresponsable, altanero, pueril e indiferente que ahora pide cuentas de su propia desidia en tiempos de vacas gordas a través de formas tan poco sutiles de retroceso democrático como Podemos, nacionalismos catalanes varios, Bildu, Sortu, etc.

Vamos, que aquí se nos está describiendo con 8 décadas de adelanto el advenimiento de gente como Susana Díaz o Moreno Bonilla, por citar a los que me caen más a mano.

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