Historia

Los equipos que nacieron de dos madres (I)

El AEK de Atenas y el PAOK de Salónica comparten con algunos otros clubes de fútbol griegos  (Panionios y Apollon Smyrna, y algunos más) una de las más asombrosas historias del fútbol en el Mediterráneo. Una historia extraordinaria de crudeza y fascinación, opacada en parte por el mayor éxito internacional de Olympiakos y Panathinaikos. Los dos vecinos del AEK, PAO y Olympiakos, cuentan con más aficionados en toda la Hélade; con más títulos en sus vitrinas y más participaciones en competiciones europeas; atraen sobre sí la atención del gran público la mayor parte de las veces, aunque el prolongado dominio de Olympiakos en la SuperLiga griega y el reciente protagonismo adquirido por el PAOK hayan postergado un tanto al Panathinaikos. No obstante, la historia de AEK y PAOK en particular está en grande modo conectada con los avatares del imberbe Estado griego a lo largo de las primeras décadas del siglo XX.

Desde los albores del deporte moderno, en torno a la mitad del siglo XIX y en adelante, las innúmeras comunidades griegas que vivían en las urbes más importantes de Anatolia bajo dominio otomano fundaron muchas asociaciones deportivas; sociedades estambulitas como la Enosis Tataoulon; la Megas Alexandros; el Hermes, del legendario  distrito del Gálata, donde poco después nacería el Galatasaray; el Olympias; el Elpis FC o el Kati Kioi; estos clubes eran un instrumento de cohesión para todos aquellos herederos de la tradición helenizante que había perdurado desde 1453 en las urbes de las regiones históricas del Helesponto, Jonia, Lidia, Caria, Licia, Bitinia, Pérgamo, etc. Durante más de cuatro siglos, miles de griegos otomanos habían cultivado la raíz helena de Turquía, continuando con una presencia griega en suelo anatolio anclada en el tiempo desde más allá del siglo IX a.C. Los clubes polideportivos que nacían al calor de la difusión progresiva del coetáneo -y tan británico- concepto del sport germinaban bajo un marcadísimo carácter instrumental, en tanto en cuanto funcionaban como aglutinadores sociales de cada cuartel, distrito y barriada habitada mayoritariamente por griegos en la capital del imperio. Su imbricación con el territorio era, más que física, espiritual, puesto que en ellos depositaban, cada vez con más normalidad, gran parte del orgullo nacional helénico que muchos de los miembros de estas comunidades abrigaban: recuerden el contexto, plena expansión de los nacionalismos en Europa, la I Guerra Mundial a un paso, la primavera de los pueblos a la vuelta de la esquina, el yugo otomano más blando que nunca y el pipiolo Estado griego llamándolos desde la ventana del Ática, tan cerca que casi podían oírse las voces de sus hermanos continentales.

Se calcula que, entre la década de 1890 y 1923, más de 40 sociedades deportivas fueron fundadas por las comunidades griegas solamente en Estambul. A pesar de que el auge de la actividad deportiva no fue un fenómeno exclusivo de los griegos de Turquía, en el panorama general del imperio otomano fueron estos, junto con la minoría judía y también la armenia, los más entregados a las nuevas disciplinas modernas que promovían el ejercicio al aire libre y el culto al cuerpo, a la mecánica y al entretenimiento colectivo; influyó, probablemente, la raíz clásica del deporte, tan relacionado con el pasado mítico de Grecia y con el magma nacionalista en que las sociedades europeas de la época estaban embebidas.

Con el cambio de siglo, la decadencia paulatina del poder otomano en Europa atrajo a las grandes potencias occidentales, jóvenes y viejas: Italia, Francia, Rusia y Gran Bretaña mordieron, bélica o diplomáticamente, trozos cada vez más grandes del inmenso pastel del Sultán. Estambul, ciudad enclavada en mitad de una de las rutas comerciales más importantes de la Historia de la Humanidad, recibía a diario un trasiego de extranjeros, en su mayoría británicos. Estos trajeron el deporte de moda: aquel foot-ball tan propio de estibadores, marineros y gente zafia, empeñados en seguir practicando aquel sucio juego de bellacos que hacía sudar a los hombres embutiéndolos en ridículos calzones por la rodilla. La Estambul del momento bullía en medio de un microclima político y cultural muy peculiar: desde la década de los 70 del siglo XIX, el imperio vivía acosado por los buitres rusos, británicos, franceses y, también, griegos; en medio de un ambiente político interno muy inestable, marcado por la paranoia autoritaria de Abdul Hamid II, la omnipresencia de la censura mediática, guerras locales contra Rusia y las rebeliones de territorios cercanos como Armenia; aproximación a los imperios centrales de Europa, solapamiento del poder parlamentario y un fatalismo general fundado en un retroceso global de las antaño gloriosas posiciones turcas en Europa del Este, los Balcanes, norte de África y el Cáucaso.

Así mismo, buques mercantes y de los otros, de la vigilante Royal Navy, fondeaban de forma cotidiana en los Dardanelos: de sus tripulaciones surgieron algunos de los primeros clubes amateurs mixtos (con jugadores turcos y extranjeros) que participaron en la Instanbul Sunday League, la primera competición balompédica del Imperio Otomano. Es fácil deducir el origen del nombre, puesto que sólo jugaban en el único día que les quedaba libre en la semana. Hasta 1907 tomaron parte cuatro equipos, uno de ellos de la comunidad griega: el Elpis. Un año estuvo parada, a pesar de todo, esta liga: durante 1908 debido a un ataque de probidad puritana del sultán, que prohibió la práctica deportiva en espacios públicos y la fundación de nuevos equipos. La Revolución de los Jóvenes Turcos a finales de ese mismo año trajo consigo la Segunda Era Constitucional del “enfermo de Europa”, como se conocía al imperio turco; regresó también el fútbol y tomó parte de la liga otro club heleno: el Strugglers. En 1915 esta liga sería sustituida por otra, la Instanbul Friday League, ampliándose el número de contrincantes y conservándose el rastro helenizante en los concursantes gracias al Rumblers FC, equipo mixto greco-británico; el resto de  nombres eran de neta otomanidad, entre los que ya aparecían Galatasaray y Fenerbahçe.

Tras el paréntesis obligado por la Gran Guerra, en 1918 los británicos, en virtud de lo acordado por los vencedores del conflicto, ocuparon Anatolia. Durante ese tiempo, los soldados organizaron multitud de partidos con la población local, como una manera singular de confraternizar con los habitantes de la Turquía derrotada. Esta política de relaciones públicas de los británicos en culminó con el gran partido, en 1923, entre el Fenerbahçe y el Coldstream Guards, un equipo formado por militares británicos, algunos de los cuales eran futbolistas profesionales en sus ocupaciones civiles. Fue llamada la Copa del General Harrington, por el general británico Charles Harrington, comandante de la armada británica en el Mar Negro y promotor de esta actividad. El Fenerbahçe venció en el estadio de la plaza Taksim por 2-1 al ejército invasor y este partido es considerado como un hito en la Historia del balompié nacional turco, pero antes de esto, entre el final de la I Guerra Mundial y 1923, ocurrieron muchas cosas. Sucesos fundamentales para el sentido final de este artículo.

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