Crónica

Hic sunt dracones

En las leyendas cartográficas antiguas se usaba un latinajo muy común para nombrar los territorios de los que apenas se conocía nada: hic sunt dracones. Antes de la era de las grandes navegaciones ibéricas, había dragones por todas partes: mares tenebrosos, costas llenas de bruma, parajes ignotos y cosas así con las que se entretenían los marineros asustando a las buenas gentes en las tabernas. La geografía del Real Madrid tiene un hic sunt dracones bíblico: hasta el niño griego de 5 años que ve los partidos en streaming por el ordenador de su hermano en la habitación del piso familiar de Salónica es consciente de que al Madrid se le mata clavándole la estaca de los córners en todo el pecho. Fue lo que hizo el Ludogorets nada más empezar. Agitó la ristra de ajos delante de Casillas y el portero-murciélago hurtó el rostro al crucifijo que venía blandiendo Marquinhos como un loco, en el segundo palo. Alguien había peinado la pelota en el primero. Algún flequillo desconocido, puesto a propósito por la realización para que viésemos en slow-motion al drácula madridista evaporándose con el solazo del balón parado. Alguien en el bar rezongó que la culpa era de Arbeloa.

El Madrid es como un galeón que sabe la zona oscura del mapa que ha de evitar a todo trance. Saltó al Levski de Sofía a lomos de un dragón negrísimo. La camiseta tenía cierta reminiscencia heroica, me retrotrajo al negro de Old Trafford y la final de París. Se pueden hacer muchos chascarrillos con el diseño pero la factura elegante, vista desde el televisor, es innegable: el negro estiliza y eso le viene muy bien a gente como Marcelo. El cuello, a lo Mao, con el blanco corrido hacia las mangas y los puños, cubre de nieve la exigente cumbre de los esencialistas: la verdad es que con eso, y el escudo en blanco puro, se ha llegado a una entente cordiale entre todas las familias madridistas que, exceptuando a desviados e integristas que alimentan con ella el onagro pajillero del antiflorentinismo, aceptan el dragón como animal mitológico de compañía.

El Levski de Sofía es un estadio feísimo, heredero de aquella estética soviética tan lamentable que hacía de cada recinto deportivo un coliseo olímpico. Las gradas, muy bajas, no tenían cobertura, y el semicírculo se proyectaba desde los planos de la televisión hacia el infinito en una secuencia muy desagradable. Daba una sensación muy cierta de desamparo, como todos los campos esos de Ucrania, Bielorrusia, Bulgaria, Rumanía o la misma Rusia. El césped aparecía abrochado por una pista de atletismo que hacía de aislante ambiental, y por ahí salió ganando el Madrid, quien podría jugar desde el principio sin el aliento de la chavalería búlgara, casi toda procedente de Razgrad, de donde es el equipo. Es difícil imaginar a esos miles de devotos hinchas del Ludogorets recorrer 300 kilómetros desde el valle del Danubio hasta Sofía, por esas carreteras búlgaras que convierten el trayecto Chipiona-Las Cabezas en un paseo en bicicleta, sin acudir más de una y más de dos veces a la botella de vodka.

El Madrid aterrizó en Sofía como un Plan Marshall cargado de lustre, botas nuevas, camisetas que escupían fuego y Cristiano Ronaldo. También con Isco. Tiene el Madrid, en estas salidas tan remotas, una responsabilidad social parecida a la que arrostra en España cuando va a jugar a Getafe, Huelva, Alicante y sitios así. Es como un deber sagrado, como si sobre la corona del escudo cargase con el peso de la civilización. Cristiano Ronaldo jugó así todo el partido, como sosteniendo en una mano la espada y en la otra la Eneida: halló así dos penaltis el Madrid, uno sobre él (el segundo) que no fue, y otro (el primero) sobre Chicharito que sí fue, pero no entró. A Dios no le gustan las mentiras, parecía decir Stoyanov, el portero, sonriendo sardónicamente a Cristiano con esa cara sombreada por barba de tres días y una evidente tripa asomando bajo la camiseta amarilla.  Empató Ronaldo, esta vez sí, a la media hora de partido, y se serenó el Madrid un tanto a medida que el Ludogorets dejaba de morder a todo campo y replegábase muy bien tras la bombilla del mediocampo, invitando al Madrid a pasar tranquilamente por entre un bonito secarral lleno de escorpiones.

Destacó sobremanera, entonces, Isco. Ancelotti lo había puesto a la izquierda de Illarramendi. Enfrente tuvo a una sombra con la cara de Modric y sus mismos gestos. Incluso parecía que llevara el mismo número anodino con el que el genio quiere pasar desapercibido sin tener que cortarse una oreja. Chicharito gozó en punta de su primera oportunidad como titular y se movió mucho, veloz entre las líneas y cayendo algo a banda derecha mientras Bale trotaba como galgo cojo por entre la izquierda y el balcón del área búlgara. Chicharito no es Benzema a pesar de su buena ruptura en el desmarque que ocasionó el primer penalty: entre las alambradas verdes el Madrid se empotró sin encontrar el renglón recto y el Ludogorets salió tres veces de su cueva: las tres acabaron en córner y otro balón voló despejado sin seguridad y al medio por Casillas.

Los contragolpes locales eran ligerísimos y muy rápidos: desarmaron siempre al Madrid por el costado izquierdo. Marcelo retozó otra vez en la charca. El 1-0 vino por el pasillo de su casa: se quedó haciéndole fotos a su perro con Isco en el balcón y hasta dentro llegó un búlgaro que forzaría luego el córner tras, antes, deshacerse de la plancha de Ramos. Está calcando Ramos el inicio de la temporada pasada. Juega como apático, de vez en cuando le entran calores y sube hacia el centro del campo con la pelota controlada, o hace alguna charlotada. Ayer resolvió tarde y mal dos tackles en repliegue que no causaron daños por la escasez de talento búlgara y el aplomo de Arbeloa y Varane, perfectos en la sella de grietas. Arbeloa estuvo especialmente inspirado en la fontanería gruesa que caracterizó siempre su juego y le encumbró al fútbol de élite: destacó su sobriedad aún más contrapuesta al derroche de Marcelo, quien juega ya exclusivamente para hacer felices a Isco, James y Benzema.

El único que de los tres estuvo ayer hasta casi el final fue Alarcón y el Madrid respiró por él. Fue como una herida abierta en el pecho del Ludogorets, incapaz de aniquilar el hormiguero malagueño. De la chimenea de Isco salió todo lo bueno del Madrid hasta la entrada de Benzema. Condujo lo necesario, gambeteó por el nacimiento de la jugada y encontró siempre en Illarra un apoyo en corto. Se la daba al vasco como parándose un momento en el rellano de la escalera, a beber agua. Luego seguía. Así fue todo el partido. El Madrid no marcó antes el 1-2 porque Stoyanov se empeñó en salir en los telediarios de la Europa occidental. Bale la tuvo de cabeza, y luego a Ronaldo se la sacaron de debajo del travesaño. Chicharito erró un gol inverosímil -inverosímil por el fallo, que no por el gol, fruto de un contraataque canónico- y cuando el Madrid empezaba a ponerse tenso ante lo inexorable del cronómetro, Carlo acudió a Benzema. Siempre el francés es como echarle agua fría al partido. Fue pisar la alfombra soviética de Sofía y regalarle un gol a Cristiano. A Isco Alarcón ya empezaban a secársele las meninges y Modric seguía buscando su melena por entre las sombras reflejadas en el césped por la mortuoria iluminación del Vasili Levski, y Ancelotti refrescó la creación con James y Kroos. Esto terminó por acribillar al exhausto equipo del Ludogorets, bravío en la entrega y tenaz hasta el final, rodeado de un halo heroico propio de estos extraños equipo de Europa del Este que de repente saltan al firmamento llevando a cabo proezas cuyo destino trágico y final será el de acabar en el buscador de Google embutidas en una entrada pomposa de Diarios de Fútbol.

Benzema marcó el 1-2 a centro de Marcelo. Protestaron los locales una posible falta de Karino al rematar, de primeras y con taurino garbo, el balón. Lo pareció. Igual que pareció exagerado pitar el segundo penalty. Me dio la sensación, acabando el partido, que los árbitros tienden a ser como las masas: se ponen siempre del lado del que gana, aun sin darse cuenta de todo esto.

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