Dietario

La paga

Semana número 3

El verano ya se ha hecho realidad con todo su fulgor, con toda su consecuencia. Julio solía ser, cuando se era crío, el mes más bonito. Uno estrenaba la veraneidad, la cogía con todas sus ganas de colegial liberto. Incluso luego, en el bachillerato y la universidad, julio era julio: The Land of The Free Man. Ya luego llegaba la segunda quincena, y a partir del veintitantos de julio el verano se hacía insoportable. Llegaba uno a agosto con la lengua fuera, exigiendo ocupaciones y frío. Por lo menos la rebeca. En la edad adulta, el verano es un coñazo, y más cuando no se tiene dinero. Porque con dinero, el verano, Sevilla, Madrid y casi cualquier cosa, son perfectas. Chipiona, señero bastión del veraneo más cuñado y subbético, se infesta de chanclas y gente sin camiseta. Los españoles queremos que nos tomen en serio y contar internacionalmente, pero vamos al chiringuito despechugados y bebemos tinto con casera con los pies llenos de arena mojada. En efecto, somos los únicos herederos de Roma que echan gaseosa al vino tinto y a la manzanilla -por no hablar del café con leche, perversión compartida por más naciones insensatas en el mundo civilizado- y para que la gente te respete primero has de respetarte tú mismo. En Chipiona la gente se respeta muy poco y menos en verano. En Puerto Banús te topas con lamborghinis y top-models en bikinis paseando junto al mar y aquí, bueno, puedes hacer botellón en la plaza del ayuntamiento junto a seis contenedores seis, de la ganadería del Efluvio Fétido de Humo Candente. Hasta arriba de mierda, naturalmente. El otro día me pasaron una foto por wasap en la que se veía a un vecino de Chipiona encaramado a un burro en cuyo belfo había sujeto un pequeño andamio portátil. El buen hombre estaba podando los setos de su casa y, al parecer, su hábil mente de españolito de infantería discurrió el ingenio que describo: subido al andamio, iba cortando aquí y allí, dejando su jardín tan espléndido que cualquier hubiera confundido al paisano con un jardinero de Versalles. Cuando terminaba un sector, arreaba al burro y éste se iba desplazando a lo largo de la acera. Al ver la fotografía se me vino a la mente uno de esos saltimbanquis de Greenpeace garrapiñado en la eslora de un mastodonte ballenero japonés. ¿Qué pensaría esta gente del artefacto botánico chipionero? Al lado del seto se veía un poste de la luz. Chipiona está llena de ellos. Un cigarrón podría atravesar desde Rota a Sanlúcar sin tocar el suelo, saltando de uno en uno. Es tal la densidad de población de estos armatostes tan sesenteros, que yo los uso como valor de medida. A tres postes de la luz, más o menos, viven dos cincuentones politoxicómanos con su madre. Hace poco descubrí que viven, ambos, de la paga de viudez de la materfamilias. No obstante, lo más peliagudo del asunto fue enterarme que cada comienzos de mes ruedan su propio Trainspotting y la fiesta la paga Mariano. Mariano Rajoy, claro. Ambos hermanos, a los que incluiré en mi guión de The Wire Cádiz Edition que escribiré pronto, cobran un subsidio mensual. Prometo un arduo reportaje de investigación para averiguar por qué el Estado paga a estos tíos, en concepto de qué, pues cuentan las fuentes orales más antiguas de Chipiona que lo más cerca que han estado nunca de trabajar fue cuando una vez los recogió su dealer en una furgoneta al lado de la oficina del INEM.

Estándar

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s