Crónica

Lluvia ácida

Recuerdo la vuelta a casa tras el 4-1 en Dortmund, el abril pasado. Fue la hora en metro más larga de mi vida. Para mí, que soy de pueblo, el cálculo de las distancias en Madrid era una cosa muy seria, como un ritual. Me hice hijo del minutero: a y cuarto salgo, a en punto llego. Tengo diez minutos para recorrer los pasillos de búnker de Diego de León y hacer el transbordo. Etcétera.  Tuve que habituarme a una liturgia de reloj para programar mi vida sin que los tiempos resultasen excesivos. Para que no me engullese el tiempo, vamos. Aquella noche la cosa se eternizó con una crueldad intolerable. A partir de cierta hora, los trenes van espaciando sus llegadas. Tuve que esperar sentado quince minutos en el andén, sin batería en el móvil y con toda la cara de otro: con la de Lewandowsky, concretamente. Imagínense, el panorama. Después de eso sólo me hicieron creer en el disparate de la remontada unos tuits de Mercutio, un artículo de Manuel Jabois y una canción de AC/DC. Por eso ayer regresé al bar -era otro bar, era otra ciudad, pero seguía siendo el mismo cenáculo comunitario donde el fútbol se convierte en drogaína social- con cierta sensación de angustia. Otra vez, el ogro amarillo. Klopp y sus 101 putos dálmatas. Incluso la visión de un negro peinado a lo afro con unas estrellas grabadas en el pelo de un parietal y las siglas del BVB en el otro me infundieron temor: estos modernos vienen a meternos Europa por vía rectal otra vez. Pero nada de eso.

El Madrid necesitaba una catarsis para salir del coma inducido. Un partido así: esquizofrénico, caótico, en el que dominara por rachas y caminara sobre el alambre con el funambulismo de las tardes históricas. Electricidad y riesgos. Tumba abierta, que escribirían los clásicos. Cuando Skyler le grita a Walter White que no puede vivir sabiendo que un día cualquiera alguien va a llamar a la puerta con una pistola en la mano, y él le dice que es él el tipo que golpea la puerta. I am the danger. Ese es el Madrid. Ese fue el Madrid anoche. Carletto tuvo que remendar un equipo, apuntalarlo como las obras a medio hacer por culpa de las bajas. Khedira, Arbeloa, Jesé y ahora Marcelo y Di María. Lo de Marcelo es de despido procedente: la rotura de isquiotibiales de cada mes de abril. El tipo lleva dentro de sí un número 1 indiscutible, pero se empeña con mucho esmero y dedicación en tirar su carrera deportiva, siempre ajeno a conceptos tan básicos en la élite profesional como la disciplina, el sacrificio, el trabajo diario, la competitividad. A Di María se le vino Rosario atrás, donde cargan los buenos, y dejó a Isco Alarcón uno de esos resquicios por donde se entra en la Historia.

Nada más empezar, el Madrid subió la presión hasta el mismo Weidenfeller, y al minuto 3 Benzema ya había hecho magia en una esquina. Dejó botar el balón y el lateral izquierdo se tragó el cebo. Entero. Hasta la Cabila argelina. Benzema se deslizó como un rayo entre Durm y el mediocentro que vino a probar el asiento de atrás, y Carvajal ya estaba esperándolo en el balcón del área. Al primer toque continuó la jugada sobre la incorporación de Bale, que acuchilló al Borussia desde el perfil de un delantero centro. Desde ahí hasta el minuto 20 el Madrid jugó a lo antiguo, a lo que veíamos en la tele cuando éramos pequeños: los de blanco rebañando en el círculo central y lanzando al rival contra sus cuerdas. Isco, Modric, Alonso batiendo desde atrás y Benzema permutando constantemente con Cristiano y Bale, perforaban la pared alemana con esa asimetría constante en la que fluye el juego madridista cuando Modric se armoniza con el Universo y todo a su alrededor sintoniza. Al 26 Isco maerializó esa sensación nociva para el adversario, de angustia perenne, zigzagueando en la frontal del área borussia y picando un balón diabólico a la cepa del poste derecho del BVB. El toque fue sublime, enguantando la pelota con el interior del pie y haciéndolo botar fulminante en el instante preciso en que el portero alargaba la mano para atajarlo. El partido de Isco fue una reconciliación consigo mismo. Este tipo de genios se mueven así, a impulsos cósmicos, y su virtuosismo depende de condiciones ambientales incontrolables.

El Madrid pudo irse al descanso 4 o 5-0 si Weidenfeller no se hubiera lucido. A este portero le pones un uniforme de oficial de la Gestapo y parece sacado de un fotograma de El Pianista. En la segunda parte el Madrid acusó el desgaste y ciertas alteraciones atmosféricas en torno a Sergio Ramos. Peperamos es como lo que dice mi abuela de los gitanos: si no te la dan a la entrada, te la dan a la salida. Pepe, omnímodo como en sus mejores años, salvó unas cuantas situaciones de daño real en las que los borussios se plantaron frente a Casillas con superioridad y la Luger 45 amartillada. La paradoja es que casi todo el peligro visitante vino inmediatamente después de jugadas de ataque del Madrid, cosa inaudita que se viene repitiendo con cierta asiduidad desde el Clásico. Klopp echó a sus chavales hacia arriba con ímpetu, empezó a llover y el partido se tornó difuso, como psicotrópico. El Madrid se replegó y siguió zumbando sobre el Borussia a ráfagas: en una, Modric robó en tres cuartos y pilló a los de amarillo en pleno retroceso. Ronaldo agradeció la dádiva con un gol muy bonito que fue lo último que hizo antes de irse lesionado. Luego Benzema y Bale tuvieron la puntilla a la eliminatoria pero la comuna hipster de Dortmund se resistió y envidó al final presionando muy alto a un Madrid que acabó con Morata, Casemiro e Illarramendi como única rotación posible en una plantilla muy mermada por las lesiones. El Bernabéu despidió a sus héroes con media entrada: entre los que se fueron faltando 5 minutos -con el subcampeón de Europa asfixiando a los suyos en la ida de los cuartos de final de la Copa de Europa, jé- y los que no vinieron por los desorbitados precios de las entradas, la bajada del telón en Chamartín fue un cliffhanger disperso, de promesas inciertas y primaveras sin romper.

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