Crónica

Y Ddraig Goch

Nueve horas antes de que el Madrid anunciase el fichaje del dragón galés, que se ha alargado más que la obra de El Escorial, se jugó un partido de Liga en Chamartín. Mientras que Florentino cruzaba los arcos de seguridad del búnker londinense de Levy vestido como Benicio Del Toro en Snatch junto a Butragueño y Pardeza -cinco o seis mil euros al mes cada uno por sostenerle al Faraón el maletín con los billetes- Luka Modric se hacía cargo de lo del Bernabéu. Entre él, Alarcón, Marcelo y Di María hicieron trizas caminando a un Athletic de Bilbao manso y astifino que sólo inquietó al final, con 3-0, Marcelo tomándose un vermú en La Latina y Arbeloa de excursión por el área visitante. Del 1 al 90 el partido duró lo que quiso Modric, quien terminó con las medias bajas y las grebas sueltas, como Aquiles después de acuchillar a Héctor. Luka recuperó, batió líneas en corto y en largo, llegó hasta línea de fondo e incluso tuvo un rapto de lucidez echándole unas migajas de pan a las palomas del graderío con esa última carrera demagógica con la que se ganó la ovación que el Bernabéu no le había concedido hasta entonces, a pesar de su colosal despliegue técnico y táctico. Ya se sabe que este estadio ama el populismo más que un suburbio marginal de Caracas: Benzema, a pesar de su correcto partido, se marchó despedido por una sonora pitada por tardar dos segundos en arrancar, allá por la primera parte, hacia una pelota larga que le mandaban al espacio, en un contragolpe. Su espléndida asistencia a Alarcón para el primer gol quedó, por tanto, ahogada en una nube tóxica. Ancelotti sigue juntando piezas. No es fácil cambiarle las marchas a un Ferrari para querer convertirlo en Rolls&Royce. El Madrid abraza el centrocampismo mientras tanto arriba como abajo siguen faltando generales. La decrepitud de Pepe clama por el regreso de Varane, y cuentan en Ecos -que ven los partidos como un cirujano debe contemplar el pecho abierto de un enfermo de corazón en la mesa de operaciones- que Ancelotti ya le ha diseñado un punto de fuga a la potencia calculada de Gareth Bale. El dragón rojo, símbolo de la herencia civilizadora de Roma en la esquina occidental de Britania, sobrevuela ya Madrid a la espera de posarse en una de las esquinas del Bernabéu. Donde tendrá que esperar dos semanas de calvario que a modo de bonus track la FIFA nos regala a partir de hoy para que nos solacemos odiando todos juntos, muy fuerte, el fútbol de selecciones.

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