Notas

Madrid

En Madrid convivieron Dalí, Lorca y Buñuel igual que cuatrocientos años antes lo habían hecho Cervantes, Quevedo y Góngora. En apenas dos de sus calles se concentraron los primeros espadas de la lengua franca de la época, coincidiendo en tiempo y lugar, tanto en sus desvelos como en sus miserias y, sobre todo, en su apoteosis creativa. Alrededor de la corte siempre ha pululado todo hijo de vecino buscando su migaja de gloria, efímera o postrera, tanto da. Cuando Unamuno, Baroja, Azorín y los Machado comenzaban a irse y empezaban a llegar los nuevos partícipes del fogonazo intelectual español de la primera década del siglo XX, Madrid se arremolinaba en torno al Instituto Libre de Enseñanza como una ciudadela medieval agarrándose a su baluarte de roca como atalaya orgullosa de sí misma. Sintiéndola como la última oportunidad de un país obsoleto para encauzar su esperanza, ofreció su Residencia para que los actores de ese futuro colosal que sólo despuntaba interactuaran entre sí construyendo un decorado prodigioso. España, por supuesto, desperdició el momento y abdicó del lugar, dejando que Francia fagocitara el cañón de luz y vida que desde las entrañas del león hispano se proyectaron hacia el universo, colmando lo sensorial, lo inefable, lo onírico de las artes. Plásticas, escénicas y gráficas. Por eso aún hay quien hoy piensa que Picasso era franchute, desconociendo que el señor de las señoras de Avignon fue director -brevísimo- del Prado en 1936. Y que, por supuesto, era más de Málaga que el Frente Bokerón. No es de extrañar esta confusión cuando la misma correspondencia entre el hombre del Guernika y Salvador Dalí está en francés: no existe mayor drama para la triste España que ese. Si dos de sus hijos más brillantes rehusaron su lengua materna para entenderse sólo se explica contextualizando sus vidas: el paroxismo sociocultural de los 30, el atraso de un pueblo olvidado y una guerra fraticida que exterminó todos los brotes que germinaron en el Siglo de Plata de la cultura española. Sin embargo, hubo un momento. Fugacísimo lapso de estado de gracia, natural, único, en que Madrid volvió a contemplar una acumulación de talento inconcebible en sus escasos kilómetros cuadrados. Madrid, vanguardia real, nunca tuvo el marketing ni las luces de neón de Barcelona, y quizá por ello todavía no haya sabido sacar partido de los tesoros que esconde grabados indelebles en la retina de sus paredes. Fue una instantánea, emborronada por el paso de los años y la turbulenta cabalgada de las pasiones. Como uno de esos daguerrotipos antiguos donde las formas, las figuras y las siluetas se intuyen levemente, fantasmagóricas huellas apenas esbozadas de un mundo que pudo ser. Madrid, en el centro de la corriente telúrica tan volátil como una caricia o la melancólica brevedad de un recuerdo. Vindicamos muy poco lo extraordinario de nuestro legado, y vivimos ignorando que a la fuerza creadora universal aportamos algo más que sangre, sudor y lágrimas.

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