Notas

Plegaria del viajero

En un tren, cada ciudad no es una conquista, sino una cesión sin mucha esperanza de ser recuperada. Pasan ante nuestros ojos quietas, en un movimiento estático que tiene algo de sucesión de fotogramas, y que acentúa lo efímero del saludo. Hola, adiós. Blancas, grises, grandes, chicas, feas, bonitas. Todas mutan según la luz, y la luz no cae desde el sol como un manto de oro sino que nos sale de dentro, brota como un manantial de agua impura desde el fondo de nuestras almas: según sea el ánimo de uno, viajero, así será de placentero el paisaje; así serán las ciudades, oscuras o níveas, de incandescente reflejo vespertino o de tempestuoso firmamento plomizo. Los trenes, como las estaciones, suelen ser lugares tristes: nadie los toma si no es urgido por alguna necesidad. Uno, en una estación, no está más que de paso. Aunque lleve tanto tiempo musitando una silenciosa plegaria en ellas y ya ni siquiera recuerde cuál es su destino. En los trenes pasa lo mismo. El mundo posa ahí fuera, como una cinecittá desplegada a todo lo ancho de nuestra mirada, pero el viajero jamás podrá determinar si detrás del cartón-piedra late una vida real o las turbulencias sólo agitan el corazón del que va dentro de la cápsula que atraviesa el mapa como una hormiga de acero. Casi nunca admiramos esos pueblitos desperdigados, que como tendones invisibles unen la civilización con las vías del tren, de caserío en caserío, y de polígono industrial en polígono de periferia. No los disfrutamos por que siempre nos perturba alguna calamidad, endógena o exógena. No son los trenes, somos nosotros. El tren tan sólo es una hilera de blanco mármol que nos lleva, como glóbulos rojos, por entre las arterias del mundo hacia la ciudad-corazón, sin saber muy bien por qué. Perdidos, solitarios, embutidos en nuestras feroces batallas interiores, pasamos la vida en un vagón del que desconocemos su utilidad. No vamos a saber si viajamos en el correcto hasta que salgamos. Entonces será ya muy tarde, y no tendremos más que seguir musitando entre dientes la melancolía de la plegaria del viajero.

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