Notas

La mujer del César

Mi abuelo me dijo una vez, cuando yo todavía era incapaz de aprehender bien el sentido último de las cosas, que en la vida sólo eran imprescindibles dos verbos: ser y estar. Más tarde, en la facultad, cuando aún seguía sin saber de qué iba todo esto pero iba desbrozando el sendero a inciertos hachazos, aprendí que a esos dos había que añadirle un tercero: parecer. No puedo evitar recordarlo mirando las fotos que publica El País en las que Núñez Feijoo, presidente de la comunidad autónoma gallega, posa sonriente con un reconocido contrabandista y narcotraficante, ahora mismo pasando una plácida e indefinida estancia en el Hotel Rejas. Más allá de las consideraciones personales que pueden hacerse al respecto de la amistad -antigua o reciente, extinta o no- de un político honrado con un delincuente reputado (Núñez Feijoo puede ser amigo de quien crea conveniente, sólo faltaría) hay otras de carácter estético que no escapan a un riguroso y catilinario análisis: la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo. Sobretodo lo último. Cuando centras todo tu esfuerzo en convertir tu vida en una carrera política sin techo aparente no puedes descuidar los detalles. Dicho de otra manera, si tienes un muy buen amigo al que le gusta salir por las noches a la ría a pescar mejillones cuadrados traídos desde Colombia por aguerridos argonautas de bandera panameña, has de evitar aparecer en público con él. O tomarte fotos que vete tú a saber en el móvil de qué malvado contribuyente puede terminar. La honradez no se le presupone a un cargo público: se le exige. Por contrato. Y en un mundo tan resbaladizo como el de la res publica, donde la intriga, el engaño, la traición y la serpiente venenosa escondida en la tarta de cumpleaños están tan presentes, es pecar de ingenuo pardillo dejar rastro de las barbacoas de los domingos en el barco del tito Marcial. En la era de la comunicación 2.0, Núñez Feijoo ha cometido el peor traspié posible: le va a resultar muy complicado demostrar su probidad para gestionar la hacienda común cuando cualquiera, en cualquier momento, puede deslizar tres fotografías cuya onda expansiva puede destruir en un segundo toda una carrera construida a través de miles de palabras huecas.

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