Relatos

Fragmento número 1

El viento soplaba a rachas, fuerte a veces, otras, apenas una brisa leve. La piel del torso desnudo se le erizaba, pues la noche caía ya fresca y en aquellas latitudes el verano comenzaba a morir lentamente, bajo la inexorable bota del otoño crepuscular. Allí de pie, en un claro de aquel bosque que ululaba, se sentía menos materia que nunca. Nada físico, cada vez más sensorial. No cerraba los ojos, pues quería absorberlo todo. El aire, la luz, los colores, los ruidos, el tiempo. Pretendía fusionarse con la naturaleza indómita que lo rodeaba, cerrarse sobre sí mismo y que todo aquello lo abrazara, envolviéndolo en el susurro místico del ocaso. Dentro de él, en su pecho lampiño, sintió durante un breve instante a todos los hombres de todas las épocas y de todos los lugares, que él había sido. Lo notó vívidamente bajo su piel, y durante un segundo de nítida alucinación, de enajenación cuasi psicotrópica, vio delante suya algunos fragmentos de todas las vidas que él había vivido antes de nacer.

Sentía la tierra bajo sus pies, fría, rocosa, tapizada de un verdín que delataba la lluvia intermitente y regular del norte, que la regaba. Olía a humedad, y en algún lugar cercano debía brotar un arroyo de entre las piedras negras de la frondosa maleza, pues desde donde estaba se oía con claridad el acuático burbujear del líquido por entre los guijarros. Se sentía pequeño en la inmensidad. Diminuto. Siempre creyó que los entornos naturales oníricos, sugestivos, embriagadores, eran propicios para que él agudizara todos los sentidos de su cuerpo, y los utilizara como un motor que bombeara sensorialidad a su cerebro abotargado de imágenes racionales. De divertimentos, de ociosidad y de bagatelas. Solía escaparse a menudo del imperio de asfalto y ruido donde vivía para experimentar lo que él llamaba una huida. No sabía muy bien hacia dónde se dirigía cuando se tenía a sí mismo por fugitivo, pero en esos momentos, necesitaba acercarse a la pureza de lo natural para sentir que aún tenía tiempo. Que todavía podía recrear en su cabeza todas las historias que el largo transcurrir de los siglos habían sedimentado en el fondo de su intelecto, de la memoria genética de todos los humanos, y del que él se creía el único consciente y legítimo heredero de cuantos le rodeaban.

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